En todo el mundo se está comenzando a desatar una tormenta sobre las humanidades y las ciencias sociales. No es sólo que muchas de las carreras comprendidas por estas áreas presenten altos niveles de desempleo, sino que existe la impresión más o menos generalizada de que se trata de sectores de la academia en buena medida secuestrados por el activismo y el faccionalismo político e identitario.
Esta crisis no es tan sorprendente si se tienen en cuenta el daño hecho por el avance del irracionalismo posmoderno durante los 80 y los 90 (ver Alan Sokal), además del desarrollo paralelo de “epistemologías alternativas” que asumen como supuestos básicos ciertas agendas políticas o identitarias. A ellos podemos sumar el repliegue de la izquierda política hacia las universidades después de la caída del Muro.
El movimiento woke, ese vanguardismo progresista autoritario bien definido por el filósofo John Gray en su libro “Los nuevos leviatanes”, es hijo de los campus universitarios transformados por estos tres factores. Y el corazón de su lenguaje y de sus doctrinas se ubicaba, sin duda, en las facultades de ciencias sociales y humanidades.
Hoy la marea comienza a cambiar, revelando un panorama atribulado. En el Reino Unido, el escándalo en torno al caso de Jason Arday sólo crece. Arday obtuvo la cátedra de Sociología de la Educación en la Universidad de Cambridge el año 2023, siendo celebrado como el académico negro más joven en lograr un puesto fijo en la prestigiosa universidad. Sin embargo, una acusación por plagio terminó destapando una trama no sólo de mentiras absurdas, sino de incompetencia académica. El problema, por cierto, va mucho más allá de él. Es el sistema de irresponsabilidad organizada que lo validó.
En el caso de Estados Unidos, dada la presión puesta sobre las universidades por el gobierno de Trump, han sido varios los debates en torno a este tema. El último está siendo generado por el artículo en The Atlantic “Why I quit the tenure track. The insufferable hipocrisy of academia”, de Tyler Austin Harper. Ahí, Harper cuenta su historia como profesor en uno de los puestos académicos más codiciados, revelando el grado de ridiculez, racismo invertido y falta total de sentido común imperante en instituciones plagadas, además, de paradocentes y asesores parasitarios de todo tipo.
El estado de las cosas llevó a dos rectorías universitarias (Washington y Vanderbilt) a encomendar un reporte sobre la situación de las Humanidades y las Ciencias Sociales en el país. Dicho informe (“Report on the state of scholarship in the Humanities and the Humanistic Social Sciences”) apareció en septiembre y ofrece un panorama más balanceado y complejo, que además permite focalizar futuras intervenciones para enfrentar los problemas de activismo, politización y pérdida de estándares, que el texto no niega, pero acota.
Si el Ministerio de Ciencia en Chile considera que las Humanidades y las Ciencias Sociales son importantes, pero no están funcionando bien, lo ideal sería comenzar por un informe similar. Los rectores universitarios, sin duda, deberían estar de acuerdo e impulsar algo así. Necesitamos un diagnóstico común para romper el diálogo de sordos entre la razón tecnocrática esgrimida por la ministra Lincolao y la defensa corporativa de las áreas afectadas.
El primer desafío para producir un informe de estas características sería conformar una comisión políticamente plural, académicamente excelente y suficientemente independiente (incluso de los efectos del informe). Luego, definir con exactitud la naturaleza del problema y las preguntas a responder. Una tarea así, junto con el debate en torno a dicho esfuerzo, debería entusiasmar a quienes luchan por hacer un trabajo serio dentro de estas disciplinas, pues permitiría convertir un juicio demasiado general en críticas concretas, específicas y constructivas.
Si nuestras Humanidades y Ciencias Sociales no fueran capaces de producir algo así, la verdad es que tampoco tendrían cómo justificar su demanda por recursos. Si estas disciplinas quieren estar a la altura de su rol como herramientas de reflexividad y autoobservación social, deben al menos ser capaces de observarse y reflexionar sobre sí mismas.
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