El Ciudadano
Por Alejandra del Río Lohan
Berenguer, Carmen. Que del bosque los abrojos. Traza Editora. 2026.
El abrojo es una maleza introducida que crece en campos y bosques chilenos. Su fruto, una almendra espinosa, refuerza la tupida vegetación invasora. Entre medio de ese caos de espinas y raíces, de esa maroma de hojas venenosas, una enredadera sutil se abre paso. Es el copihue, flor sagrada chilena, endémica orgullosa representante de todo lo hermoso y noble de esta tierra. Es la sangre mapuche, la sangre derramada, la sangre que clama desde los cimientos de nuestra historia.
Esta es la alegoría principal tejida a lo largo de estos poemas póstumos de Carmen Berenguer; la de un territorio maltratado, que se debate entre la espina y la flor, un territorio que es cuerpo acribillado, tierra erosionada, catástrofe permanente. Con una sociedad que es enemiga de sí misma. Y un bosque ancestral ahogado por maleza tóxica que, con todo en contra, continúa siendo bosque nativo mientras permanezca la resistencia del copihue.
Imagino a Carmen en su ventana en lo alto, frente a Plaza Dignidad, con la mejor visión panorámica para seguir de cerca los acontecimientos del estallido. Una vigía en tiempos aciagos, a su vez, tiempos de esperanza. Con buena vista y con visiones. Mas, sus visiones no son de “nubes rosadas de la urbe rascando el horizonte”, advierte, no tienen que ver con la apacible contemplación de la naturaleza. Sus visiones la enfrentan al “fuego que arrasa bosques y casas”.
Tras “veinte años de ternura y ojos en remojo” llega la hora de las imágenes que queman la vista. Las que rompen con “un dolor extremo difícil de precisar”.
Y es que las visiones de la poeta son catapultadas por imágenes digitales que penetran y arrasan su apacible intimidad. Matinales, noticieros, reels y estados de Facebook solo tienen catástrofes para mostrar. “La imagen remojada por el vidrio de la pantalla” amortigua el impacto del dolor, pero no impide su propagación por el imaginario de una poeta que siempre defendió a los desposeídos y su derecho a resistir a la opresión.
Una noticia cotidiana, el asesinato de un joven malabarista a manos de la policía en Pangipulli, plantea un tópico ya visitado por Berenguer, el de la juventud en resistencia frente al poder opresor del Estado. Un Estado que no garantiza pan, educación ni salud, pero que además tiene la desfachatez de culpar y perseguir a quien no tiene otra opción más que buscar en la calle sus monedas.
La resistencia de “Francisco Martínez, el joven a pie pelado”, mártir del estallido, un Bobby Sand de nuestros tiempos, fue soñar “ganarse su pan y comida en el centro de Panguipulli” con su arte. Esa mínima dignidad, de la que es despojado violentamente por la policía, era su forma de resistir.
Pero cuando la violencia social no alcanza a callar al pueblo, la violencia de Estado se hace cargo para proteger y defender el status quo neoliberal.
De la misma forma, en uno de los pasajes más emotivos de este libro, la Llorona, aquella mujer-fantasma que clama por sus hijos asesinados, que vaga condenada por la culpa, llora por el asesinato de Víctor Jara, por su cuerpo hallado con agujeros de bala y sin manos. Estas manos simbólicas -recordemos que la leyenda cuenta que Víctor cantó hasta el final, aún sin manos tocaba la guitarra- se perdieron y son intensamente buscadas en todo el territorio natural y primigenio que, aunque lleno de abrojos y maleza, tiene al copihue iluminando dentro de él.
El copihue es el arte, la música, la palabra que equivale al amor y nos salva de la tristeza de vivir tiempos de guerra. Encontrar las manos de Víctor Jara equivale a encontrar la actividad artística como acción de resistencia y cultivo del bosque nativo. El bosque nativo, acá, lo leo como metáfora de la sociedad chilena ahogada por los tentáculos neoliberales y que busca alivio en la resistencia.
La idea del arte como el copihue que florece en medio de las espinas, se ve reforzado por el recuerdo del arte valiente que se atrevió a ganar algo de dignidad en medio de la dictadura militar. “Una milla de cruces sobre el pavimento” obra de intervención urbana de Lotty Rosenfeld en 1979 es una de esas formas de resistencia, pero también lo son las de personas anónimas que dieron de su tiempo y creatividad para acabar con la dictadura.
Otro copihue que trepa por la maraña de espinas es el que brota en “las noches negras de la pandemia”. Y tiene que ver con la resiliencia de la naturaleza, que es otra forma de resistencia.
El contemplar cómo la naturaleza vuelve a conquistar los territorios que habían sido arrebatados a los ecosistemas naturales por la humanidad. Una humanidad que se ha vuelto un virus para el planeta, bastó que ella se replegara para que los habitantes del reino animal y vegetal volvieran a asomarse y copar los espacios que le fueron arrebatados.
La naturaleza no necesita ser mediada por la imagen digital, la naturaleza pide ser mirada, es decir, pide de nosotros participación física, orgánica, contemplativa. Esta experiencia directa con la naturaleza concreta y cotidiana, que enternece en el amanecer sombrío, son “brotes de vida” que hacen mucho más por la resistencia que mil discursos. Los brotes de vida dan esperanza.
Ahora vale la pena detenerse en las distintas connotaciones que la poeta da al tópico de la visión. Está el mirar como forma de la experiencia directa. Está la mediación de la experiencia a través de la imagen digital bombardeada por medios cómplices del Capital. Ese ver voyerista de la desgracia ajena a la que estamos tan acostumbrados. La exhibición, sin pudor alguno y con el único objetivo de subir el rating, la miseria y la tragedia de los chilenos.
Y está la visión, como ya dije, que es producto de los ojos internos, intuitivos, subjetivos -ojos de la imaginación- que es encendida por la imagen digital, pero que la supera convirtiéndose a ratos en una visión propia de un viaje chamánico.
Basta un jirón, un fragmento -las casas arrastradas por un aluvión, el desconsuelo de una mujer que es única sobreviviente de un derrumbe- para que la poeta entre en el mirar directo de la tragedia.
Su prosa poética escrita de corrido, sin punto ni coma -a la manera de la romana scripto continua con que los sabios latinos pretendían mantener la atención del lector obligándolo a interpretar para leer- prosa poética que devela simultáneamente niveles de sentido que la lógica racional mantiene separados. La poesía de Berenguer exige atención plena, exige mirar en detalle. Enfocar los ojos.
Este es un viaje inmersivo y sinestésico, ella encarna no solo voz, sino también biografía, pensamiento y cotidiano del pueblo chileno tan apaleado por el desastre. En una suerte de corriente de la conciencia empapada de empatía y rabia por la injusticia, la imagen se vuelve poética, en tanto nos vuelve semejantes a cada familia que sufre en esta “viedrosa tierra chilena”.
El calificativo que diera Pedro de Valdivia al informar al Rey de esta nueva conquista al fin del mundo, no puede ser más certera. Es fundacional, diría yo. La viedrosa tierra chilena es frágil, puede romperse en cualquier momento.
El orgullo patriotero se ufana de sus blancas cumbres, de su naturaleza indómita, de su riqueza de recursos y de su rodeo. Hace publicidad de tal orgullo y la imagen devuelve el orgullo, pero este no se condice con la realidad. Al mirar con detención surge la naturaleza asolada de sequías, de incendios, de aluviones y maltrato animal. La tierra está degradada por la explotación indiscriminada de sus recursos naturales. En realidad “el pico del orgullo nacional hueco está vacío”.
Y es entonces, que el orgullo nacional cobra otra dimensión en estos días, en la otra famosa frase de Pedro de Valdivia de la misma carta al Rey, donde dice que “esta es la mejor tierra del mundo si se le dedican 100 gotas de sangre y 200 de sudor”.
¿Y qué otra cosa ha sido la herencia de la “maldición blanca” más que trabajo arduo y sufrimiento? ¿Qué más puede ofrecer el neoliberalismo fascista a esta viedrosa tierra?
La visión quema los ojos cuando se sabe la respuesta del sufrimiento que vendrá.
La poeta en su sitial de visionaria sangra en sus visiones, pero lucha por buscar los copihues de la resistencia. Y en su viaje, no sabemos si al pasado o al futuro, contacta con los habitantes originarios, “huilliches y alacalufes de noble espíritu” para que alcen “sus preguntas al sol con el fin de corregir este destino de maldición blanca”.
Porque es en ese origen, anterior al que se firmó con sangre y sudor con el español, es que encontraremos los caminos para liberar al bosque de sus abrojos.
Alejandra del Río Lohan
La entrada «Que del bosque los abrojos» de Carmen Berenguer se publicó primero en El Ciudadano.
completa toda los campos para contáctarnos