Este enfrentamiento binario woke vs. conservador es ruidoso: polariza redes sociales y llena titulares. También es curioso que, mientras los woke combaten el binarismo, ellos mismos vean la sociedad en términos de “ustedes y nosotros”, como si el espectro no pudiera ser más amplio. Pero, ¿y si esta guerra es, en gran medida, una distracción de lujo? ¿Y si sirve para ocultar que, en lo esencial, ambos bandos navegan en el mismo mar: un sistema económico que convierte todas nuestras relaciones humanas -tradicionales o alternativas- en un campo minado de estrés, desigualdad y mercantilización? El verdadero proyecto revolucionario hoy no consiste en elegir un bando en la guerra cultural entre el altar y el poliamor. Consiste en cambiar los términos del debate. La pregunta de fondo debería ser: ¿Cómo construimos sociedades donde el cuidado de los demás -niños, ancianos, enfermos, nosotros mismos- no sea una carga privatizada que rompe espaldas y relaciones, sino una responsabilidad colectiva y bien financiada?
M. Rambaldi. Madrid. 4/1/2026. Últimamente he visto a mucha gente debatirse con dilemas sobre las relaciones de pareja, sus estructuras y cómo encajan en la guerra cultural que vivimos. Mientras las “trad wives”enseñan a cocinar desde cero para deleitar a su marido cuando vuelva a casa, una ola “woke”defiende las relaciones abiertas -sexo con otras personas- o el poliamor. Y como la guerra cultural se ha convertido -o la han convertido- en la nueva “izquierda” y “derecha”, hay quien piensa que casarse es casi como apuntarse a la Falange.
Este enfrentamiento binario woke vs. conservador es ruidoso: polariza redes sociales y llena titulares. También es curioso que, mientras los woke combaten el binarismo, ellos mismos vean la sociedad en términos de “ustedes y nosotros”, como si el espectro no pudiera ser más amplio. Pero, ¿y si esta guerra es, en gran medida, una distracción de lujo? ¿Y si sirve para ocultar que, en lo esencial, ambos bandos navegan en el mismo mar: un sistema económico que convierte todas nuestras relaciones humanas -tradicionales o alternativas- en un campo minado de estrés, desigualdad y mercantilización?
Hay una predicción olvidada de los fundadores del materialismo histórico que hoy resuena con una claridad incómoda. Federico Engels, en “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, pronosticaba que el propio capitalismo, en su desarrollo, sería la fuerza que la desintegraría. Al llevar a mujeres, hombres y niños a la fábrica como individuos-asalariados aislados, el sistema disolvería la familia como “unidad económica”, dejando atrás un rastro de lazos rotos y responsabilidades privatizadas.
Hoy, un siglo y medio después, no vemos la familia “abolida” por decreto, pero sí sufrimos su desintegración caótica por estrés material: parejas que se rompen por la presión económica o por el contrario permanecen juntas sólo porque no pueden mantenerse de otra manera, padres que no ven a sus hijos por jornadas interminables, ancianos aislados porque el cuidado ya no es comunitario. Y es en este vacío creado por el capital donde florecen, paradójicamente, tanto el anhelo conservador de retornar a un pasado idealizado -la “familia tradicional”- como las ofertas de nuevos modelos -poliamor, relaciones abiertas- que prometen llenar ese vacío afectivo. Pero aquí está la trampa: si estas nuevas formas se practican bajo las mismas condiciones materiales que desintegraron la antigua -individualismo, precariedad, lógica de consumo-, no serán una solución, sino un síntoma más de la misma enfermedad. El capitalismo no necesita ya la familia victoriana; le basta con que estemos tan atomizados y exhaustos que cualquier vínculo estable nos parezca una utopía inalcanzable, mientras consumimos experiencias relacionales efímeras.
Para Marx y Engels, la familia monógama no era una sagrada institución natural, sino un invento histórico ligado a un interés muy concreto: la transmisión de la propiedad privada. Engels la describió como la célula económica de la sociedad de clases, donde el hombre era el “burgués” y la mujer el “proletariado”. Su crítica no era moral, sino material: la familia encubría una relación de explotación. Lenin veía en el hogar la “esclavitud doméstica” de la mujer. La solución que imaginaban estos pensadores no era prohibir las parejas estables, sino socializar el trabajo de cuidado -con cocinas, lavanderías y guarderías comunales- para que las relaciones humanas pudieran basarse en el afecto genuino, y no en la necesidad económica o en la herencia.
Si revisamos a pensadoras feministas más recientes, las formas pueden transformarse, pero el fondo es lo mismo. Se deconstruye la idea de que “hombre” y “mujer” sean destinos biológicos, abriendo la puerta a entender la familia más allá de la pareja heterosexual; se señala la sobreexplotación de las mujeres, que ahora no son sólo fuerza laboral, sino que siguen sosteniendo las tareas del hogar y los cuidados. Incluso se habla de un cierto “feminismo de élite” que promueve el poliamor como un lujo para quienes tienen tiempo, dinero y capital emocional para gestionar relaciones complejas, ignorando que para la mayoría de las mujeres la lucha es material: contra la doble jornada, la precariedad y la violencia machista.
¿Qué tienen en común todos estos análisis, aparentemente diversos? Que, aunque muchos empiezan por la cultura y la identidad, todos terminan señalando al sistema socioeconómico como el gran organizador de la opresión.
El problema de fondo no es principalmente si la estructura es un matrimonio o una relación de poliamor. El problema son las condiciones materiales que enmarcan cualquier estructura: ¿Quién asume el peso infinito del cuidado de los niños o los ancianos? ¿Quién puede permitirse reducir su jornada laboral? ¿Quién llega exhausto a casa sin energía para el amor? La forma es secundaria. El contenido material lo es todo.
Y aquí surge la gran paradoja de nuestro tiempo. Mientras teóricos critican el sistema, vivimos inmersos en una cultura de híper-individualismo y consumo que ha colonizado hasta nuestra vida afectiva. Somos productos en un mercado, y nuestras relaciones corren el riesgo de gestionarse con la misma lógica. Hemos creado la etiqueta de “personas tóxicas”, a las que hay que borrar de un plumazo; “desechamos” amigos porque no “vibran alto”; sólo queremos relaciones que nos den confort, la vida sencilla, el abandono del pensamiento crítico. Salir de tu zona de confort implica consumir más, arriesgarte para ganar más dinero, pero nunca cuestionarte a ti mismo, ni la cámara de eco de tu móvil, donde pasas hasta ocho horas al día. En esa línea, tratamos nuestras relaciones como productos de consumo: jamás pelearte con el amigo que tiene barco (aunque sea el tóxico), consumir cuerpos a punta de catálogo en Tinder, desaparecer cuando tu amiga pasa una mala racha (porque rompe tu paz), no convivir con gente que no opina como tú -porque eso incomoda-, abrir la relación para poder tener sexo o incluso relaciones sexo-afectivas con otros, sin renunciar a dividir los gastos de alquiler con tu pareja y sabiendo que en Navidades tendrás una foto familiar espectacular para Instagram.
Hace tiempo conocí a un tipo que defendía a muerte las relaciones poliamorosas con el siguiente argumento: “Uno lo que busca en una pareja es que esa persona sea una madre, un padre, un psicólogo, un amigo, un hermano…”. Me dio la impresión de que lo que él buscaba era un gabinete y lo que necesitaba era un psicoanalista.
Y no es que yo sea moralista y esté en contra de las relaciones que rompen el marco monógamo -ni mucho menos-; lo que me parece es que debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿Esto es una auténtica revolución de los afectos o es la última frontera del capitalismo, que ahora convierte la intimidad y los cuerpos en un mercado más? La línea que separa el poliamor ético -basado en la comunicación, la responsabilidad y el cuidado mutuo- de la irresponsabilidad afectiva disfrazada -usar a otros para la gratificación sin compromiso, en un “usar y tirar” emocional- es peligrosamente delgada en una sociedad que nos enseña a consumir, no a comprometernos.
Esto nos lleva a un falso dilema que recorre muchos círculos progresistas: ¿Qué es más “de izquierda”?
La respuesta incómoda es que la forma es irrelevante si no se cambian las bases. Ambas opciones pueden ser profundamente reaccionarias o pueden intentar ser espacios de resistencia. Un matrimonio puede ser una cárcel patriarcal y una relación abierta puede ser un reflejo del individualismo consumista. O viceversa. La verdadera “izquierda” del asunto no está en el catálogo de estructuras relacionales, sino en si lo que construimos promueve la igualdad material, el cuidado colectivo y la desmercantilización de la vida, o si, por el contrario, reproduce la explotación, la competencia y la lógica del mercado.
En cualquier modelo se necesita que nazcan niños y así reproducir la fuerza laboral. Para el capitalismo es indiferente que esto suceda en una familia nuclear, una familia homoparental o una comuna. Su única condición es que el coste de esa reproducción -económico, emocional, de tiempo- recaiga sobre unidades privadas e individuos, idealmente atomizados y consumistas, no sobre una comunidad solidaria y unas infraestructuras públicas robustas.
Por eso, el verdadero proyecto revolucionario hoy no consiste en elegir un bando en la guerra cultural entre el altar y el poliamor. Consiste en cambiar los términos del debate. La pregunta de fondo debería ser: ¿Cómo construimos sociedades donde el cuidado de los demás -niños, ancianos, enfermos, nosotros mismos- no sea una carga privatizada que rompe espaldas y relaciones, sino una responsabilidad colectiva y bien financiada?
Imaginemos guarderías públicas de calidad, atención a la dependencia universal, viviendas comunitarias con espacios compartidos y una redistribución radical del tiempo de trabajo. Solo en un marco así, liberadas de la asfixia económica y la lógica del consumo, podremos decidir, de verdad y sin coerción, cómo queremos amar, con quién y bajo qué acuerdos. Podremos elegir la monogamia desde el deseo, no desde el mandato; o el poliamor desde la plenitud compartida, no desde la ansiedad por consumir experiencias.
Mientras no desmontemos la maquinaria material que pone precio a todo y convierte el tiempo en dinero, seguiremos discutiendo sobre las formas del barco mientras todos nos hundimos en el mismo océano turbulento. La lucha no es por un modelo de familia contra otro. La lucha, la de siempre, es por una vida que no tenga precio.
La entrada Poliamor vs. Matrimonio: La guerra cultural que esconde la bancarrota del cuidado se publicó primero en El Siglo.
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