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Un país lleno de sospechosos: castigos y más castigos en la era Kast

El Ciudadano

Por Verónica Aravena Vega

Lleva poco en el poder y ya mostró su único oficio: castigar. Todo lo que le ha ofrecido al país tiene forma de pena. El registro de vándalos, las escuelas protegidas, la responsabilidad parental, la deuda universitaria que persigue por años. Donde otro gobierno pondría una política, Kast pone un expediente. Pero esta máquina no es la del policía que corre detrás de un delito. Es más vieja y mucho más fina.

El castigo moderno hace rato dejó de castigar lo que uno hace para castigar lo que uno es. Le importa menos el delito que el tipo de persona que lo cometió, y desde ahí te clasifica. El registro de vándalos fabrica una figura: el vándalo, una identidad que se te pega y que ya no depende de lo que hiciste esa tarde sino de lo que el Estado decidió que eres. Lo mismo con el alumno conflictivo, el padre negligente, el moroso. El poder punitivo arma de antemano la categoría de persona y después la administra. Te define como culpable y recién entonces te trata como tal.

Ahora los profesores tendrán que revisar las mochilas. Esa es la imagen entera del asunto. Un tipo que estudió para enseñar a leer meterá la mano cada mañana entre los cuadernos de un cabro de catorce buscando lo que ese cabro esconde, porque alguien decidió que esconde algo. La escuela protegida convertirá el aula en un puesto de control y al maestro en inspector, y lo más eficaz no será lo que encuentre en la mochila, que casi nunca es nada. Es que el cabro aprenda, a los catorce, que entrar a clases es pasar por un registro. Que su cuerpo es sospechoso antes de sentarse. Esa lección no se olvida y no estaba en ningún programa.

La máquina nunca se diseñó para terminar con la falta. Se diseñó para gestionarla. La cárcel no eliminó el delito en dos siglos de existencia, y no fracasó: hace exactamente lo que vino a hacer, que es producir y repartir el ilegalismo de manera útil. Porque ilegalismos hay arriba y abajo, todo el tiempo. La diferencia es cuál se persigue y cuál se deja correr. Coludirse para fijar el precio de los remedios termina en una asesoría con aire acondicionado que explica cómo no volver a salir en los diarios. Saltar un torniquete termina en una lista. La ley no se aplica pareja porque jamás se pensó para aplicarse pareja. Se pensó para clasificar: un ilegalismo de propiedad, perdonable, para los que tienen, y un ilegalismo de cuerpos, perseguible, para los que no.

Eso es lo que Kast llama orden: el desorden bien repartido. Acabar con el desorden saldría carísimo y además tocaría a los suyos. Los ilegalismos de los de arriba administrados con discreción, los de los de abajo vueltos sospecha permanente. El orden de los pobres anotados uno por uno, para que los ricos sigan sin figurar en planilla alguna.

…el aparato alcanza su forma perfecta: ya no hace falta que el Estado defina quién eres, lo haces tú, con la categoría que él te puso, hablándote con tu propia voz.

Hasta acá la máquina es fría y vieja. Lo nuevo, lo que define este momento, es la temperatura que tomó. Ese aparato al menos fingía que servía para algo, que corregía, que devolvía al sujeto mejorado a la sociedad. Ese cuento se cayó. El castigo de hoy ya no promete corregir a nadie. No pretende que el del registro se reintegre ni que el moroso aprenda. Castiga porque sí, porque hacer sufrir al que se portó mal pasó a ser una satisfacción en sí misma, un bien que se entrega y que se celebra. El sufrimiento del otro dejó de ser un medio para volverse el producto. Y un gobierno que no tiene bienestar que repartir descubrió que puede repartir esto otro: el goce de ver a alguien pagar.

Ese goce es el combustible político del asunto, y es lo que vuelve la pena tan rentable. A una población a la que el modelo ya no puede prometerle futuro, se le ofrece a cambio el espectáculo de la falta ajena. No vas a vivir mejor, pero vas a ver caer al que se portó mal, y eso, por un rato, consuela. La pasión de castigar tapa el agujero que dejó la promesa rota. Donde antes iba la esperanza de movilidad ahora va el placer del expediente. Es más barato y nunca se agota, porque culpables se pueden fabricar todos los días.

Cuando el poder logra que cargues como identidad lo que te impuso desde afuera, ya no necesita vigilarte: te vigilas solo. El que fue fichado como vándalo empieza a moverse como vándalo, a esperar la sospecha, a confirmarla. El que arrastra la deuda la carga como marca personal y no como la trampa del sistema que es, una vergüenza que paga callado. El cabro al que le revisaron la mochila mil veces termina creyendo que algo de él justificaba la revisión. El castigo se mete bajo la piel y se vuelve la manera en que el sujeto se mira a sí mismo. Ahí el aparato alcanza su forma perfecta: ya no hace falta que el Estado defina quién eres, lo haces tú, con la categoría que él te puso, hablándote con tu propia voz.

Por eso son castigos y más castigos, sin término posible. No buscan resolver nada, porque resolver cerraría la máquina, y la máquina vive de seguir andando. La lista que hoy anota al de la protesta, mañana anota al que escribió algo molesto, y el umbral baja por su propio peso, porque un poder que gobierna fabricando culpables necesita culpables nuevos cada mañana. El día que se le acaben los sospechosos se le acaba el oficio.

Lleva poco y ya dejó claro qué entiende por gobernar. A nadie lo va a sacar de donde está; lo que hace es fijarlo ahí con una etiqueta encima. Hay quienes nunca van a figurar en ninguna lista, y saben quiénes son. El resto vamos a ir entrando, de a uno, a medida que nos toque portarnos mal según la única vara que importa, que es la suya.

Por Verónica Aravena Vega

Psicóloga. Doctora en Estudios de Género y Política, Universidad de Barcelona. Máster en Masculinidades y Género. Máster en Recursos Humanos. Máster en Psicología Social/Organizacional. En Instagram


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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Junio 15, 2026 • 2 horas atrás por: ElCiudadano.cl 41 visitas 2203863

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