Todo es claudicar

El Senado aprobó la megarreforma y vuelve ahora a la Cámara de Diputados para terminar su tramitación. Pero el dato político central no es el esperable resultado del proyecto, sino más bien el estado en que el debate parlamentario dejó a la oposición: atrapada en una lógica de tierra arrasada, donde denunciar reemplaza a proponer y apuntar sustituye a comprender; donde todo -lo que no sea mi postura- es claudicar.

La división no es superficial, porque mientras hay un sector de la oposición que intenta llegar a acuerdos para participar del proceso y equilibrar -en base a sus visiones- las propuestas que brotan del Ejecutivo, la izquierda radical ve en este diálogo una traición, un negocio intolerable, como si la política fuera un permanente juego de suma cero. La tensión entre Cicardini y Vodanovic grafica el escenario en el cual algunos pretenden que para dialogar se le debe pedir permiso a ellos, –al parecer– guardianes de toda verdad política. Todo esto respaldado por el lamentable coro de políticos experimentados que se han sumado al abucheo y matonaje.

Esta cultura, nacida en las protestas del 2010 y que llegó al Congreso el 2014, si bien dio contundentes triunfos en sus inicios, muestra un agotamiento natural desde el plebiscito del 2022. Sin embargo, sus protagonistas no han reflexionado sobre el agotamiento de sus prácticas: todo lo malo está en la vereda de enfrente, el vecino trae solo malas intenciones, e incluso, es ilegítimo de origen, dibujando permanentemente caricaturas sobre el adversario, para así evitar el ejercicio político de parlamentar. Pero para cualquier sociedad, la agudización del conflicto resulta inviable a largo plazo y trae consecuencias.

Así entonces, la orfandad no es solo cultural, también es de contenido. La megarreforma pretende hacer crecer al país, alejándose del modelo diseñado por la reforma tributaria de Bachelet II, ante lo cual, el gran reclamo opositor ha sido que beneficia a los más ricos. No hay propuesta alternativa de cómo crecer, ni explicación de cómo revertir un desempleo que escala mes a mes. Esta orfandad de formas e ideas ha dejado a la izquierda sin sujeto al cual hablarle, generando un vacío que ha capturado rápidamente el PDG, el cual ofrece respuestas rápidas y efectivas -no necesariamente buenas- a una ciudadanía cansada de un sistema lento para resolver sus problemas, el cual usa hoy su rol mediador como moneda de cambio para lograr avanzar en sus propuestas.

El contraste con la historia reciente es elocuente. La renovación socialista de los ochenta sí pagó el costo de una derrota, puesto que revisó doctrina y se hizo cargo política e intelectualmente de sus errores en un destacable proceso de revisión política. Hoy esa capacidad de autocrítica en la izquierda ha desaparecido. No se ve un cambio de rumbo, sólo la promesa de que esta vez, después de fallar reiteradamente, al parecer, sí va a funcionar.

Por Michael Comber V., director ejecutivo del Instituto Libertad

Julio 20, 2026 • 11 horas atrás por: LaTercera.com 39 visitas 2307890

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