El Ciudadano
Por Rodolfo Lama Tauler

En una novela de Daniela Catrileo titulada “Chilco” (2023) -que por estos días acompañan mis viajes en micro- la autora me regaló, justo hoy, la siguiente frase: “Las prioridades de aquellos que no nacen en el reino de los privilegios, pero están subyugados a la ideología del éxito, pueden ser un misterio incomprensible para aquellos que sueñan con perfiles de obreros romantizados”.
Me dejó pensando que mi sentir –muy representado por la última y contundente declaración del DT de Egipto– no es precisamente caer en la romantización del «futbolista consciente» que usa los micrófonos y su status de estrella para denunciar la barbarie (a lo Sócrates), pero que al menos, y eso he buscado desde que comencé este espacio de fútbol y política, digan algo, un gesto, una bandera, una polera bajo la camiseta en la celebración o un tweet, que nos haga creer que no todo está perdido y que al menos corre sangre humana por su venas tan recubiertas de tatuajes rimbombantes.
El 99% del planeta debe estar en contra del genocidio en cualquier parte del mundo, el 100% debe seguramente repudiar el asesinato de niños/as inocentes, el bombardeo de escuelas y hospitales. Pero en el fútbol, esa proporción, se invierte. Hagamos un cálculo sencillo: en este mundial con 48 selecciones, cada delegación en cancha debe tener al menos 26 jugadores, más cinco integrantes del cuerpo técnico, nos da un total de 1.488 seres humanos con posibilidades de mostrar un poco de solidaridad y empatía con el prójimo. De ellos, sólo uno ha tenido la gallardía de nombrar a Palestina, ondear su bandera y ponerse en el lugar de los que sufren la barbarie en momentos de euforia planetaria por la copa del mundo.
Por eso es tan importante lo de Hossam Hassam, porque él no piensa sólo en la cancha, piensa en la cancha-vida cuando nos dice:
«En algunos países, hay niños muriendo con camisetas de Argentina, del Barcelona, de Messi y del Real Madrid. Esos niños los aman a ustedes y aman el fútbol, pero los están matando mientras ustedes guardan silencio, como si no pasara nada».
Es valiente, pues insiste en un mensaje, aprovecha las cámaras e interpela directamente a las estrellas. Y si bien sabemos que esos futbolistas viven y piensan como ricos, que olvidan muchas veces el barrio y que los lujos les obnubila el sentido común, es menester preguntarse qué pasaría si Kane, Messi, Cristiano o Haaland, dijeran algo sobre Palestina o lo inhumano de las políticas de Trump o Netanyahu. Seguro un mundo mejor tendríamos y las niñeces reconocerían un ejemplo de derechos humanos y solidaridad internacional, y no sólo un modelo de cómo poner perfectamente el pie ante la pelota girando.
Quizá Mbappé y Yamal sean una excepción, pues al menos se atreven a plantear otras cosas y usar los micrófonos para hablar de algo más que fútbol. Usan sus redes sociales o las celebraciones en sus clubes (recordar a Lamine con la bandera palestina en el título catalán hace algunos meses o a Kylian respondiéndole a la senadora paraguaya ante sus dichos racistas) para dotar de un poco de dignidad a este deporte que está cada vez más cerca de un Super Bowl y más lejos de siquiera un ápice de ternura y respeto por la vida.
Por Rodolfo Lama Tauler
Profesor de Filosofía
Fuente fotografía
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