La captura de Nicolás Maduro por parte de las fuerzas especiales estadounidenses ha generado una de esas historias que, por su forma y timing, parecen diseñadas para colonizar el imaginario colectivo antes incluso de que pueda asentarse una versión verificable de los hechos. El rumor: Washington ha podido utilizar un arma secreta más propia de una película Marvel.
No es imposible, y ahí está la trampa.
El rumor perfecto. No hablamos de algo completamente nuevo, porque esta teoría ya sonó con fuerza con Washington y Cuba como protagonistas hace años. La vuelta del “arma sónica” aparece ahora como un relato perfecto para explicar una derrota humillante. También para elevar la operación a categoría de demostración tecnológica: un grupo de fuerzas especiales captura a Maduro y, según un guardia, deja a los defensores sangrando, mareados y tirados en el suelo sin poder levantarse.
Es un tipo de narración que automáticamente se ha vuelto viral porque no exige matices: convierte un combate confuso en una escena nítida de superioridad absoluta y remata con una conclusión disuasoria (“nadie debería enfrentarse a Estados Unidos”), que es exactamente la frase que una campaña de intimidación querría poner en boca del enemigo.
De TikTok al altavoz institucional. El origen de todo es bastante endeble: aparece en un vídeo de TikTok, un testimonio imposible de verificar (un supuesto miembro de las fuerzas de seguridad venezolanas como testigo), luego traducido y posteriormente amplificado por comentaristas con la intención clara de dramatizarlo y hacerlo viral. Ocurre entonces algo que lo cambia todo: la portavoz de la Casa Blanca lo comparte y lo impulsa como lectura obligatoria.
Sin confirmar nada, ese gesto lo reviste de autoridad y crea la ambigüedad más certera: no es oficial, pero ya no es un simple bulo, y en esa zona gris alimenta la conversación, el miedo y la propaganda. El Pentágono y SOUTHCOM se refugian en la seguridad operativa, lo que deja el vacío ideal para que el mito crezca sin necesidad de pruebas.
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Lo que sabemos del asalto. El marco operativo descrito ya era, por sí mismo, el de una misión de alto riesgo con medios especializados: inserción helitransportada nocturna, helicópteros de apoyo armado, tiroteo, heridos estadounidenses y un número elevado de bajas en el bando defensor, incluidos militares extranjeros aliados del régimen.
Con sorpresa, superioridad aérea local, guerra electrónica, ciber apoyo y fuego preciso, un colapso defensivo puede ocurrir sin necesidad de “rayos” misteriosos. Por eso el rumor que se ha hecho viral no es imprescindible para explicar el resultado: es, en todo caso, un adorno que transforma una victoria táctica compleja en una fábula de dominación tecnológica.
Pero hay algo más.
Tecnología que existe. Lo que realmente hace que el rumor no muera al instante y que muchos medios especializados lo hayan recordado, es que se apoya en un fondo real: Washington lleva décadas investigando capacidades no cinéticas y “menos letales” para incapacitar sin matar, desde el denominado Active Denial System (microondas milimétricas que provocan dolor intenso) hasta dispositivos acústicos de largo alcance tipo LRAD y láseres deslumbrantes para negar visión.
También se ha explorado combinar efectos sensoriales (dolor, desorientación, ceguera temporal, confusión) para romper la coordinación de un adversario sin recurrir a fuego letal inmediato. Qué duda cabe, que existan programas de este tipo no prueba que se usaran en Caracas, pero sí aporta veracidad: “puede existir” es suficiente para que la historia sobreviva.
Una diapositiva informativa de hace aproximadamente una década que describe los "Demostradores de armas no letales" disponibles para el ejército estadounidense en ese momento, incluido el Sistema de Negación Activa y los sistemas de tipo llamada acústica
“Sónico” como etiqueta. Recordaban en Forbes que el sonido como arma tiene límites físicos y está plagado de exageraciones históricas: es fácil prometer “parálisis” o “pánico” por frecuencias, pero mucho más difícil demostrar efectos consistentes más allá del daño auditivo o la desorientación por volumen extremo.
Además, los analistas de TWZ explicaban que un testigo bajo estrés puede describir como “onda sonora” cualquier experiencia sensorial devastadora: explosiones cercanas, flashbangs, sobrepresión, aturdimiento y trauma. El lenguaje de la víctima en ese escenario no identifica el mecanismo, solo transmite una vivencia, y esa diferencia es crucial cuando el relato viaja por redes como si fuera un informe técnico.
Un prototipo de ADS cargado en la parte trasera de un camión pesado
EPIC, la hipótesis. Forbes también hacía énfasis en una alternativa más “coherente” con ciertos síntomas: EPIC, un concepto que usaría pulsos de radiofrecuencia para interferir con el oído interno y el equilibrio, provocando vértigo extremo, incapacidad para mantenerse en pie y desorientación visual.
La idea sería táctica y atractiva porque, a diferencia del sonido, las ondas de radio atraviesan obstáculos y podrían sentirse como presión o “estallido” en la cabeza al afectar el sistema vestibular. El problema es que no hay evidencia pública de que ese programa pasara de fases tempranas ni de que exista como capacidad operativa, así que aquí funciona más como ancla verosímil que como prueba.
Havana Syndrome. Lo contamos hace unos años. El debate sobre los incidentes de salud anómalos asociados al llamado Havana Syndrome preparó el terreno: ya existía una conversación sobre posibles mecanismos invisibles (acústicos, radioeléctricos u otros) capaces de producir síntomas reales sin una explosión evidente.
Las evaluaciones oficiales han oscilado entre el escepticismo sobre la autoría extranjera y la cautela de no descartar que un número pequeño de casos pudiera encajar con principios científicos conocidos usados para acoso o incapacitación. En ese escenario, cualquier historia de “arma invisible” es factible porque lleva a pensar que lo extraño no es imposible, solo clasificado.
La explicación más plausible. Si hay que elegir la hipótesis más sólida, posiblemente sea una combinación de combate real, explosiones, dispositivos de distracción, humo, shock y desorganización, amplificada por un testimonio que tiene todos los incentivos para exagerar y convertir la derrota en inevitabilidad tecnológica.
Detalles como “vomitar sangre” o “cientos abatidos por cero bajas” suenan a hipérbole, y encajan con un patrón clásico de los conflictos: el perdedor atribuye el desastre a un intangible (aquí un “superarma”) para salvar los muebles, y el ganador se beneficia si lo deja circular, porque refuerza la disuasión y el aura de invencibilidad sin comprometerse a nada verificable.
La lectura estratégica. Sea como fuere, cierto o falso, la teoría ya ha cumplido una función: instalar la idea de que Washington puede “apagar” defensas humanas con tecnología incomprensible, lo que es psicológicamente devastador incluso si nunca se demuestra.
En operaciones de captura de alto valor, la ventaja decisiva no siempre es matar más, sino impedir que el enemigo se coordine: cegar, confundir, desorientar, ralentizar. En ese marco, la historia del “arma sónica” parece menos una crónica de lo ocurrido y más un ejemplo de guerra de percepción.
Imagen | US Force, USN
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Xataka
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Miguel Jorge
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