El papelón opositor de esta semana ha vuelto a confirmar que el socialismo democrático no puede existir sin el soporte vital del PC y el FA. Sólo intentar un acercamiento con el Ejecutivo para buscar acuerdos en el proyecto de ley “miscelánea” significó para senadores del PS y PPD quedar a las puertas del infierno. Cuestionados por sus aliados de izquierda y también internamente, por actores de sus propias filas. A quienes osaron tantear terreno no les quedó entonces más remedio que enmendar el rumbo, dejando establecido que la unidad del progresismo simplemente no tolera diferencias.
El gobierno tampoco facilitó las cosas. El ministro Quiroz vio una oportunidad e intentó aprovechar el momento para doblar la puesta, llevando la fórmula del impuesto corporativo a un 22%, lo que dejó en evidencia que el gobierno tampoco está priorizando los acuerdos. La presidenta del PS tuvo que resignarse a que la dupla Manouchehri-Cicardini la dejara sin piso para seguir conversando y los senadores PPD -que estuvieron dispuestos a un entendimiento en invariabilidad- quedaron también contra las cuerdas, al punto que el intento del ministro de Hacienda por desconocer su compromiso inicial les sirvió para patear el tablero y volver al redil.
Hasta aquí, los únicos que han tenido una posición clara e invariante son PC y el FA: rechazan el conjunto de la reforma y pretenden impugnarla en el TC. Hay sin duda algo de ironía en que ahora sea la izquierda quien busca resguardar la constitucionalidad de las normas, pero también ilustra cómo ha cambiado el escenario político en los últimos años. Los sectores que estuvieron durante más de una década insistiendo en la necesidad de un proceso constituyente, hoy dan la pelea para que un proyecto de ley deba someterse a control constitucional. Es una señal potente.
Con todo, más allá de las desinteligencias de estos días el mar de fondo sigue siendo el mismo: un país donde los acuerdos serios son imposibles, porque la centroizquierda optó por dejar de existir y la centroderecha ha sido incapaz de impedir que la polarización le pase por encima. Es el signo de estos tiempos: los sectores moderados o desaparecieron o ya no existen como opción independiente de quienes administran los extremos. Una centroizquierda que no tiene vida propia al margen del PC y el FA. Una centroderecha a la que Republicanos y Libertarios han ido día a día erosionando.
El gobierno tiene los votos para sacar su megaproyecto adelante. Tuvo posibilidades de sumar otros respaldos, pero errores propios y ajenos lo hicieron inviable. La tensión en el PS y el PPD volvió a confirmar que no hay una centroizquierda que pueda tomar decisiones autónomas. Y el misil lanzado por el ministro Quiroz al acuerdo con los senadores PPD mostró que tampoco hay un gobierno que tenga una real voluntad para que ello ocurra. En resumen, el proyecto verá la luz, pero de una forma que sólo ilustra que la política sigue siendo parte del problema, no de la solución.
Por Max Colodro, filósofo y analista político
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