Políticas de la empresa

La expresión “políticas de la empresa” ha cobrado un nuevo significado esta semana con la difusión, a través de la cuenta de redes sociales de Palantir, la empresa estadounidense de software, de una suerte de manifiesto geopolítico inquietante y ambivalente calificado por algunos como un rasgo de “tecnofascismo”. Las 22 tesis publicadas señalan, entre otras cosas, un rechazo al pluralismo cultural, advierten que “la castración de Alemania y Japón tras la guerra debe revertirse” y anuncian un papel protagónico para Silicon Valley en la revitalización de una moral nacional estadounidense, pronosticando que la disuasión ya no se logrará mediante armas nucleares, sino a partir de sistemas de inteligencia artificial. Aunque la empresa claramente se arroga la responsabilidad de defender los valores de Occidente, es menos enfática en su adhesión a la democracia.

Palantir no es una compañía de software cualquiera, su giro principal es venderles a gobiernos plataformas para gestionar datos y proveer vigilancia, lo que dicho así suena trivial, pero no lo es cuando se tienen en cuenta los objetivos de algunos de sus clientes: auxilia a Israel en sus ataques a Gaza y a Estados Unidos en el despliegue de ICE, la policía migratoria. Sus plataformas cruzan millones de datos y gestionan esa información según los objetivos requeridos, en los casos anteriores, localizar personas para dispararles o para detenerlas. Muchos de los contratos con gobiernos son secretos, de hecho, no hay un número exacto sobre la cantidad de organismos públicos estadounidenses que usan alguna plataforma elaborada por Palantir, más de 30 según algunas fuentes, lo impactante es el rango de acción que abarca: La CIA, el Pentágono, el FBI, el Servicio de Impuestos Internos (IRS) y el Departamento de Defensa, entre otras agencias de calado similar. Actualmente mantiene negocios con diferentes organizaciones de los gobiernos de Reino Unido, Dinamarca y Suiza, entre otros, y está reorientando sus servicios al ámbito de la empresa privada. El valor actual de Palantir es equivalente al Producto Interno Bruto de Chile.

Los 22 puntos difundidos en redes sociales fueron extraídos del libro The technological republic, publicado por Alex Karp, uno de los dos socios fundadores de la empresa. Karp era hasta hace poco considerado el más progresista de los socios, aunque todo indica que ha ido reformulando sus convicciones. El otro fundador es Peter Thiel, el más conocido de ambos por su cercanía con Donald Trump. Nacido en Alemania, criado en Estados Unidos, Thiel es gay, está casado con otro millonario, se define como libertario y, entre otras cosas, considera a León XIV un “Papa woke” por su distancia de las posiciones más conservadoras de la Iglesia. Una biografía zigzagueante que podría ser considerada contradictoria merece, además, un repertorio de declaraciones al nivel de su fortuna, que se calcula asciende a más de 27 mil millones de dólares, un monto similar al PIB de algunos países de Centroamérica. Entre otras cosas, Peter Thiel ha dicho que él ya no cree que la libertad y la democracia sean realidades compatibles, ha sugerido que la extensión del voto a la mujer fue un factor de declive de la democracia capitalista, y que la tecnología permite hacer cambios sin necesidad de gozar del apoyo popular, una manera elegante de considerar a la democracia como un estorbo.

Esta semana, Peter Thiel estuvo en Buenos Aires y se reunió en la casa de gobierno con el Presidente Javier Milei, horas después de que el mandatario argentino regresara de su tercera visita a Israel y decidiera clausurar el ingreso de la prensa a la Casa Rosada. Milei, acosado por las denuncias de corrupción, el incremento de la inflación y la baja de los últimos índices de crecimiento, se reunió con el fundador de Palantir. Es un misterio lo que puede llegar a ofrecerle el líder del país vecino al magnate de Silicon Valley y viceversa en las condiciones actuales de la hacienda transandina. Algunos han llegado a sospechar que así como el Presidente Milei ha hecho de Argentina un laboratorio para ensayar sus ideas económicas a ultranza, Thiel puede aprovechar la oportunidad para hacer lo propio con las suyas a partir de la tecnología.

A estas alturas ya es un cliché mencionar el poder que las grandes compañías tecnológicas han logrado en el mundo, superando en riqueza y en influencia a la mayoría de las naciones en vías de desarrollo. Lo interesante en el caso de Palantir es que con la difusión de esta especie de manifiesto de 22 puntos da un paso más allá y sincera unos objetivos que sobrepasan con mucho lograr ganancias económicas para la empresa. El verdadero negocio parece ser el dominio, en el amplio sentido de esa palabra -a Thiel le fascinan los monopolios-, con todo lo que eso significa: situarse por sobre los Estados, por encima del orden internacional vigente y considerar la democracia como un sistema de gobierno que obstaculiza el destino manifiesto de las nuevas tecnologías. Un águila en sobrevuelo que desde la altura considera a los pueblos como criaturas menores, incapaces de una perspectiva mayor que la inmediatez a la que los condena su propia intrascendencia.

De un tiempo a esta parte la actualidad internacional se asemeja a un cómic, una historieta con muchos villanos en ascenso que sostienen un relato en el que el guionista no encuentra modo de lograr un contrapeso para su avance. Sin héroes a la altura, ni una épica que los cuestione, Lex Luthor y el Pingüino no encontrarán más resistencia que el tiempo que les tomará lograr su cometido, del modo más plácido posible. Un mundo de antagonistas desalmados que se encumbran gracias a tecnologías. Personajes que, a punta de acumulación de datos y algoritmos, nos convencen de que nuestra propia libertad consiste en someternos a su voluntad y, de paso, obligarnos a pagarles la cuenta de los recursos usados en el trámite.

Abril 25, 2026 • 2 horas atrás por: LaTercera.com 43 visitas 2030141

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