Temporada de recompensa

Los tiburones de los 80 (conocidos también como hedge funds), tipos como Steinhardt, Soros, Robertson o Kovner, tenían distintas estrategias para explotar, y a veces provocar, anomalías en los mercados financieros. Entre ellas, el carry trade era un ejercicio rutinario que, sin ser algo glamoroso como hacer quebrar el Banco de Inglaterra, permitía ganar plata con bastante consistencia.

Como buena estrategia que funcionó muy bien por décadas, el carry trade es a primera vista algo paradójico. No hace sentido si usted lo mira “así”, pero hace todo sentido si lo mira “asá”. La versión estándar consistía en comprar futuros de una moneda con tasas elevadas, futuros que por lo mismo estaban a sustancial descuento con respecto al precio spot de dicha moneda. Era como comprar a 15% de descuento futuros del real brasilero, justamente porque la tasa del Banco Central de Brasil está en 15% (el dueño del futuro no puede recibir ese 15% que sí recibe el dueño de la moneda hoy). Hasta aquí, cuál es la gracia, dirá usted: el real se va a depreciar un 15% porque pagará un interés de 15%. Hace sentido si lo piensa así, pero que tal si lo piensa asá: realmente de aquí a un año más la gente va a querer vender en estampida una moneda que paga un 15% al año para comprar otra que paga “nada”.

En resumen, el éxito del carry trade se basó (y todavía lo hace en buena medida) en que para la mayoría de la gente es difícil ponerse en el futuro y evaluar desde allá si la teoría que tiene hoy hará sentido entonces. Pasar de pensamiento de primer orden a pensamiento de segundo orden cuesta.

Demasiado de renta fija y monedas, así que me llevo el carry trade a lo mío, que son las acciones. Lo más parecido a un carry trade en renta variable es la paradoja de los dividendos con respecto al precio de una acción. El pensamiento de primer orden dice que una acción que paga un dividendo de un 8% debiera caer un 8% después del pago. Y sí, es algo lógico y es algo que ocurre, por un rato. Pero una vez que el futuro llega, Mr. Market se acuerda de que esa empresa efectivamente paga un 8%. Y una empresa que paga con cierta consistencia un 8% no es una empresa cuya acción debiera caer un 8%, muy por el contrario, podría llegar a duplicarse y seguiría pagando un decente 4%. ¿Por qué la voy a vender, se preguntará Mr. Market entonces?

Curiosamente, cada año, durante la temporada de dividendos que va de marzo a mayo, pareciera que evolucionamos desde “una empresa es un frasco de monedas al que, si le sacas algunas, vale menos” a “una empresa es una fábrica de monedas que, si fabrica más, vale más”.

Felizmente para ustedes, señor y señora inversionistas de largo plazo, esta dualidad no pasa a ser más que un cuento anecdótico. Una empresa vale los dividendos que esa empresa puede pagar a sus accionistas desde hoy hasta el fin de los tiempos. Y si bien muchas veces usted ha optado por empresas que pagan menos dividendos hoy, siempre lo hizo porque tuvo la confianza de que iban a pagar muchos más dividendos en el futuro.

(Nota al margen: Agradezco la gentileza que tienen las compañías chilenas de pagar el grueso de los dividendos anuales en esta época del año, que por tantas cosas más nunca es una agradable época del año).

*El autor de la columna es inversionista

Marzo 21, 2026 • 1 hora atrás por: LaTercera.com 17 visitas 1898918

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