Relecturas

El regreso de Eloy. Publicada originalmente en 1960 (aunque la versión definitiva del autor es de 1982), Eloy fue todo un acontecimiento dentro de la literatura chilena. La novela, basada en hechos reales y que narra la muerte de un bandolero que, perseguido por 11 detectives, se atrincheró en Lo Arcaya, Pirque, en julio de 1941, fue uno de los momentos definitivos de la densidad poética y también de la ferocidad literaria de Carlos Droguett. Como señala Pablo Toro en el prólogo de la reciente reedición del libro (Eloy, Ediciones UDP, 2026, 280 pp.), en Eloy conviven dos imaginarios. “El primero, romántico y trágico, se inscribe en la tradición del bandolero chileno lanzado a los caminos, huyendo entre los cerros, agrupado en montoneras, generoso con el pueblo, indomable, reacio al inquilinaje y dispuesto a luchar si la situación lo amerita. El otro, clasista y heredero de la mirada hacendal, proyecta en figuras como Eloy la imagen del gañán, el vago sin destino, el ocioso y el afuerino de tendencias criminales que, en perjuicio de la patronal, rompe un equilibrio social basado en la sumisión”. Dura, violenta, explosiva, desaforada en su indignación e incluso en su crueldad, la obra terminó por redondear el perfil polémico, arisco, más bien amargo y siempre incomprendido que acompañaría a Carlos Droguett hasta el final de sus días. Fue el escritor del descontento y la furia. Fue el novelista que intuyó que la sociedad chilena estaba asentada en el horror; el mismo que consideró que el Premio Nacional de Literatura, que ganó en 1970, era tanto un mausoleo como una porquería. Fue también el francotirador que no dejó títere con cabeza en la guerrilla literaria local y el exiliado que sintonizó poco con la orgánica del exilio. Figura incómoda, compleja donde la pusieran, aunque a veces de rasgos entrañables, Álvaro Bisama escribió tiempo atrás un magnífico ensayo biográfico del personaje (La rabia y el augurio, 2023, Ediciones UDP, 222 pp.) que, con reveladores datos y agudas observaciones, puede iluminar en paralelo la lectura de esta novela poderosa y fundamental.

Percepciones. Vemos una película, salimos de la sala pensando que es buena, regular o mala y, sin que nos haya dejado mayor rastro, creemos estar listos para ver la siguiente. ¡Next! Sin embargo, las cosas en el arte no discurren así, como lo prueba el hecho de que al cabo de un tiempo películas que nos gustaron se nos caen como piano y obras que nos dejaron fríos en su momento ahora nos pegan en los cachos con tal violencia que nos hacen no solo poner en remojo nuestros juicios, sino -más que eso- preguntarnos quiénes éramos cuando no supimos apreciar lo que después nos conmueve. ¿Ese de entonces era yo? ¿Estamos hablando de la misma persona? Todos tenemos experiencias así. Cuando la tiene un gran crítico, como lo fue en su momento Olivier Assayas, que devendría en un gran cineasta con posterioridad (Las horas del verano), el asunto se vuelve un poco más novelesco. Assayas no pertenece al partido de los que no se arrepienten de nada. No es de los que consideran que sus juicios sean cosa juzgada para la eternidad. Nada de eso. En su libro Presencias, ensayos sobre el cine (Monte Hermoso, 2019, 333 pp.), admite que quedó completamente fuera de la penúltima película de Robert Bresson, El diablo probablemente, que vio junto a un amigo y de la cual se permitió no solo ironizar, sino también hacer escarnio. Pues bien, volvió a ver la misma película años después y fue como una epifanía. ¿Era la misma película que había visto antes? ¿Era el mismo sujeto que ahora comparecía ante Bresson sin el narcisismo propio de la adolescencia tardía? Dice que le ocurrió otro tanto con Fanny y Alexander, de Bergman. Le pasó por encima la primera vez. O, mejor dicho, él hizo todo por eludirla. Hasta que después volvió a verla. “Hoy en día -reconoce- Fanny y Alexander representa para mí una de las cimas de la historia del cine, una de esas obras en que el exceso y la plenitud, la trascendencia y serenidad, parecen superar los límites del arte para ubicarse en el corazón del secreto mismo de la vida”. La primera vez a Assayas no le pareció gran cosa (se lo dijo a Pascal Bonitzer, que quedó asombrado cuando lo escuchó). Según él, la primera vez sabía mucho de cine y poco del mundo. Luego esa correlación se corregiría. El fenómeno es indesmentible. Las grandes películas exigen un momento especial, reclaman una cierta receptividad por parte nuestra. Si no la tenemos, quedamos fuera. El consuelo es que, si volvemos, podremos dimensionar lo mucho que nos habíamos perdido.

Soberbia. Alone siempre depara sorpresas. En El vicio impune (Ril,1997, 300 pp.), libro imprescindible que seleccionó y prologó Alfonso Calderón, hablando del pecado de la soberbia, de la soberbia literaria, por cierto, Alone compara las memorias de Lastarria y Pérez Rosales. Reconoce que don Victorino era hombre eminente y cultísimo, talentoso y espléndido en oratoria, filósofo, maestro de juventudes, casi un sabio. Reconoce también que escribía bastante mejor que la media. Pero dice que sus memorias se caen de las manos. Una prosa tiesa, inerte, siempre quejosa, porque no le habían reconocido sus méritos, porque lo habían pasado a llevar, porque lo habían humillado… ¿Dónde está el problema? Se tomaba demasiado en serio. Pérez Rosales fue todo lo contrario: alegre, aventurero, pelusón incluso, estudioso e instruido, pero en ningún caso un erudito. Fue un hombre que entre broma y broma, casi sin quererlo, “nos dio el mejor libro de las letras nacionales, el más chileno y entretenido, el más vivaz, popular, profundo, inagotable”. Se refería, claro, a Recuerdos del pasado.

Agosto 15, 2026 • 1 hora atrás por: LaTercera.com 16 visitas 2383896

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