A principios este este mes, la Corte Suprema sancionó a una abogada por infracción a la buena fe procesal, tras el uso de referencias ficticias, generadas por inteligencia artificial (IA). Días antes, en Brasil, un juez hizo lo propio con dos litigantes que insertaron en un escrito un comando oculto para “engañar” a la IA utilizada por la justicia brasileña. Un poco antes, el ex director ejecutivo de Google, Eric Schmidt, fue abucheado mientras destacaba el auge de la IA en un discurso dirigido a graduados de una universidad en EE.UU. (un reciente reportaje de The Clinic mostró que la IA genera también ansiedad en los universitarios chilenos). Paralelamente, la ministra Lincolao anunciaba el interés del gobierno chileno por consolidar una industria chilena de IA aplicada. Mientras tanto, uno de los principales fondos públicos de investigación académica –Fondecyt Regular– requiere a los investigadores declarar si sus proyectos han sido formulados mediante uso de IA, sin establecer los efectos de dicha declaración o de su omisión.
Estos ejemplos muestran que, como ha alertado Eric Sadin, las tecnologías digitales están partout, revolucionando y dictando el tempo de nuestra época. La IA está moldeando el conocimiento y el ecosistema informativo. Ella gestiona saberes (los almacena, indexa o procesa) y también los produce; construye y divulga discursos; crea ficción y también realidad. En suma, no solo se adapta, evoluciona.
Como nunca antes, la línea que separa lo humano de la máquina se ha vuelto muy borrosa. La IA no solo es una tecnología auxiliar, subordinada a lo humano, parece estar destinada a ser su extensión. Como anticipó Donna Haraway, ella porta un híbrido, un cíborg. La pregunta que pocos se atreven a formular es obvia: ¿quién dominará a quién? ¿Será el humano quien se sirva de la máquina o esta última de las capacidades cognitivas de aquel para mejorar?
Según qué aspecto se mire y el ángulo desde donde se haga, dicha pregunta puede responderse con entusiasmo o con aversión. Para algunos, la IA lleva la interacción entre ciencia, tecnología, inteligencia y producción a otro nivel. Gracias a ella, actividades costosas o tediosas pueden realizarse a una fracción de tiempo y con mejores resultados. Nuestro conocimiento y productividad prometen multiplicarse de manera exponencial, casi mágica. Sin embargo, el recelo que ella causa –sobre todo en poblaciones jóvenes y vulnerables– también está justificado. La IA amenaza con precarizar empleos, depreciar o sustituir habilidades humanas e intensificar la presión por la competencia y la urgencia. Bajo un espejismo de diversificación social, esconde nuevas formas de aislamiento y cansancio.
Si la IA nos libera de nuestras cadenas o crea otras, aún más pesadas, está por verse. El viaje a lo desconocido está recién empezando. Pero, antes que el entusiasmo ciego o el pánico, la preparación y la precaución parecen ser mejores compañeros de viaje de un debate público inevitable.
Por Yanira Zúñiga, Profesora Instituto de Derecho Público, Universidad Austral de Chile
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