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«Será pelea a muerte con cuchillos»: La época en que las discusiones político-literarias terminaban en duelos y comilonas

El Ciudadano

Por Osvaldo Carvajal M., académico de la Licenciatura en Letras y del Doctorado en Humanidades Aplicadas de la U. Andrés Bello

No me lo van a creer, pero hubo una época de este país en que al Congreso llegó gente tan delirante que proponía leyes que implicaban retrocesos civilizatorios de siglos. No sean así, no me refiero a nuestra época. En los locos años veinte, un nietito de Benjamín Vicuña Mackenna propuso legalizar los duelos por honor. Agarren su guante blanco y acompáñenme a abofetear al archivo.

Aquiles Vergara Vicuña se llamaba el exmilitar y diputado que a principios de 1922 publicó en el diario La Nación “Las exigencias del honor”. Allí defendía la necesidad de reglamentar los duelos mediante una ley y lamentaba que en Chile no existiera una normativa capaz de mantener vivo “el verdadero concepto” del honor y la caballerosidad.

Para quienes no sepan del asunto, el duelo era una ceremonia destinada a reparar una “ofensa al honor”. Cuando alguien se sentía injuriado, enviaba un desafío a su adversario. Cada parte nombraba padrinos encargados de negociar una disculpa y, si esta no prosperaba, fijar las condiciones del combate: armas, lugar, distancia y reglas. ¿Les suena medieval? Tiene sentido, pues de ese entonces viene la costumbre.

El caso es que, durante cuatro meses, este señor Vegara tuvo un espacio en un diario de circulación nacional para escribir sobre el tema. Hay que decir, eso sí, que la idea no era original. En Uruguay, dos años antes, tras un escándalo en que el expresidente José Batlle y Ordóñez mató en un duelo a pistola al diputado y periodista Washington Beltrán, el país decidió reglamentar estas prácticas mediante tribunales de honor.

Si los “caballeros” iban a seguir batiéndose, al menos que lo hicieran con papeleo de por medio. ¿Lo más loco de todo? Esa ley se derogó recién en 1992.

Volviendo a Chile, mientras Vergara intentaba convencer al Congreso, el Código Penal desde su nacimiento prohibía explícitamente el duelo y castigaba incluso a quien retara a otro.

Sin embargo, nos guste o no, vamos a tener que darle algo de razón al diputado. Seis meses después de su campaña, La Nación publicaba: “Los diputados señores Edwards Matte y Saavedra cambian un disparo por lado y resultan ilesos. No hubo reconciliación”. Felipe Avello estaría decepcionado.

Aprovechando que mencioné al Pececillo, uno de sus antepasados fue la voz de la cordura en ese mar de delirios. Digo “antepasado”, porque mi teoría es que las crónicas periodísticas eran el stand up de la época: textos breves, publicados en espacios masivos, que comentaban la contingencia desde el humor y distendían el tejido social. Uno de sus grandes cultores fue Jenaro Prieto, a quien quizás recuerden por El socio.

En El Diario Ilustrado, Prieto publicó una “Carta abierta a Don Aquiles Vergara”. Allí le comenta que ni siquiera ha leído los artículos de su “patriótica campaña” porque la considera innecesaria. Cita estadísticas según las cuales “de los 1248 duelos habidos en la República, solo tres han tenido consecuencias fatales, debido a la mala puntería de los duelistas”.

Para él, los duelos chilenos terminaban siempre con una cazuela compartida en la casa de algún hacendado: “El hábito de batirse tiene sus inconvenientes; pero son solo para el anfitrión que tiene que proporcionar campo, almuerzo y bebida a los duelistas”.

Ahora bien, cuando le tocó comentar el lance Edwards-Saavedra, el chiste se contó solo. Ninguno de los contendores disparó contra su adversario. Uno tiró hacia arriba y el otro hacia abajo. Nadie salió herido y tanto el honor como el hambre quedaron oficialmente satisfechas.

Al día siguiente la polémica continuó en los diarios: Edwards sostenía que aquello no había sido un duelo —probablemente para evitar las sanciones legales— mientras Saavedra defendía que sí lo había sido, pues de otro modo quedaba comprometido el honor militar de su familia. Todo esto, publicado a página completa en La Nación. No por nada, cuando criticaba nuestros peores defectos, Prieto nos llamaba Tontilandia.

Aunque, para ser justos, ni siquiera él estaba completamente a salvo del mal que criticaba. Cuenta el crítico literario Hernán Díaz Arrieta (Alone) que un día acudió a reclamarle al director de El Diario Ilustrado por una nota injusta contra Vicente Huidobro. La discusión subió de tono y apareció Jenaro Prieto: “Estás insultando a don Alejandro”, le dijo antes de tomarlo del brazo.

Lo que siguió fue una pelea a puñetazos en plena redacción. Alone terminó con un ojo morado; Prieto quedó tan maltrecho que no pudo asistir al matrimonio donde debía actuar como testigo; y Huidobro recibió de vuelta su ejemplar de La Nación manchado con la sangre de su defensor.

Otro día les cuento por qué, pero quizás Alone tenía bien merecidos esos coscachos. Por ahora, hay algo que, sin lugar a duda, demuestran los princesos de la vanguardia y los políticos que dieron nombre a nuestras calles: que los “vándalos” a veces usan traje, corbata y fuman pipa, como los Edwards, los Huidobro, los Saavedra e, incluso, el buen Jenaro Prieto.

Osvaldo Carvajal M.

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Junio 4, 2026 • 1 hora atrás por: ElCiudadano.cl 26 visitas 2172999

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