El Ciudadano
En plena crisis climática global, el giro discursivo del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, contra la energía eólica no solo resulta anacrónico, sino también funcional a un modelo energético que el propio mercado ya comenzó a dejar atrás. Mientras Washington revive viejas defensas del petróleo y el gas, América Latina avanza hacia una matriz más limpia, competitiva y sostenible.
Un discurso contra la evidencia
Trump ha insistido en descalificar la energía eólica con argumentos ampliamente cuestionados por la comunidad científica. En una reciente intervención, afirmó: “No queremos molinos de viento por todas partes. Son caros, matan aves y no funcionan cuando más los necesitas”. El problema es que los datos dicen exactamente lo contrario.
Según la Agencia Internacional de Energía, el costo de la energía eólica terrestre ha caído más de un 60% en la última década, convirtiéndose en una de las fuentes más baratas de generación eléctrica en el mundo. A esto se suma su rápida implementación y su rol clave en la reducción de emisiones.
Desde la Naciones Unidas, su secretario general António Guterres ha sido categórico: “La era de los combustibles fósiles está fracasando. Las energías renovables no solo son inevitables, son imparables”. El contraste es evidente: mientras el mundo acelera, Trump frena.
América Latina avanza, Estados Unidos se entrampa
En paralelo, América Latina consolida una transformación energética que ya no es promesa, sino realidad. De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, más del 60% de la generación eléctrica regional proviene de fuentes renovables, superando ampliamente el promedio global.
Chile es uno de los casos más emblemáticos: en 2025, más del 35% de su matriz eléctrica provino de energía solar y eólica. El país proyecta eliminar el carbón antes de 2040, posicionándose como líder regional en transición energética.
El presidente Gabriel Boric lo sintetizó así: “La transición energética no es solo una obligación ambiental, es una oportunidad de desarrollo económico y justicia social”.
En Brasil, la energía eólica ya representa cerca del 15% de la generación eléctrica, mientras que Colombia y México expanden sus parques renovables a un ritmo sostenido.
Negacionismo económico
El rechazo de Trump a la energía eólica no solo choca con la evidencia científica, sino también con la lógica del mercado. Según la Agencia Internacional de Energías Renovables, las energías limpias generaron más de 13 millones de empleos en 2024, consolidándose como uno de los sectores más dinámicos de la economía global.
Para Fatih Birol, director ejecutivo de la IEA: “quienes apuesten hoy por energías limpias estarán mejor posicionados en la economía del futuro”. Ignorar esto no es solo una postura ideológica: es una desventaja estratégica.
Una potencia atrapada en el pasado
La insistencia de Trump en atacar la energía eólica revela algo más profundo: la dificultad de ciertos sectores de Estados Unidos para abandonar su dependencia histórica de los combustibles fósiles.
Mientras América Latina diversifica su matriz energética y capitaliza sus recursos naturales, Estaod Unidos mira al pasado.
El resultado es una paradoja incómoda: países tradicionalmente periféricos avanzan hacia el futuro energético, mientras Estados Unidos, bajo el liderazgo de Trump, arriesga quedar rezagado por decisiones más ideológicas que técnicas.
En la transición energética global no basta con tener poder, también hay que saber hacia dónde se mueve el mundo. Y hoy, cada vez más, la tendencia no es hacia atrás.
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