
En Soledad inesperada, Teresa Arijón reconstruye la figura de su madre muerta en la infancia y convierte esa pérdida en el centro de una indagación sobre el duelo, la memoria y los límites del lenguaje para nombrar la ausencia.
La historia parte de una escena fundacional: una niña escucha que su madre “se ha ido al cielo” y dirige hacia ese lugar su cólera. La respuesta es el silencio: calla el dios desafiado y también calla una familia herida por la pérdida.
Desde esa distancia, la ausencia aparece como una fuerza que dio forma a una vida. El libro sigue esa marca en el tiempo y muestra cómo el dolor fijado en la infancia se vuelve un territorio decisivo para la narradora.
La infancia ocupa el lugar central de esa poética. Allí, según la presentación de la obra, el dolor se fija y el lenguaje talla su forma, mientras la narradora indaga qué queda cuando alguien se va, qué huella constituye a quien sobrevive y cómo persiste el amor en medio de una pérdida inconsolable.

La escritora Mercedes Araujo resume esa operación en una definición que acompaña el libro: “Una vuelta más de la escritura fascinante de Teresa Arijón, que, con gracia y hondura, toca el corazón de la experiencia trágica: la muerte de la madre en la infancia. El trazo biográfico se enhebra con el de una cofradía de artistas y escritores que, como ella, crearon desde y con la radicalidad de la pena”.
Teresa Arijón nació en Buenos Aires, Argentina, y desarrolló una obra que abarca ocho libros de poesía, una obra de teatro, un experimento en tragedia, publicaciones sobre arte y crónicas de viaje. También escribió Teoría del cielo, un volumen de biografías mínimas de escritores latinoamericanos realizado junto con Arturo Carrera.
Codirige el proyecto editorial patoen-la-cara y, junto con Bárbara Belloc, edita la colección Nomadismos, dedicada al ensayo y al pensamiento de artistas iberoamericanos, con sede en Buenos Aires, Cuenca y Río de Janeiro.
En 2021 publicó La mujer pintada con Lumen, un ensayo literario situado entre la novela y la autoficción que narra la historia del arte desde la perspectiva de las modelos. En 2023 apareció Un millón de veranos, editado por Miño y Dávila, que reúne su poesía.
Siente que le tocan el hombro para despertarla. Un brazo le sostiene la espalda y la levanta con suavidad, la ayuda a sentarse en el borde de la cama. Que no es la suya: hace más de dos días que no duerme en su casa. Los labios de su tía Lula tiemblan.
—Tu mamá se fue al cielo.
¿Al cielo cómo?, pregunta. ¿Cómo al cielo? Entiende nítidamente lo que acaban de decirle, pero quiere que le digan otra cosa, que le mientan. Sobre todo, quiere huir. Huir de su propio cuerpo.
—Tu mamá se fue al cielo.
Oye voces y llantos sofocados. Aprieta los puños para no llorar.
Si no llora, si no escucha, si no.
Hasta que ve los ojos asustados de su prima, fijos como soles en la oscuridad ardiente que la encierra. Es de día, pero su cuerpo está oscurecido. Y su oscuridad llena la habitación.
(una flor con su nombre)
Durante un tiempo, dije para mí y solo para mí, que se llamaba Cordelia. No Delia, sino Cordelia. Como el personaje de Shakespeare, una heroína trágica. Delia era un nombre de chica de barrio, y esa era mi madre. La muerte no la había convertido en princesa.
Delos. Isla del mar Egeo, hoy deshabitada.
Delos. Cielos perdidos. Delia.
Marosa Di Giorgio pudo haber inventado una flor con tu nombre.
(como es adentro, es afuera)
Digo mi madre y la veo todavía con un vestido blanco de manga corta, el ribete a lunares grandes y grises. El escote en v con solapas. Sus manos pequeñas, que se hincharon y se llevaron la alianza de oro a la tumba, sus uñas impecables. Está tan lejos ahora, es tan joven en su muerte.
Como el poema de Girri: Mi madre es una niña. / Está aquí.
Ni yo he nacido ni ella ha muerto.
(a la defensiva)
—Nunca me acuerdo de ella —digo.
—¿Y por qué está tan convencida? —pregunta N.
Sentada con las manos bajo los muslos, contemplo con desgano mis botas de gamuza azul.
—Porque no se me aparece sin pensar, no está presente en mi vida.
—¿Y desde cuándo es así?
—¿Así cómo?
—Desde cuándo piensa que no recuerda a su madre.
—Es que no tengo imágenes claras.
—Los recuerdos no son necesariamente imágenes. Son también percepciones, intuiciones...
Es mi tercera sesión de terapia. La tercera vez que hago análisis en mi vida. La primera que pongo el eje en mi madre.
—¿Había algo que le gustara hacer a su mamá?
—Tejer —digo lo primero que me viene a la cabeza—. Tejía sin mirar las agujas, mientras conversaba.
—¿Qué tejía?
—Escarpines, saquitos para el bebé que estaba esperando, de hilo de algodón porque iba a nacer en primavera.
—¿Y para usted?
—A mí me hizo dos pulóveres de lana. Uno marrón con un escudito dorado y otro rojo con guardas, mi preferido.
N apunta algo en su libreta. Se demora trazando cada letra, como eligiendo qué anotar y qué no. Su parsimonia me perturba. Tendría que haberle respondido otra cosa: que mi madre le sacaba la piel y las semillas a las uvas antes de dármelas; que me llevaba a andar en bicicleta; que íbamos a la costanera sur a mirar el río y su horizonte indomable; que cuando jugábamos me ponía apodos, pero si la hacía enojar me llamaba por mi nombre en diminutivo, prolongando mucho la i: Teresiiita.
—Igual me gustaban los dos —aclaro.
—¿Qué dos?
N aparta la vista de sus papeles y vuelvo a mirar mis botas.
Tendría que llevarlas a arreglar, están gastadas en las puntas.
—Los dos pulóveres que me tejió. Prefería uno, pero me gustaban los dos.
—Ajá.
—Detesto tener que elegir. Me da pena dejar algo de lado.
—Ajá.
N retoma la escritura. Ahora va más rápido.
—¿Trabajaba fuera de casa su mamá?
—En una oficina. Se iba a la mañana temprano y volvía casi de noche. Por eso la veía poco durante la semana.
—¿Y además se ocupaba de los quehaceres domésticos?
No quiero responder que sí. Eso dejaría mal parado a Juan, mi padre.
—Usted vio cómo eran antes las mujeres. Sabían hacer de todo.
Y se hacían tiempo para todo.
Si N parara un segundo de escribir, podría relajarme y pensar antes de hablar.
—Y bordaba, también bordaba —murmuro—. Igual, no es mucho lo que recuerdo.
(igual que un pájaro)
La palabra recuerdo viene del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón, que para los antiguos romanos era la sede de la memoria. Si la recuerdo, ella vuelve a pasar por mi corazón.
El recuerdo sobrevuela, sobreviene, sobrepasa.
Actúa igual que un pájaro.
Lo que acabo de contarle a N no es un recuerdo.
Son imágenes deliberadamente buscadas.
Conejos sacados de la galera.
Para no quedar con las manos vacías.
(dones secretos)
Borges decía que, a veces, caminando por la calle, sentía una racha de felicidad. Y que intentaba no indagar la razón y aceptar con humildad ese don secreto.
Quizá sea esa mi manera de recordar a mi madre.
O su manera de hacerse presente en mi vida.
Mi madre: una racha de felicidad.
Ráfaga, destello, resplandor.
Inasible, pasajera.
(del otro lado no había nada)
Cuando murió, los adultos de la familia dejaron de nombrarla.
Al menos delante de mí.
Delia se hizo silencio.
Un silencio transparente: del otro lado no había nada.
Se cerraban como ostras. Apresaban la perla dentro y no la soltaban. Impedían que brillara.
La perla es hija del dolor, del grano de arena intruso que irrumpe en la valva. La ostra forma la perla para defenderse.
La perla podría haber sido mi amuleto. Yo tampoco hablaba.
(madre tiempo)
Time is a mother, libro de duelo de Ocean Vuong.
Lo traducen como: El tiempo es la madre.
No es lo mismo decir: El tiempo es madre.
O bien: La madre es el tiempo.
O incluso: La madre es tiempo.
Dona el tiempo la madre al donarnos el cuerpo.
Con el cuerpo nos dona, también, la muerte.
Concebir, gestar es donarse.
En Samoa —leo en Marcel Mauss— una hija, un hijo, es un “bien uterino”.
Yo no me he donado. Por cortar el hilo de la muerte, corté el hilo de la vida.
(hija tiempo)
P y su hijita de cinco años están mirando el mar. La nena pregunta:
—¿Yo también me voy a morir? ¿Falta mucho?
(hermana)
En la muerte de mi madre hay una coprotagonista: mi hermana. Yo esperaba un varón: era una nena. Mortinatos llaman a los que nacen sin vida, fallecidos dentro de la placenta, en el útero. Mi hermana que no llegó a sentir la inmensidad del aire, el trauma de respirar. De la que una vez, en un arranque de locuacidad, dijeron mis tías: era una beba hermosa, le escuchamos decir a la partera que parecía una muñequita.
Yo, en cambio, había nacido fea. El cráneo ahusado por la presión del canal de salida, la cara amoratada, el pelo rojo cobre.
Delia conservaba un rizo, guardado en un sobrecito rosa dentro de mi Libro de Nacimiento. Libro que nadie se había molestado en completar. Lo poco que se escribió ahí lo escribí yo, con mi letra alargada y patuda de los siete años. Mi nombre, los ombres de mis padres y de mis abuelos, la primera palabra que dije: ego.
—Querías decir ajó —me explicó ella— pero no te salía y decías ego.
“No escribo porque estás muerta. Has muerto para que yo escriba, ahí está la diferencia”, le dice Annie Ernaux a su hermana, fallecida dos años antes de que ella naciera, en La otra hija.
Ernaux se entera de que tuvo una hermana a los diez, oyendo hablar a su madre con una vecina. Viene de una familia callada, como la mía.
(separada del peligro)
La muerte de la madre en la infancia deja marcas.
Una de esas marcas es la cicatriz que me atraviesa del pubis hasta el ombligo desde mis treinta y tres años.
Histerectomía: manera de no albergar la muerte, ni propia ni ajena.
El ombligo, la cicatriz primordial, el canal de alimentación que me ligaba a Delia.
Es todo tan obvio. Y sin embargo.
Mi orfandad fue, también, un escudo protector. Un halo.
Un cristal delicadísimo que me separaba del peligro.
Decidí que Delia me resguardaba desde su cielo.
Digo decidí porque no podía creer.
(contra toda lógica)
Tarde o temprano, los huérfanos recurrimos al pensamiento mágico (que, para Lévi-Strauss, cumple funciones adaptativas en determinadas circunstancias).
Se vuelve necesario situar —volver a situar— a la madre ahora muerta.
Ella deviene oración murmurante, salvoconducto, ábrete sésamo.
(una premonición)
A poco de enterarme que Delia estaba embarazada empecé a sentir miedo. Un miedo visceral que fue aumentando con el correr de los meses. Había una especie de certeza, una resignación renegada en ese miedo. Después me convencí de que había sido una premonición.
Una acción se repetía estando a solas: sacaba un disco de la pila, encendía el tocadiscos y me sentaba en el suelo a escuchar.
Siempre la misma canción, un tango que hablaba del temor a perder a la madre. Distraída de la música, yo seguía con el índice las vetas del parqué como si fueran senderos, encrucijadas.
Hasta que el estribillo me estremecía: Porque te aseguro, si llega ese día / también con tus alas quisiera volar.
Imaginaba a Delia con alas.
Alejándose con esa sonrisa suya.
Dejándome, contra su voluntad, pero dejándome.
(lo que encubre)
N dice que probablemente sea un recuerdo encubridor.
Que el recuerdo es una construcción, que no es fiable.
No sé si me dice eso, o si yo entiendo así lo que ella me dice.
(no con palabras)
El huérfano queda para siempre solo con su madre.
Para volver a encontrarla se adentra en el espacio de lo irrepresentable (así definió Freud a la muerte).
Dos términos se reiteran: insustituible, irremplazable.
Pero no.
La madre muerta no se esconde en las palabras.
los huérfanos sueñan llorando
parece que lloran cuando duermen
duermen para llorar sin ser vistos
lloran para poder soñar
sueñan cuando lloran
lloran porque no sueñan
(variaciones sobre un poema de Rimbaud)
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