¿Quién cuida mientras hacemos política?

El Ciudadano

Por Damaris Astete Marchant

Durante los últimos años, el feminismo ha logrado instalar una pregunta que cambió la forma de mirar la economía, las ciudades y la democracia: Quién sostiene la vida mientras todo lo demás ocurre?

Autoras como Cristina Carrasco, Nancy Fraser, Corina Rodríguez, Silvia Federici, Ana Falú, entre otras, han mostrado que ninguna sociedad funciona sin el trabajo cotidiano de los cuidados.

Cocinar, criar, acompañar, escuchar, contener, organizar una casa, sostener afectivamente a una familia o cuidar a una persona enferma, no son tareas accesorias. Son el trabajo que hace posible que todo lo demás exista. Sin embargo, ese trabajo sigue siendo, en gran medida, invisible, no remunerado y realizado mayoritariamente por mujeres.

Durante años hemos discutido cómo el capitalismo se sostiene gracias a ese trabajo silencioso. Pero quizás ha llegado el momento de hacer la misma pregunta hacia el interior de nuestras organizaciones sociales, partidos políticos, sindicatos, municipios, gobiernos, parlamentos y movimientos.

¿Quién cuida mientras hacemos política?

La pregunta incomoda porque obliga a revisar una de las ideas más naturalizadas de la cultura política: La disponibilidad permanente. Todavía existe una imagen muy instalada del «buen dirigente», de la «buena trabajadora» o de la «buena autoridad». Es aquella persona que siempre puede responder un mensaje, asistir a una reunión de última hora, viajar al día siguiente, recorrer un territorio completo, participar durante fines de semana y reorganizar agenda cada vez que aparece una urgencia.

Por mucho tiempo esa disponibilidad se entendió como una muestra de compromiso. Pero pocas veces nos preguntamos quienes pueden sostener realmente este ritmo, porque la disponibilidad absoluta no existe por sí sola.

Generalmente, descansa sobre alguien que está sosteniendo la vida cotidiana: quien cuida a las niñas y niños, acompaña a las personas mayores, organiza la alimentación, enfrenta enfermedades, contiene emocionalmente a la familia o simplemente hace posible que otra persona pueda dedicar todo su tiempo al trabajo o a la política.

Cuando observamos la política desde esa perspectiva, descubrimos que muchas de sus reglas siguen pensadas desde un modelo profundamente masculino de organización de tiempo. No porque los hombres no cuiden, si no porque históricamente la política fue construida sobre la idea de que alguien más resolvería esas responsabilidades.

Ese supuesto sigue presente incluso en espacios que se reconocen feministas o transformadores y no se expresan necesariamente en discursos discriminatorios. Se expresan en las formas que organizan el trabajo y cómo evalúan este, si existe evaluación. En reuniones convocadas sin considerar los tiempos de cuidado o no considerar las coordinaciones y esfuerzos por estar disponibles; en extensas jornadas, actividades durante los fines de semana o la expectativa de estar disponible ante cualquier requerimiento.

Esto pone en la balanza de la valoración a quien está siempre disponible de quien no.

En la idea de que el compromiso puede medirse por la cantidad de horas que una persona logra estar presente, las mujeres conocemos bien esta tensión. Miles de dirigentas sociales, sindicales, estudiantiles, pobladoras, concejalas, consejeras, parlamentarias; funcionarias públicas, asesoras, trabajadoras en general y militantes, sostienen diariamente una doble y hasta triple jornada: trabajo remunerado, trabajo político y trabajo de cuidados, muchas veces con escasas redes de apoyo.

Las cifras muestran que esta discusión está lejos de ser una percepción individual. La II Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT 2023) del Instituto Nacional de Estadísticas reveló que, en Chile, las mujeres destinan en promedio 2 horas y 5 minutos más al día que los hombres al trabajo no remunerado.

Cuando además participan del mercado laboral, su carga global de trabajo supera las 10 horas y media diarias y continúa siendo significativamente mayor que la de los hombres.

Si esa desigual distribución de los cuidados atraviesa toda la sociedad, resulta difícil pensar que no atraviese también a los partidos políticos, los sindicatos, las organizaciones sociales, los municipios, los gobiernos o el Parlamento. La política no ocurre al margen de la vida: ocurre dentro de ella.

Hace años, CISCSA —organización feminista latinoamericana que ha trabajado la relación entre ciudad, territorio y cuidados— plantea que poner los cuidados en el centro significa reorganizar la vida social desde aquello que la hace posible.

No se trata de diseñar políticas «para mujeres», sino de comprender que cuidar es una responsabilidad colectiva y una condición para ejercer plenamente la ciudadanía. Ese desafío también interpela a nuestras organizaciones políticas.

No basta con declararnos feministas. No basta con promover más mujeres a espacios de representación institucional, territorial o popular. Necesitamos revisar la manera en que organizamos nuestra orgánica, nuestros equipos, distribuimos las responsabilidades, planificamos los tiempos, definimos los horarios, remuneramos el trabajo, construimos mecanismos objetivos de evaluación y entendemos el compromiso político.

Quizás también debamos dejar de medir el compromiso exclusivamente por la disponibilidad permanente y comenzar a valorar otras capacidades igualmente indispensables para la construcción democrática: la escucha, el trabajo comunitario, la articulación territorial, la construcción de confianzas, la resolución de conflictos y la capacidad de sostener procesos colectivos en el tiempo.

Si queremos una política verdaderamente democrática y feminista, los cuidados no pueden seguir siendo una conversación periférica. Deben convertirse en un criterio para diseñar nuestras instituciones, nuestros equipos y nuestras formas de participación.

Porque la democracia no solo se fortalece cuando más mujeres llegan a los espacios de decisión. También se fortalece cuando transformamos las condiciones que hacen posible que permanezcan, lideren y contribuyan plenamente, sin tener que escoger permanentemente entre cuidar, trabajar o hacer política.

En definitiva, poner los cuidados en el centro no es una agenda sectorial ni un asunto privado. Es una manera distinta de entender el poder, el liderazgo y la democracia. Y quizás esa sea una de las transformaciones más profundas que todavía tenemos por delante, en todos nuestros espacios de participación y con quienes participamos

(*) Damaris Astete Marchant es Trabajadora Social, Gestora Territorial, Diplomada en construcción de territorios para el buen vivir y vivienda cooperativa. Primera Secretaría Directiva Frente Amplio y Vocera Ukamau RR.II.

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Julio 8, 2026 • 2 horas atrás por: ElCiudadano.cl 22 visitas 2271070

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