El Ciudadano
Por Fernando Sagredo Aguayo

El debate sobre el Sistema de Medición de la Calidad de la Educación (SIMCE) en Chile requiere superar las apreciaciones puramente gremiales o emocionales para adentrarse en una crítica técnica y epistemológica. El nudo del problema no reside únicamente en el agobio que genera, sino en la profunda disonancia entre los marcos teóricos que orientan la pedagogía contemporánea y el diseño psicométrico de este instrumento. La persistencia del SIMCE revela una fractura estructural en la política pública: se exige a las escuelas planificar y enseñar bajo un paradigma de aprendizaje situado y constructivista, pero se evalúa el éxito institucional mediante un dispositivo descontextualizado y estandarizado.
Las bases curriculares chilenas y las orientaciones del Ministerio de Educación, alineadas con la investigación global en ciencias de la educación, prescriben un enfoque de enseñanza donde el contexto es fundamental. Desde la zona de desarrollo próximo de Vygotsky, pasando por el aprendizaje significativo de Ausubel, hasta los modelos actuales de aprendizaje basado en proyectos (ABP), el consenso técnico es claro: el conocimiento se construye y se retiene cuando se ancla en las experiencias previas y en el entorno sociocultural del estudiante.
Los docentes son instruidos y evaluados para diseñar estrategias pedagógicas con esta impronta. Se les exige integración curricular y la creación de situaciones de aprendizaje que demanden habilidades de orden superior. Sin embargo, el corolario de este esfuerzo se enfrenta a una evaluación que opera bajo una lógica diametralmente opuesta. Se trata de un set de preguntas de formulación nacional que no entienden de contexto ni de la biografía cognitiva de los estudiantes. Al pretender medir «el aprendizaje» abstraído de las condiciones materiales y sociales, el SIMCE comete un error profundo de validez ecológica. Como bien advierte el filósofo y educador español Félix Angulo, sostener que se pueden aislar las variables contextuales (como las condiciones socioafectivas del estudiante) de la medición del conocimiento es una «fantasía psicométrica». Al ignorar el contexto y medir a todos bajo el mismo estándar inamovible, se terminan comparando constructos diferentes, socavando la equidad y la justicia educativa. En la misma línea, la académica e investigadora Teresa Flórez (2013) subraya que lo que en realidad termina evaluando el SIMCE es «una versión bastante reducida, rutinaria y básica del curriculum», fracasando en medir la verdadera «calidad».
Al pretender medir «el aprendizaje» abstraído de las condiciones materiales y sociales, el SIMCE comete un error profundo de validez ecológica.
En la literatura especializada, el concepto de «evaluación auténtica» describe aquellos instrumentos que exigen a los estudiantes aplicar sus conocimientos para resolver problemas del mundo real. Como lo definen los académicos Daniel Ríos y David Herrera (2020, 2021), una evaluación auténtica es aquella que asume el contexto como el motor principal del aprendizaje, sin esperar una respuesta única centrada en estándares rígidos, sino promoviendo la autorreflexión y la integración de las historias de vida de las comunidades educativas.
Cuando aparece el SIMCE, este paradigma se inmola. El sistema impone una evaluación inauténtica por excelencia, convirtiendo el conocimiento dinámico en una selección múltiple estática. Y los efectos colaterales de este instrumento son devastadores para el aula. Samuel Messick (1989), experto histórico en medición, acuñó el concepto de «validez consecuencial» para advertir exactamente esto: si una evaluación genera consecuencias que resultan más perjudiciales que beneficiosas para el sistema educativo, su validez intrínseca queda anulada.
En Chile, esa consecuencia perjudicial tiene nombre y apellido: «enseñar para la prueba» y el consecuente empobrecimiento curricular. Como señala de manera explícita Cristián Bellei, frente al peso específico de la evaluación, el sistema sufre un «estrechamiento curricular», donde «dado que no todo el currículum es susceptible de evaluarse por el Simce, la enseñanza enfatiza los contenidos que más probablemente aparezcan». Esta distorsión ha llegado a tal punto que el estudio de Elacqua et al. (2013) reveló que, en escuelas de bajo desempeño, un alarmante 60% de los docentes reconocía destinar tiempo de clases, casi todos los días, exclusivamente a ejercitar respuestas de opción múltiple tipo SIMCE, subordinando el aprendizaje significativo al mero adiestramiento.
Este fenómeno no es una «mala praxis» de los docentes, sino una respuesta hiperracional frente a un diseño de política pública (la Ley de Aseguramiento de la Calidad) que ata financiamiento, prestigio y hasta la clausura de escuelas a estos indicadores.
…un alarmante 60% de los docentes reconocía destinar tiempo de clases, casi todos los días, exclusivamente a ejercitar respuestas de opción múltiple tipo SIMCE, subordinando el aprendizaje significativo al mero adiestramiento.
Los recientes resultados del SIMCE 2025, que muestran una «estabilización» pospandemia, deben leerse a través de este prisma técnico. Que los promedios en Lenguaje y Matemática entren en una meseta no evidencia que las estrategias situadas estén fallando, sino la constatación de que un instrumento estandarizado tiene un límite en lo que puede medir. La prueba es incapaz de captar el progreso de un estudiante que, partiendo de una base muy descendida, logra avances notables en su capacidad de comprensión, si dicho avance no se traduce en marcar la alternativa correcta bajo presión de tiempo.
La crítica técnica al SIMCE no implica rechazar la necesidad de evaluación ni la rendición de cuentas. Significa exigir coherencia epistemológica. Si el Estado chileno adopta el constructivismo como motor de su política curricular, los instrumentos a gran escala deben evolucionar para no dinamitar los propósitos que dicen perseguir. La transición requiere abandonar la hegemonía de la prueba censal estandarizada y, recogiendo las propuestas de comisiones técnicas, avanzar hacia evaluaciones muestrales y un robusto sistema local de evaluación auténtica.
Mantener el actual diseño del SIMCE implica perpetuar una falacia técnica: la ilusión de que se puede formar a los ciudadanos críticos e innovadores del siglo XXI mediante un sistema que los evalúa con las herramientas reduccionistas del siglo XX.
Por Fernando Sagredo Aguayo
Profesor de Historia y Geografía, Magíster en Filosofía Política, y Magíster en Educación (Currículum y Evaluación), por la Universidad de Santiago de Chile.
Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.
La entrada SIMCE: una evaluación del siglo XX para escuelas del siglo XXI se publicó primero en El Ciudadano.
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