José Antonio Kast es presidente porque sus promesas sobre seguridad y orden se ajustaban con sus previos discursos. También por ser parte de una derecha que irrestrictamente apoya a las fuerzas del orden –religiosas y civiles. El país creyó que él encarnaba la mejor opción para lidiar con lo que mayoritariamente se priorizó mayor preocupación: la seguridad. Para el gobierno no puede sorprender que, sin un plan concreto en la materia, su popularidad se desplome.
Pero esto debería preocupar no solo al oficialismo, sino más a la oposición. Si la derecha ganó fue también porque el “estallido social” dejó en muchos un trauma de violencia incompatible con cualquier discurso de orden y autoridad y del que las izquierdas, pese a los esfuerzos del ex gobierno de Gabriel Boric, no han sido capaz de diferenciarse.
Quizás esto se deba a que aún penan fantasmas ideológicos violentos y revolucionarios. Pero esos muertos, y también nuestros hombros, merecen mejor carga ancestral que esa fantasmal.
¿Qué pueden ofrecer las izquierdas en materia de seguridad? Primero, reconocer que cualquier esfuerzo por colaborar con el gobierno actual no es traición al camarada, sino amor al compatriota. Segundo, y más decisivo, persuadir al oficialismo que recuperar el orden, la autoridad y el respeto a las leyes es un esfuerzo más fino que elevar el control y el punitivismo.
Ciertamente, las penas deben ser más altas y mejor el control para prevenir y combatir los delitos. Pero a la par debe cultivarse algo más; algo que hasta ahora el gobierno no solo pierde de vista, sino que hasta desprecia: la cultura, el arte, la investigación, los libros, la educación o la filosofía. Parece que no saben que no hay instrumento pacificador más duradero, civilizatorio y cohesionador que leer una hoja de papel. ¿Qué un montón de mamíferos “enfermos”, endebles y temerosos -nosotros con nuestros lampiños y frágiles cuerpos- nos concertemos en absoluto respeto y paz ante una sinfonía de Beethoven, una obra de teatro, un aforismo de Nietzsche o un cuadro de Roberto Matta? Esa paz civilizatoria fue posible por y gracias a la cultura. Y esa cultura es lo que debe cuidar para la buena salud de un pueblo.
Las izquierdas que, tan singularmente en Chile, se han vinculado al pensamiento, la poesía o la música, pueden regalarle al país, aun como oposición, ese derecho de vida en paz como el que cantaba Víctor Jara. Más que con defensas gremialistas, revanchistas o ideológicas, las izquierdas tienen la oportunidad –y deber– de ensayar proyectos de seguridad de largo aliento que apoyen aquellas artes civilizatorias más allá de slogans o moralismos.
Podrían así ayudar al oficialismo a comprender que un país que solo valora utilidades, creerá que solo es valioso lo que tiene precio –y algunos hasta robaran para alcanzarlo. Oficialismo y oposición deben saber que para que un estado prospere deben existir valores simbólicos más altos y más nobles que nos deleiten tanto que, pese a nuestras diferencias, queramos seguir remar juntos.
Por Diana Aurenque, filósofa.
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