«Primero, no soy su primo; segundo, ¿quién es Ud.?; y tercero, ¿qué sabe de vanguardia?»: El día que Huidobro le hizo la desconocida a Edwards Bello en España

El Ciudadano

Por Osvaldo Carvajal M., académico de Licenciatura en Letras y Doctorado en Humanidades Aplicadas U. Andrés Bello

¿Habían escuchado que la palabra “vanguardia” viene del ámbito militar? Así se les llama a los batallones que van en primera línea de combate. Ahora bien, cuando la vanguardia la encarnan dos señoritos de la clase alta chilena que buscan consagrarse como escritores en Europa, la cosa se pone sabrosa: Myriam, ¡pon la tetera!

Y es que no estamos hablando de dos niñitos cualquiera, se trata nada más y nada menos que de Vicente Huidobro y Joaquín Edwards Bello.

Para que se hagan una idea: al Vicho, si la Iglesia le requisaba y quemaba sus libros por hereje, su mami —intelectual invisibilizada de la que hablaremos otro día— le fundaba una revista; el Joaco, tras ser cambiado del colegio Mckay al Liceo de Valparaíso, fundó a los 14 años su propio periódico para desquitarse del bullying de compañeros y profesores “resentidos”. Adivinen cómo terminó la aventura: sí, papi requisó y quemó todos los ejemplares y… se llevó a la familia a Europa. No lo entenderías…

El caso es que estas dos jóvenes promesas quisieron saltar a las grandes ligas: algo así como si Zamorano se hubiera ido directamente desde Cobresal al Real Madrid. A diferencia de Bam Bam, eso sí, no era primera vez que estos chiquillos cruzaban el charco. ¿El problema? Se les ocurrió volver en medio de la Primera Guerra Mundial.

Hasta entonces, los herederos de la elite latinoamericana eran mirados con curiosidad y desprecio en Europa: les llamaban rastacueros, porque las fortunas que iban a gastarse provenían de la ganadería. Sin embargo, ahora la guerra los convertiría en metecos, extranjeros que hablaban una lengua desconocida, potenciales espías, ¡un peligro!

Es tan así que el crítico Rafael Cansinos Assens le agradece a la xenofobia francesa la llegada de Huidobro a una España que artísticamente aún no superaba el modernismo. El chileno no solo traía su poemario Horizon Carré (1917), sino que había compartido con Apollinaire, Tzara y Reverdy: literal, la vanguardia artística del momento. Incluso, había salido triunfante de una disputa por la paternidad del creacionismo; algo no menor porque para los vanguardistas, así como para Bosé, ser tercero es perder y ser segundo no es igual… Lo único que importa es ser el primero.

Hagamos una pausa, tenemos muy botado al bisnieto de Andrés Bello. Joaquín llega a España poco menos que arrancando. Por su ascendencia británica, el ejército lo había reclutado en París, así que su hermano diplomático tuvo que rescatarlo de un regimiento: sí, los Edwards también lloran. Eso sí, no perdió el tiempo, pues publicó en la capital francesa La Cuna de Esmeraldo (1918), una primera versión de El roto que le abrió las puertas del ambiente literario español.

Pero lo que realmente hizo la diferencia fue cómo decidió presentarse: Jacques Edwards, amigo de Apollinaire y primo de Huidobro, “a quien introdujo y orientó en la moderna lírica”. Así lo señala en diciembre de 1919 Grecia, revista de vanguardia, en el breve texto que introduce un poema suyo en francés.

Imagínense cómo quedó Huidobro al leerlo: con el ají aún en su sitio, el autor de Altazor se adelantó casi un siglo a la vehemencia de Juan Carlos Bodoque y mandó desde París, en enero de 1920, una carta al director: “1. El señor Edwards Bello no es primo mío / 2. El señor Edwards Bello no me ha introducido, ni orientado jamás en la moderna lírica / 3. El señor Edwards Bello no me ha presentado a mí al poeta Guillermo Apollinaire”.

Como si eso fuera poco, remata diciendo que Joaquín no entiende una palabra de su estética y que, si conoció a Apollinaire, fue porque cayó de paracaidista en una cena en su casa. Era responder, no meterle la cabeza al WC.

Ahora bien, habiendo investigado por años al autor, a mí algo no me cuadraba. Uno es chismoso, se sabe, así que partí al archivo y, en la correspondencia resguardada por la Fundación Vicente Huidobro, encontré la pieza que faltaba: Joaquín le había escrito al poeta, sorprendido e indignado, apenas vio las mentiras publicadas en Grecia. Declaraba que no era su primo, sino pariente lejano de su esposa Manuelita, que a él le interesaba más el casino que la poesía y lo autorizaba a hacer públicas sus palabras.

La carta, lamentablemente, no alcanzó a llegar a tiempo y, tras la respuesta incendiaria de Huidobro en la revista, vino una segunda misiva en la que Edwards Bello ya no se guardaba nada: negaba haberse colado a la cena con Apollinaire y le sacaba en cara que fue él quien lo recibió y ayudó a instalarse cuando recién llegó a París.

A esta altura se preguntarán: ¿posibilidades de reconciliación? En mayo de 1922, ya con El roto convertido en fenómeno editorial y Huidobro plenamente instalado en la escena parisina, Joaquín le escribe para firmar la paz: “Nosotros tuvimos un malentendu, pero espero que ahora seamos amigos”.

A esas alturas, cada uno había conquistado su propia trinchera: Huidobro, la poesía; Edwards Bello, la novela. Quizás ahí se esconda la verdadera gracia de esta historia: la primera línea solo existe mientras el territorio está en disputa. Cuando cada cual asegura su lugar, la pelea pierde importancia; los caballeros piden su sombrero, se acomodan el monóculo y firman la paz.

Osvaldo Carvajal M.

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Abril 16, 2026 • 6 días atrás por: ElCiudadano.cl 13 visitas 1998421

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