Parece raro decirlo así, pero falta poco para celebrar los 500 años de la fundación de Santiago. Sólo 15 años nos separan de 2041 y, en ese horizonte, una década y media se vuelve un tiempo decisivo: un período donde los desafíos y logros pueden consolidarse y en el cual aún estamos a tiempo de definir qué ciudad queremos construir. A continuación, compartimos parte del discurso realizado hace algunos días en un gran evento organizado por La Tercera.
“Santiago 500 años” es un proyecto que nace a partir de la invitación de Aguas Andinas a Constructo y Santiago Adicto para desarrollar una iniciativa que releve y ponga en valor la ciudad de Santiago. Un libro editado conjuntamente por Jeannette Plaut, Marcelo Sarovic y Rodrigo Guendelman, que convoca a más de 80 colaboradores provenientes de diversos ámbitos —como la arquitectura, la historia, el patrimonio, la ingeniería, el transporte, las telecomunicaciones, la infraestructura, la innovación, el paisaje y la cultura—, incorporando además material de archivo, ilustraciones, documentos originales, cartografías desarrollados para esta publicación.
Este libro en desarrollo, que será lanzado a fin de año, busca abrir una conversación necesaria sobre Santiago: sobre su pasado, su presente y, sobre todo, su futuro. Una invitación a detenernos —en medio de la velocidad de la ciudad contemporánea— y preguntarnos qué ciudad hemos construido, pero también, y quizás más importante, qué ciudad queremos construir.
Como toda capital latinoamericana con una alta concentración de habitantes, Santiago es una ciudad compleja. Una ciudad de capas superpuestas. Una ciudad que ha crecido entre tensiones: entre cordillera y valle, entre centro y periferia, entre lo planificado y lo espontáneo. También es una ciudad profundamente resiliente a grandes y sucesivos eventos climáticos, así como sísmicos.
La cordillera es una presencia que nos recuerda permanentemente, la escala mayor en la que se inscribe la ciudad.
Emilio Duhart lo expresaba con entusiasmo al referirse a Santiago en los años 60 a propósito de la construcción del icónico edificio de las Naciones Unidas CEPAL, Santiago como un lugar donde conviven la inmensidad de los Andes y la pequeña geografía de las piedras, el agua y las plantas. Esa tensión —entre lo monumental y lo íntimo— sigue siendo una de las claves para comprender nuestra ciudad.
Hoy, esa relación con la geografía también se expresa en nuevas formas de reconocimiento: en la valorización de los parques urbanos, en la recuperación de los cerros isla, en la creciente conciencia de que la naturaleza no es un borde, sino parte constitutiva de la ciudad.
Actualmente, la percepción de la ciudad comienza a transformarse. Ya no es solo una ciudad de déficit, sino también una ciudad de avances. Una ciudad donde surgen nuevos parques, espacios públicos y culturales, los cuales empiezan a redefinir la experiencia cotidiana, donde el río Mapocho adquiere un nuevo rol. Ya no solo como un curso de agua, sino como una verdadera espina dorsal de la ciudad: un espacio de esparcimiento, de deporte, de continuidad ecológica, de encuentro.
Si miramos hacia atrás, vemos cómo en distintos momentos históricos Santiago ha construido algunos hitos que marcan su desarrollo. En el Centenario de la República se consolidó una institucionalidad a través de grandes edificios públicos: bibliotecas, museos, palacios de justicia, edificios cívicos y la consolidación de redes de transporte. Hacia el Bicentenario, se propuso un nuevo tejido urbano aún en desarrollo, como el caso de Cerrillos. Y junto a ello, se logró un avance fundamental: el saneamiento de las aguas urbanas, un hito de enorme impacto social y sanitario, que posiciona a Santiago como líder regional.
Entonces, cabe preguntarse:
¿Cuáles serán los grandes proyectos que marcarán el camino hacia los 500 años?
¿Qué legado queremos dejar a las próximas generaciones?
Tenemos como desafío construir una ciudad más equitativa, más sostenible, más integrada, donde la arquitectura sea soporte de vida, donde el urbanismo sea imaginación, donde la tecnología esté al servicio del bienestar.
Santiago no es una ciudad terminada. Es una ciudad en constante construcción. Y esa es su mayor fortaleza.
Porque significa que aún podemos incidir. Aún podemos imaginar. Aún podemos transformar.
Con Santiago 500 Años, no estamos cerrando un proceso. Estamos iniciando uno.
Un proceso de reflexión, de diálogo, de colaboración. Un proceso que culminará en un libro de 800 páginas, pero que, más importante aún, busca instalar una agenda estratégica, capaz de proyectar los próximos 15 años.
El horizonte de 15 años puede parecer breve frente a los 500 años de Santiago, pero en realidad contiene el tiempo de una generación completa. Una generación que hoy emerge y que tendrá la responsabilidad —y la oportunidad— de imaginar, proyectar y construir la ciudad que viene.
Por Jeannette Plaut, Marcelo Sarovic y Rodrigo Guendelman
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