El origen del gin tonic no está en el solaz de los acomodados, sino en los breves respiros de las clases trabajadoras inglesas en medio de las ciudades y puertos donde se fraguó la revolución industrial. Vil aguardiente de grano crudamente destilada, el enebro y otros condimentos servían, muchas veces, para enmascarar su mal olor y peor sabor. El agua tónica, un remedio contra la fiebre amarilla, se la añadieron los soldados coloniales británicos apostados en la India, que llevaron la receta de vuelta a las lluviosas calles de la pérfida Albión.
De la humilde mesa de obreros y soldados, a los más elegantes clubes: así es la historia del gin. Tránsito involuntariamente rescatado por las dos destilerías presentes en Factoría Franklin, un espacio industrial convertido en una experiencia de alto nivel artístico y gastronómico. Una es Quintal, de la que hablaremos en el futuro. Otra es Alchimia, una “brewstillery” con ambiente de laboratorio que, utilizando una bomba de vacío, destila sus brebajes a unos 30 grados, lo que le permite conservar mejor los sabores. Esta vez probé el “Número 2, Z. Piperitum”, avivado con enebro, cardamomo, cilantro y manzanilla, pero dominado por la fabulosa pimienta de Sichuan. El resultado, con sus 43.5 grados, es magistral. A diferencia de Quintal, eso sí, Alchimia no vende chocolates para completar el tratamiento contra el duelo asalariado de los domingos. Pero la chocolatería Hunab Ku, en la puerta de al lado, viene al rescate. No se las pierda.
Por Methe Ostos.
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