Los vientos corren globalmente a favor de líderes “far right” (defición del Economist), iliberales (como los llaman Carlos Peña y José Joaquín Brunner), de ultraderecha, o derecha radical (como las denomina el politólogo Cas Mudde). Trump es el sumo pontífice de ese grupo, y Viktor Orbán, su fundador. Un grupo que tiene ramificaciones, con distintos matices y estilos, pero que se reúne en su organización internacional, el CPAC. Figuras como los dos antes mencionados comparten con otras como Milei y Bukele (el Presidente chileno, José Antonio Kast, ha asistido a esas reuniones, y fue a ver a Orbán, Milei y Trump antes de asumir).
Pero el modelo -que parecía imbatible- está mostrando desgaste y fisuras. Trump y Orbán están de capa caída. Este último perdió estrepitosamente su mandato, tras 16 años en que definió su proyecto como una “democracia iliberal” y se comportó como un líder así, desmontando y socavando los pilares de la democracia liberal: separación de poderes, libertad de prensa, respeto a los derechos de las minorías sexuales y de los disidentes políticos. Cambió los distritos electorales a su propio beneficio, echó del país a una universidad -la Universidad Centroeuropea, dirigida por el gran intelectual liberal Michael Ignatieff-, porque no le gustó que el financista haya sido su compatriota George Soros (para el mundo MAGA, una especie de anticristo).
Trump, por su lado, ha tenido semanas para el olvido, desde el punto de vista del apoyo de su base y del mundo. Las encuestas muestran una baja sostenida, pues sus promesas sobre precios más bajos que los de la era Biden se han quedado en nada. La guerra en Irán -máxime después de decir que va a “eliminar una civilización”- ha dejado desconcertados hasta a sus propios adeptos en el Partido Republicano de su país. Y en el mundo también cosecha rechazo. Las consecuencias económicas desastrosas de esta guerra están afectando a los países que Trump detesta, pero también a los de sus amigos. El aumento de los precios de los combustibles dejó al gobierno de Kast con un magro apoyo de 36% (Criteria).
La guinda de la torta han sido los insultos de Trump esta semana al Papa León, el primer Papa norteamericano. Cruzó una línea roja que ha hecho reaccionar a muchos que antes se plegaron -o callaron- frente al trumpismo-, incluida su exaliada Giorgia Meloni, a quien hoy Trump detesta.
Esta caída de apoyo a los iconos MAGA, si bien es incipiente, ofrece algunas lecciones preliminares. Se debe a errores -y horrores- propios, pero también al pragmatismo y la capacidad de unir de líderes tanto de la derecha tradicional como del centrismo progresista.
En efecto, entre quienes hasta ahora mejor han combatido y derrotado la retórica y la política trumpista se cuentan Peter Magyar, ganador de la elección húngara, y el primer ministro canadiense, Mark Carney. El primero es un centroderechista conservador, exmilitante del partido de Orbán, pero devenido en acérrimo crítico, cuya gracia fue unir a todos quienes querían que el mandato autoritario y corrupto de Orbán llegara a su fin: la izquierda, los liberales, votantes de Orbán decepcionados, sectores rurales y urbanos de derecha. Magyar logró marcar una diferencia dentro de las derechas, reviviendo a una derecha que desde la radicalidad han llamado “derecha cobarde”. Una centroderecha que se ha ido acomplejando, del mismo modo que la socialdemocracia lo hizo en su momento con la nueva izquierda. En Chile, guardando las diferencias, la centroderecha piñerista vive la misma encrucijada: asimilarse a Kast -kastizarse- o colaborar en este gobierno, pero desde la defensa de su identidad y su estilo. Apaleado como está Chile Vamos por su mal performance en la elección presidencial -y varios con ganas de practicarle una eutanasia-, el recado desde Hungría es que no debieran diluirse. El rol de la senadora Núñez o del diputado Schalper, por ejemplo, ha sido relevante en marcar las diferencias, y también la vigencia de un proyecto de centroderecha.
Lo mismo podría decirse para el progresismo. Mark Carney logró revivir a un moribundo Partido Liberal al ganar una elección que todos daban por perdida, y luego se transformó en un líder global anti Trump con su discurso en Davos. Esta semana siguió avanzando, pues consiguió tener mayoría parlamentaria, lo que le permitirá estar en el poder hasta 2029, así como aprobar legislación clave. ¿Cómo lo hizo? Ampliando la “carpa” del Partido Liberal, permitiendo que centristas -que se sentían más fuera que dentro del partido- pudieran volver. Nada de tests de pureza, ni de polarizar. El verbo: sumar. “Ofrece una lección a los partidos de centroizquierda de todo el mundo, que luchan por mantener su relevancia ante el auge de la extrema derecha populista”, dijo el medio digital Politico.
Con sus diferencias, el caso Magyar y el caso Carney son una luz de esperanza de que el trumpismo, pese a todo, puede ser derrotado si se actúa con pragmatismo y sentido unificador.
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