Tres miradas sobre la guerra de agresión a Irán (III): Coyuntura

El Ciudadano

Por Aldo Bombardiere Castro

Hace un par de semanas, tras largas jornadas de negociaciones en Islamabad y gracias a la activa mediación de Pakistán, Washington y Teherán firmaron el Memorando de Entendimiento (MOU, por sus siglas en inglés). No obstante, desde ese 17 de junio el fuego no ha cesado de forma absoluta. Después de un declive de la intensidad militar, ni EEUU ni Israel se muestran realmente comprometidos con poner fin al conflicto. Pero ¿por qué tendrían que hacerlo?

Si nos detenemos a pensar, justamente es ése el propósito que motiva tanto a la entidad sionista como a la nación imperialista de EEUU: la fuerza desnuda, indesmentible y tiránica de la guerra; el exterminio de los pueblos y la devastación de la naturaleza como ideal de vida. Por eso, Israel y EEUU hoy se muestran como lo que han sido desde su propio origen: violencia fundacional del capital destinada a la apropiación de la tierra. Expansionismo colonial y genocida, con miras a una “tierra prometida” llamada Gran Israel (Heretz Israel), en el caso del sionismo; voluntad de dominio de un capitalismo agonizante, cuya deriva cibernética amenaza transformar a China en el nuevo destinatario del “destino manifiesto”, en el caso de EEUU. Ambas entidades, en realidad, conforman una sola maquinaria de dominación. Y estos tiempos de catástrofe y fuego vienen a desnudar de manera cada vez más explícita el núcleo común que comparten capitalismo y guerra.

Para comprender las tensiones coyunturales que hoy se congregan en función del Memorando, así como de los alcances de las implicaciones y alcances que puedan desprenderse de aquel, recordemos brevemente el marco conceptual analizado en las dos entregas previas.

Revisión

Según lo abordado en nuestras dos entregas anteriores, hemos asentado un mínimo marco conceptual, capaz de brindar soporte teórico a la comprensión de la actual guerra de agresión contra Irán, así como a sus derivas asociadas.

En efecto, en la primera entrega atendimos al contexto histórico reciente en el que se han desplegado gran parte de los conflictos de Medio Oriente. Este análisis de tipo diacrónico (desplegado a través del tiempo) implicó realizar un recorrido por la historia reciente de la región, recalcando las dinámicas coloniales que le afectan desde hace décadas.

Por otro lado, en la segunda entrega trazamos las líneas generales de una cartografía geopolítica de la región, mostrando los diversos intereses imperiales (EEUU, Israel, Rusia y China) que, ya sea de manera explícita o tácita, se anudan en torno a la guerra contra Irán, dotándola de consecuencias globales. Desde una posición metodológica, en este segundo análisis adoptamos una perspectiva sincrónica (es decir, dando cuenta de las distintas fuerzas que, en orden simultáneo, componen la guerra).

En virtud de lo anterior, el conjunto de nuestra aproximación se sostiene sobre un marco conceptual lo suficientemente sólido, tanto a nivel diacrónico-temporal como sincrónico-espacial, esto es, tanto histórico como geopolítico, para comprender los hechos coyunturales más relevantes de la presente guerra.

…la gran mayoría de los puntos expuestos en el memorando dejan en evidencia los logros iraníes conseguidos a raíz de su victoria estratégica en la guerra.

Detonación

El 28 de febrero de 2026, en pleno contexto de negociaciones indirectas entre EEUU e Irán realizadas en territorio de Omán y Suiza, las cuales abordaban tanto el levantamiento de las sanciones comerciales unilaterales con que Washington asedia a Teherán desde hace años, así como el programa de energía nuclear iraní, es atacado el país persa. Ese día, después gran cantidad de informaciones falsas provenientes de fuentes estadounidenses, las cuales señalaban que las conversaciones se dirigían por un auspicioso camino y muy próximas a un acuerdo, EEUU e Israel bombardean ciudades del sur de Irán. Para los negociadores dirigidos por Trump, quien a su vez hasta hoy resulta movido por la presión de Netanyahu y del lobby sionista, las conversaciones sólo operaban como distractor con respecto a la atención y constante buena fe de la cancillería iraní. Lo que realmente hacían era utilizar la diplomacia para fines bélicos: encontrar a Irán con la guardia baja a la hora de ser atacado.

Así, ese mismo 28 de febrero la alianza sionita-imperialista ejecutó un triple bombardeo contra una escuela en la ciudad de Minab, hecho que cobró la vida de más de 165 personas, en su mayoría niñas de entre siete y 12 años. Tal evento se inscribe entre las páginas más aberrantes de la historia humana. Su intencionalidad, pese a que busca ser negada de diferentes maneras por los grandes medios occidentales, no sólo es consistente, una vez más, con las prácticas genocidas y de limpieza étnica del pueblo palestino que Israel y su socio estadounidense perpetran en Gaza desde hace años. También ha quedado acreditada porque se trató de misiles de precisión Tomahawk y, junto con ello, a partir de la modalidad de un “triple toque”. Nombre infame para un acto de la mayor perversidad: bombardear tres veces seguidas un mismo lugar, con intervalos de unos cuantos minutos, con el objetivo de conseguir el mayor número de asesinados posibles, en este caso, principalmente de infancias, integrantes de equipos de rescate y periodistas.

Ahora bien, antes de ese día, la particularidad de este conflicto de agresión tenía por antecedente directo en la denominada “Guerra de los 12 días” del año 2025. En ella, la posición de EEUU e Israel fue considerablemente más cómoda que en la actual, siendo atacada simbólicamente la base norteamericana en Qatar, así como destruidos unos cuantos edificios e infraestructura vial en territorios de la Palestina ocupada por Israel. En cambio, hoy sólo los delirios expansionistas y coloniales desatados por Israel -el cual parece poco a poco desalinearse con Netanyahu- siguen empujando esta guerra, al igual como lo hacen con el genocidio en Gaza, los asesinatos y robos de tierra en Cisjordania y la invasión al sur del Líbano. Irán lo golpeó con una dureza nunca vista en la historia, dejando en evidencia lo vulnerable que es Israel y, por lo mismo, la sociedad sionista, tan asidua al belicismo y a las mitologías victimizantes, se encuentra mayoritariamente de acuerdo con debilitar lo más posible a la nación persa. Pero no es el caso de EEUU: le es imposible sostener este estado de cosas, tanto en lo militar como en lo económico.

Lo anterior vuelve entendible que el renombrado Memorando de Entendimiento, aunque sea en la debilidad de un papel, puede ser leído con la contundencia de una capitulación estadounidense. De ello no existe duda. Sin embargo, esa misma debilidad del papel es la que continúa generando una profunda incertidumbre sobre los pasos a seguir por Trump. Es decir, si definitivamente podrá obligar o no a Netanyahu a detenerse, al menos, en el Líbano.

Coyuntura

Desde mediados de junio algunos analistas ya vaticinaban la firma de un Memorando de Entendimiento entre Washington y Teherán. Frágil, es cierto, pero debe ser considerado. Suerte de preacuerdo surgido tras innumerables ciclos de negociaciones directas e indirectas, muchas de ellas frustradas a causa de la intransigencia y mala fe de EEUU e Israel, su éxito despierta significativas dudas. En efecto, bajo la comprometida mediación de Pakistán, este memorando delinea el anticipo de un futuro acuerdo mayor, orientado a generar una mediana estabilidad en Medio Oriente a partir, en la práctica, del reconocimiento del nuevo carácter hegemónico de Irán en la región. Tal firma definitiva entre Washington y Teherán se daría, cuanto menos, en 60 días. Cosa casi imposible en la realidad.

Por cierto, la gran mayoría de los puntos expuestos en el memorando dejan en evidencia los logros iraníes conseguidos a raíz de su victoria estratégica en la guerra. Una victoria que supera con creces el simple éxito defensivo. Irán planteó una guerra de desgaste, apuntando tanto a la destrucción casi absoluta de las más grandes bases militares de EEUU en el Golfo Pérsico, como al control sobre el tránsito comercial en el Estrecho de Ormuz. Todo ello de la mano con casi un centenar de oleadas de misiles y drones lanzados contra Israel, enmarcadas en las operaciones “Promesa Verdadera”; operaciones que causaron estragos sin precedentes en diversos tipos de infraestructura israelí, afectando la cotidianeidad del enclave colonial, sembrando el pánico entre sus habitantes y desnudando su vulnerabilidad en términos securitarios. Los costos que ha padecido Irán, en términos de pérdida de vidas humanas, deterioro de infraestructura crítica y destrucción de edificios civiles y patrimoniales, han sido significativos y cuantiosos. No obstante, los puntos más relevantes que estructuran el memorando dan cuenta que, de manera indesmentible, el triunfo estratégico ha sido de Teherán.

En efecto, dentro de los puntos de mayor importancia se encuentran aquellos que giran en torno a tres medidas económicas de connotación geopolítica. Primero, el levantamiento de las sanciones económicas con que, desde hace décadas y de manera cada vez más incrementada, EEUU ha buscado asfixiar las relaciones comerciales iraníes, principalmente aquellas asociadas al sector de hidrocarburos, como el petróleo y el gas. Segundo, la liberación de más de US$ 15 mil millones de activos iraníes, confiscados en calidad de capital financiero por bancos europeos y sistemas de transacción internacionales. Y, tercero, la consecución de un nuevo impuesto marítimo, relativo al uso de puertos y tránsito en aguas jurisdiccionales iraníes circundantes al Estrecho de Ormuz.

La imagen de Trump en Versalles destella como una fugaz pincelada de lucidez en medio de aquella estupidizante ceguera que desde hace décadas impide a Europa despertar de un ya irremediable extravío.

Junto con ello, pero estando lejos de concretarse, el memorando aborda la necesidad de negociar acerca de un plan de reconstrucción de infraestructura crítica, edificios y obras públicas de las ciudades iraníes, más una compensación general por la devastación generada. El monto de estos item rondaría los US$ 300 mil millones, el cual tendría que ser cancelado íntegramente por EEUU. No obstante, desde ya su materialización se avizora casi imposible.

Frente a esto, los únicos puntos que, leídos con máxima indulgencia, podrían favorecer a Estados Unidos se encuentran vinculados con un estado de cosas previo a la guerra. De hecho, las declaraciones presentadas por Donald Trump y sus jefes de guerra ante la opinión pública estadounidense han contenido una doble característica, tan paradójica como deprimente.

Primera característica: la retórica de consolidación de un plan de acuerdo nuclear que, al contrario de lo sostenido por Trump, Irán siempre estuvo más que dispuesto a llevar adelante. En este sentido, para no reconocer la inapelable derrota, los nulos avances estratégicos, los innumerables colapsos tácticos, el número de bajas humanas y la devastación de sus bases militares, han tenido que recurrir a la exaltación de las condiciones iniciales de antes de la guerra. Por ello hoy destacan que, como resultado de la campaña militar estadounidense, se ha «logrado” la presunta obligación de Irán para negociar su plan de enriquecimiento de uranio y, así, poder evitar la producción de un arma nuclear a cambio del levantamiento de las restricciones comerciales, bloqueos económicos y devolución de activos. Pero ello sólo es parte del verborreico espectáculo mediático del trumpismo. Vale recordar que, desde un inicio, exactamente esa fue la posición de Irán.

Por cierto, en 2018 el mismo Trump retiró a EEUU del Plan de Acción Integral Conjunto, plan que pretendía velar, justamente, por un acuerdo que restringiera la producción nuclear iraní a fines de abastecimiento energético y limitara el nivel de enriquecimiento de uranio a no más del 85%. Irán, entonces, se comprometía a destinar dicha energía a sectores de servicios sociales, como salud y transporte, lo cual habría quedado certificado gracias al trabajo en terreno de inspectores externos, pertenecientes a la OIEA (Organización Internacional de Energía Atómica). Vale reparar en una señal. En ese año 2018, cuando Trump retira a EEUU del plan recibe la condena verbal del resto de Estados auspiciantes, Reino Unido, Alemania, Francia, Rusia y China. Hace menos de una década los miembros de la Unión Europea aún se atrevían a discrepar públicamente con Trump. Hoy prefieren ahorrarse la saliva y tragarse la vergüenza. Y es este estado de cosas en el cual nos encontramos hoy: ad portas de un nuevo proceso de negociación, el cual se presenta como un triunfo diplomático logrado por una fuerza imperial-sionista que, justamente, desprecia toda diplomacia y se ha encargado de destruir los principios del Derecho Internacional.

Segunda característica: la retórica triunfal centrada en el levantamiento del bloqueo iraní al Estrecho de Ormuz. Demás está decir que, antes del inicio de la guerra, el paso por tal estrecho -cuya jurisdicción geográfica se distribuye entre Irán y Omán-, nunca se halló restringido. De hecho, el elemento táctico crucial que Irán explotó en la guerra fue precisamente éste: hacer del bloqueo del estrecho un arma de presión estratégica debido a las catastróficas consecuencias de mediano plazo que su sostenido cierre ha de causar en la economía mundial. Considerando que alrededor del 20% del comercio petrolero mundial, más otro cerca de 30% del comercio de gas natural licuado (proveniente de Qatar), son exportados a través de sus mares, el impacto del cierre de Ormuz aún amenaza con hacer colapsar el orden económico global (Klare, M, 2026, p.18). No por nada, gran parte de las reservas de petróleo y gas con que cuentan las naciones europeas se vieron en la necesidad de ser liberadas. En la misma línea, aunque EEUU hoy tenga cubierta su demanda interna de petróleo, producto de la técnica ecocida del fracking que le brinda un petróleo ligero (ideal para gasolina pero no para diesel), sus yacimientos se encuentran próximos a agotarse y el encarecimiento del procesos extractivo se acrecienta día a día, todo lo cual implica que un prolongado bloqueo de Ormuz le afectaría tanto a nivel de aceleración de tal encarecimiento interno como a nivel de la desestabilización de sus exportaciones. Ello sin mencionar el problema de escasez que afectaría a su inmensa industria militar, con el desmesurado gasto de energía, hidrocarburos y minerales de tierras raras que demanda. (Johnson, L, 2026) Esta es la segunda característica de la retórica triunfal.

Por estas razones, podríamos decir que los únicos dos puntos del memorando que supuestamente favorecen a Estados Unidos pueden ser valorados en función de la restitución de aquellos elementos que el mismo Trump desechó en un pasado: la retoma del plan de energía nuclear iraní y la reapertura del Estrecho de Ormuz ya configuraban el estado de cosas del orden geopolítico vigente antes del 28 de febrero. Por ende, dicho básicamente, el conjunto del memorando representa una capitulación estadounidense y una victoria iraní. No por nada la potencia simbólica de la imagen de Trump estampando su firma en los salones de Versalles. Salones pletóricos de memoriosa y luminista estética monárquica, al tiempo que burlescos a la hora de destinar a la humillación histórica a todos aquellos soberanos que estampan sus firmas de capitulación. La imagen de Trump en Versalles destella como una fugaz pincelada de lucidez en medio de aquella estupidizante ceguera que desde hace décadas impide a Europa despertar de un ya irremediable extravío.

Sin embargo, hasta el momento nos falta mencionar un punto aún más relevante que todos los anteriores. Un punto que propiamente no ingresa en la negociación, sino que ostenta un estatuto determinante. La condición de posibilidad para el memorando que imponga un cese a la guerra de agresión contra Irán guarda relación con un actor que -tal cual señalamos en los artículos anteriores- constituye la causa central de esta guerra: la entidad colonial de Israel y sus afanes expansionistas y hegemónicos sobre la región.

Israel, ejemplar expresión del declive del capitalismo en su fase neofascista, hoy desnuda su propia verdad: la brutalidad, la fuerza, el poder en su sentido más físico, microfísico y militarista.

Irán, en cuanto vanguardia de la alianza político-espiritual llamada “Eje de la Resistencia”, no desbloqueará Ormuz mientras Israel persista en bombardear el sur del Líbano. Porque lejos de la genuflexión prosionista y occidental expresada por el gobierno libanés, ahora esmerado en desarmar a las milicias armadas del movimiento político Hezbollah, quien realmente opone resistencia a la invasión de Israel es precisamente Hezbollah. En ese sentido, la alianza anticolonial que el país persa, desde la Revolución Islámica, ha establecido con Hezbollah en Líbano, así como con Ansarolah en Yemen, Hamas en Palestina y otros movimientos de resistencia armada, hoy cobra vigor concreto en función de las exigencias que impone a la hora de finalizar la guerra: frenar el avance regional de Israel.

En efecto, Israel manifiesta su sed de hegemonizar la región por vía de la dominación militar y económica. Es decir, hablamos de un fenómeno de dos caras: por un lado, la expansión territorial con que Netanyahu busca acelerar el ideal del sionismo religioso y secular del Gran Israel; por otro lado, la maximización de inversiones en la industria de inteligencia artificial securitaria, así como en capitales destinados al desarrollo inmobiliario y al próximo control de recursos naturales. Dicho fenómeno de carácter dual yace motivado por el plan de instalación de Israel como la potencia dominante de Medio Oriente. Y tal instalación, por cierto, sólo puede darse a partir de la fuerza militarista que le brinda EEUU y, en menor medida, Europa.

En ese sentido, se trata de la instalación de una fuerza hegemónica occidental en Medio Oriente, cuya dinámica responde, precisamente, a la imposibilidad de construir hegemonía en cuanto validación ideológico-cultural. Israel, ejemplar expresión del declive del capitalismo en su fase neofascista, hoy desnuda su propia verdad: la brutalidad, la fuerza, el poder en su sentido más físico, microfísico y militarista. Un poder genocida, como el que el sionismo desata en Gaza. Poder genocida cuyo paradigma modélico de exterminio, antes de ser exportado a otras latitudes, encuentra en la intensificación y aceleración del proceso de limpieza étnica contra el pueblo palestino la constatación de su máximo ideal: el culto al Dios de la muerte. Y es ese mismo culto, el éxtasis genocida desatado en Gaza, el que sirve como modelo de los crímenes que Israel aplica hoy en el Líbano. Y el cual la máquina imperial-sionista continúa expandiendo, con distintos grados, alrededor del mundo.

En ese sentido, la máquina imperial-sionista a la que referimos vendría siendo, a su vez, también expresión de una suerte de “caso de grado” particular con respecto a la generalidad de un proceso de mutación capitalista a nivel de época. Esta mutación ha sido lúcidamente identificada por Rodrigo Karmy Bolton a la hora de pensar nuestro tiempo de guerra civil planetaria:

“mutación epocal cuya fuerza es interna al propio despliegue del neoliberalismo global; mutación que consiste en el desplazamiento desde el capitalismo liberal hacia su forma autoritaria o, si se quiere, a la exposición apocalíptica del capitalismo, su mostrarse desnudo, con su violencia sacrificial a la luz del día, sin tapujos, ni mediación alguna.” (Karmy Bolton, R, 2025, pp. 92-93)

A la luz de lo anterior, las tensiones en relación al posible fracaso del Memorando transparentan de manera concreta el problema actual -que en realidad se remonta a varias décadas- en la región. Israel, en cuanto punta de lanza de los intereses occidentales del gran capital y modelo ejemplar de los neofascismos contemporáneos, con el transcurso de los años ha intensificado su rol de agente desestabilizador de Medio Oriente. Su delirio expan-sionista por Medio Oriente en busca de consumar el proyecto colonial del Gran Israel queda cada vez más al desnudo. ¿Por qué? Por la vulnerabilidad e inminente colapso de su mismo proyecto y del proyecto del cual él forma parte; por la imposibilidad e impostura de su proyecto democrático y, con él, la de todo el proyecto democrático del capitalismo liberal profesado por una presunta “civilización occidental”.

La máquina de guerra que integran hasta lo indiscernible EEUU e Israel, cibercapitalismo y mito securitario-supremacista, destino manifiesto estadounidense y tierra prometida sionista, representa la clave de lectura por la cual se deben comprender no sólo las implicancias y alcances del Memorando de Entendimiento entre Washington y Teherán. Mucho más que eso, dicha máquina de guerra también representa la clave de lectura por la cual se debe intentar comprender lo incomprensible mismo: la catástrofe de nuestra época, aquella catástrofe que constituye la verdad de nuestra época. Y sostenidos en esa dolorosa verdad, perseveramos en resistencia.

Por Aldo Bombardiere Castro

Licenciado y Magíster en Filosofía, Universidad Alberto Hurtado. Profesor Adjunto Usach.

Referencias

Johnson, Larry C. (2026): “Desastre en las negociaciones con Irán y Rusia en modo guerra total” en Neutrality Studies Español.

Karmy Bolton, Rodrigo (2025): “La democracia liberal como condición del surgimiento del fascismo. Entrevista especial con Rodrigo Karmy Bolton por Márcia Junges, Instituto Humanitas Unisinos” en Palestina bajo fuego. Conversaciones en la era del genocidio. Voces Opuestas Ediciones. Valparaíso, Chile.

Klare, Michael (2026): “La batalla mundial por la energía” en Le Monde Diplomatique [Edición chilena] Año XXVI, N°283, mayo 2026.


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Julio 5, 2026 • 3 horas atrás por: ElCiudadano.cl 37 visitas 2262248

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