El santo del pan y del trabajo nació en Venecia, estudió en Padua y Roma, trabajó en Nápoles bajo la corona española, la devoción a su figura llegó a Santiago del Estero desde España y finalmente encontró su santuario en Buenos Aires promovido por Santa María Antonia de san José. La historia de una figura que, como los argentinos, pertenece a un crisol de pueblos que se cruzan, supo adaptarse y transformar su herencia en algo nuevo
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