¿Quién es irracional?

La desigual distribución del poder y la división del trabajo en base al género, ¿a qué se debe? ¿A qué se debe que las mujeres ganen 20% menos, que accedan a menos cargos altos y que persistan aún techos de cristal? ¿Es por falta de interés o ambición de ellas? ¿De talento o de capacidad? ¿Se debe al hecho de que cada género posee características naturales o esenciales, de las que no podemos escapar? ¿O, en cambio, subyace a todo esto una cuestión de poder, que se disfraza de naturaleza?

Una columna de la destacada intelectual Lucía Santa Cruz al respecto ha desatado un amplio debate. En ella, Santa Cruz describe y reitera -sin ánimo crítico- las ideas expuestas por Helen Andrews, según las cuales la actual presencia de mujeres en amplias zonas de la sociedad ha acabado “feminizándola”, volviéndola -en resumen- mucho peor: más emocional y menos racional. Según Andrews, “existe una relación irreductible entre esta feminización y el movimiento Woke, y la política de cancelaciones se debe, por sobre todo, a la aplicación femenina de apelaciones emocionales por sobre la argumentación racional”. Para Andrews, la mayor debacle ha ocurrido en el ámbito universitario, pues “cambió la naturaleza esencial de las universidades como lugares que permiten la persecución de la verdad por sobre cualquier otro objetivo y el debate de todas las ideas…”. El riesgo principal de estos cambios, según la autora, es “la feminización del sistema legal”, e incluso, “la amenaza para el imperio de la ley”.

Su argumento revive los más dañinos estereotipos de género, que a su vez alimentan los sesgos -conscientes e inconscientes-, que han tenido enorme impacto negativo en la trayectoria vital de la mitad de la población. Es justamente esa idea -que sostiene Andrews- de que las mujeres son la emoción y los hombres, la razón; las mujeres, sensibilidad; los hombres, capacidad de abstracción; las mujeres son la naturaleza y los hombres, cultura. Como ha argumentado la filósofa Helene Cixous, esta visión de los géneros basados en binarios es dañina, errónea y, además, injusta, pues todo lo asociado a lo supuestamente solo femenino, además, está devaluado. Solo es cosa de pensar en las labores de cuidado.

Esta segregación de lo considerado intrínsecamente femenino y masculino no solo ha limitado a las mujeres a ingresar al mundo de lo público en igualdad de condiciones, sino que también ha privado a muchos hombres de dimensiones relevantes de la vida, pues ejercer sus labores de cuidado -consideradas femeninas- les significa a menudo menoscabo. Es cosa de ver, de nuevo, la ínfima cantidad de hombres que se toman el posnatal masculino.

Estos estereotipos están en la base de la división sexual del trabajo, la idea preconcebida de que hay características intrínsecas e inamovibles que hacen que las mujeres sean mejores o incapaces para ciertas labores, y los hombres, para otras. Y que las condiciones de liderazgo, racionalidad, capacidad de abstracción, toma de decisión, pensamiento crítico y estratégico, sean asumidas, sin más, como masculinas, y que las mujeres sean representadas sólo como la encarnación de la sensibilidad y la empatía, a expensas de la orientación al logro y de la efectividad, la inteligencia y la valentía.

Ese es uno de los problemas centrales de este postulado. Retrotrae a ideas que no son nuevas acerca de la incapacidad de las mujeres para ciertas labores -justamente las mejor pagadas, por lo demás.

En segundo término, el argumento de Andrews -reproducido por Santa Cruz- confunde correlación con causalidad. Que haya más mujeres en algunas instituciones y que haya ciertos cambios no significa que sea por “culpa” de ellas.

Por último, postulados como el de Andrews son contrarios al liberalismo. El punto de vista liberal descansa en la igualdad de agencia, es decir, en el hecho de que las personas, hombres y mujeres, poseen la misma capacidad de discernimiento e igual capacidad racional. Plantear que las mujeres, por su condición, se comportan de un cierto modo anula su discernimiento y, en tal sentido, su capacidad de agencia. En Andrews hay un determinismo, en razón del género, que asemeja bastante el identitarismo que dice criticar. No respeta la igualdad de derechos y deberes, capacidades y libertades que deben tener las personas, independientemente de si son hombres o mujeres. La acción afirmativa -tema que da para otra columna- no es para que las mujeres se salten la fila, sino para competir en una cancha pareja.

Por último, la prueba más fehaciente de que el predominio de la irracionalidad no es “femenino” es totalmente verificable hoy, basta mirar las primeras planas -y pantallas- del mundo. La conducta más desbordada emocionalmente, impulsiva e irreflexiva la exhibe hoy un hombre, Donald Trump, que hace al mundo entero bailar al ritmo de sus impulsos y deseos.

Enero 17, 2026 • 2 horas atrás por: LaTercera.com 18 visitas

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