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Rodrigo Rojas Denegri y Carmen Gloria Quintana: 2 de julio de 1986

“Quién quema libros, tarde o temprano, termina por quemar personas”, había escrito Heine en el siglo XIX. La veracidad profética del poeta es desoladora.

Álvaro Monge Arístegui. 21/7/2026. En mayo de 1933 la “Unión de estudiantes alemanes”, organismo universitario del partido nacional-socialista, más conocido como partido nazi, inició la quema pública de aquellos libros que se consideraban ajenos al “espíritu alemán”. En la amplia lista de los condenados al fuego se contaba los nombres de Thomas Mann, Bertold Brecht, Heinrich Heine y Sigmund Freud. Al enterarse del hecho, desde su exilio londinense, Freud comentó “Cuanto progresamos, en la edad media me hubieran quemado a mí. Ahora queman mis libros”.  El comentario resulta más amargo si se considera que las cuatro hermanas mayores de Freud murieron incineradas en un campo de concentración, cinco años después.

“Quién quema libros, tarde o temprano, termina por quemar personas”, había escrito Heine en el siglo XIX. La veracidad profética del poeta es desoladora. Y este sentimiento se acrecienta al comprobar que en tu propio país han ocurrido hechos similares. La quema sistemática de libros, la persecución y el desvalijamiento de las bibliotecas públicas, en particular de la Biblioteca Nacional y de las bibliotecas de la Universidad de Chile, forman parte del ADN de la dictadura cívico-militar. No fueron exabruptos ni excesos lamentables. Tanto es así que el 24 de enero de 1987, en la aduana de Valparaíso, fueron quemados 14 mil ejemplares del libro “La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile” de Gabriel García Márquez. Hablamos de una fecha en la que -supuestamente- había quedado muy atrás la fase “terrorista” de la dictadura, en la cual el castigo represivo directo constituía el factor predominante en el ejercicio del poder.

II

El 2 y 3 de julio de 1986 fue convocado un paro nacional de actividades contra la dictadura de Pinochet. En la mañana del 2 de julio, una patrulla militar encabezada por el entonces teniente Pedro Fernández Dittus detuvo, golpeó con culatazos de fusil, roció con bencina y prendió fuego a Rodrigo Rojas y Carmen Gloria Quintana. Luego de “apagar” el fuego de sus cuerpos con frazadas, ambos fueron arrojados en un sitio eriazo en las afueras de Santiago. La brutalidad del hecho -inclusive para los estándares represivos del pinochetismo– produjo una sensación de estupor en vastos sectores de la sociedad. Fue un ensañamiento singular con los cuerpos de dos jóvenes, sin duda. Pero también una representación amenazante de lo siniestro que se extendió por el conjunto de la sociedad chilena, incluyendo a los pinochetistas. Puesto que, como dice Nietzsche, “Lo propio del dolor es siempre una larga sacudida, el temblor subsiguiente a un choque, en el centro del sistema nervioso, que excita el terror: se sufre propiamente no por causa del dolor (por una herida, por ejemplo) sino por la larga ruptura del equilibrio que sobreviene a causa de dicho choque”.

III

El filósofo Pablo Oyarzun, durante el segundo semestre académico del año 1986, se encontraba dictando, en el Instituto de Filosofía de la Universidad Católica, un seminario sobre la obra de Johnattan Swiftt. Las paradojas del racionalismo moderno que Swift expone mediante el uso de la sátira y de la parodia (por ejemplo, cuando enumera las diferentes ventajas de comer niños pobres, o del uso nutritivo de las materias fecales) eran el tema central del seminario.  En una de las sesiones intervino un alumno relatando que en la calle donde habían sido quemados Rodrigo Rojas y Carmen Gloria Quintana se había escrito lo siguiente: “Aquí se venden chicharrones”. ¿Hay un límite para la ironía y la parodia? reflexionó este alumno. Hubo un largo silencio en la sala de clases.

Si el lenguaje no es un mero instrumento del poder, sino el poder como tal, entre la destrucción sádica de los cuerpos de Rodrigo Rojas y Carmen Gloria Quintana y el infame grafiti existiría una profunda continuidad. La dictadura se devela plenamente en ello. No hablo aquí de la pueril charlatanería de los “coaching ontológicos”, según la cual el “lenguaje crea realidad”. Me refiero a otro asunto. El “temor” se despliega como la forma de una experiencia posible, interiorizado en los seres humanos en y por el lenguaje.

Como escribió un poeta: “Perdonen que los haya molestado/ con estos recuerdos tan amargos/yo sé que están en otra”.

Referencias bibliográficas

El volumen III de “La vida y la obra de Sigmund Freud”, de Ernest Jones narra con detalle, en sus páginas finales, el destino de la familia Freud con posterioridad a la toma del poder por Hitler. Sobre la quema de libros durante el nacionalsocialismo se puede consultar “Libros en llamas: historia de la interminable destrucción de bibliotecas” de Lucien Polastron. Tomás Moulian, en el capítulo segundo de la segunda parte de “Chile actual: anatomía de un mito” ha hecho un desarrollo convincente, e insuperable, a mi juicio, del concepto de “dictadura terrorista”. El temprano, y valiente libro de Patricia Verdugo, “Rodrigo y Carmen Gloria. Quemados vivos”, así como “Rodrigo Rojas Denegri. Hijo del exilio”, de Pascale Bonnefoy, contienen pormenorizados detalles de las circunstancias del crimen y de la semi impunidad de los autores

La situación descrita en el seminario me fue relatada por el profesor Oyarzun en una entrevista del año 2004, la que permanece inédita.  Una parte-no toda- de su trabajo sobre Swift está recogida en “Una especie de espejo. Swift: cuatro ensayos y una nota”. Los versos finales son del poeta José Ángel Cuevas.

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Julio 21, 2026 • 1 hora atrás por: ElSiglo.cl 26 visitas 2310209

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