La caída de Maduro, sin duda, fue la mejor noticia para el pueblo venezolano y las democracias del mundo. Bastan los hechos visibles e incontrarrestables para concluirlo. Venezuela fue sometida a una dictadura implacable que, entre Chávez y Maduro, reprimió ferozmente a sus habitantes por casi 25 años y obligó a millones de personas a emigrar y sufrir.
Sin embargo, a continuación del derrocamiento del dictador, se ha instalado la incertidumbre acerca de su futuro. La opinión pública internacional había asumido como evidente que se produciría un cambio inmediato de autoridades y que el círculo cercano a Maduro dejaría el gobierno, sea porque fueren arrestados, exiliados, obtuvieran inmunidad, o de cualquiera otra forma desaparecieran del poder. Como natural consecuencia -se preveía- Edmundo González debía ser investido como el nuevo Presidente de Venezuela. Pero ha ocurrido algo inesperado: los venezolanos siguen sufriendo el abuso y persecución de los secuaces de Maduro, los funestos Deyci Rodríguez, su hermano Rodrigo, Vladimir Padrino, Diosdado Cabello y otros atroces criminales que los aplastaron con impunidad. Se pasean pomposamente, comandan las Fuerzas Armadas, controlan y arrestan a la población, e infunden el mismo miedo, como si Maduro hubiera ido a “comprar el pan a la esquina”. El establecimiento de un nuevo régimen de gobierno en Venezuela, uno nacido de la expresión soberana de su pueblo, se convirtió de un día para otro, en un mero anhelo.
El plan norteamericano, llamado de “estabilización”, “recuperación” y “transición”, considera, como última fase, el restablecimiento la democracia. Mientras tanto, sin fechas para elecciones en 30 o 60 días -como mandata la Constitución venezolana- sin la participación de las autoridades que fueron válidamente elegidas y sin contrapeso en los poderes del Estado, la situación es de inquietud e inseguridad. El plan, como se advierte, apunta a la satisfacción prioritaria de los intereses norteamericanos y tiene mucho más de geopolítico que de liberación. Probablemente “estabilización” y “recuperación” se refieran al proceso de tomar el control del gobierno, de los recursos, de las inversiones y el uso de territorio que actualmente benefician a China, Irán y Rusia: el cobalto, tierras raras, tantalio actualmente son de China; la industria bélica de enorme capacidad ofensiva desarrollada es de Irán y el despliegue de un contingente militar especializado en entrenamiento militar e inteligencia es de Rusia. Esta amenaza es lo que pudiera explicar el modo de intervenir a Venezuela. Primero, debe conjurar el peligro de los adversarios chinos, rusos e iraníes (“estabilización”), luego controlar las fuentes de producción y territorio (“recuperación”) y, al final, tener elecciones bajo condiciones sin riesgos para Norteamérica (“transición”).
Aun cuando se pueda entender y hasta compartir la visión geopolítica de Estados Unidos, resulta inexplicable que el plan se realice marginando a las legítimas autoridades y manteniendo la misma cúpula de la dictadura creada por Maduro. ¿Es esto “Trumpezuela?
Por Álvaro Ortúzar, abogado
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