La energía solar tiene una limitación tan evidente como difícil de esquivar: necesita que la luz llegue hasta los paneles. Podemos mejorar su eficiencia, desplegar instalaciones cada vez mayores o gestionar mejor la electricidad que producen, pero basta con que una capa de nubes se interponga para que la radiación disponible caiga. En una planta solar, normalmente asumimos ese comportamiento del cielo como una variable sobre la que no podemos actuar. Una pequeña startup estadounidense quiere cambiar precisamente eso: en lugar de esperar a que las nubes se marchen, pretende intervenir sobre ellas.
Una startup contra las nubes. La compañía se llama Meteoric Technologies, nació en 2026 y forma parte de la promoción Summer 2026 de Y Combinator. Su propuesta es desplegar decenas o incluso cientos de drones autónomos cerca de plantas solares para enviarlos hacia nubes bajas y medias, situadas aproximadamente entre 1 y 5 kilómetros de altura. Allí, según explica la propia empresa, modificarían sus gotas sin utilizar productos químicos, reducirían su reflectividad y dejarían pasar más radiación hacia los paneles. Su hoja de ruta sitúa el primer vuelo de despeje a gran escala en 2027.
La física sí existe. La idea, al menos en su principio más básico, tiene respaldo científico: el número y el tamaño de las gotas influyen en las propiedades ópticas de una nube y, por tanto, en cuánta radiación refleja o deja pasar. Mete Karslioglu, cofundador y CEO de Meteoric, trabajó precisamente en este campo durante su etapa en Cambridge, donde desarrolló pulverizadores de agua de mar para aumentar la reflectividad de las nubes dentro de investigaciones sobre marine cloud brightening. Su nueva empresa plantea ahora reducirla.
La prueba que tenemos. El dato experimental más concreto que ha hecho público Meteoric es un 13%, pero conviene ponerlo en contexto antes de concederle demasiado peso. Un prototipo logró disipar parcialmente una nube artificial en una cámara de pruebas. La documentación pública disponible no detalla qué magnitud mide exactamente ese 13%, qué tamaño tenía la cámara, qué condiciones ambientales se reprodujeron, cuántos ensayos se hicieron o cuál fue la incertidumbre del resultado.
De ahí sale el 30%. La cifra más llamativa tampoco procede de una planta solar en funcionamiento, sino de las propias estimaciones de la compañía. En su web, Meteoric calcula un aumento máximo potencial de la generación anual que va del 10% en algunas regiones estadounidenses al 30% en NYISO, y aclara expresamente que esos porcentajes se basan en tipos de nubes modelizados. En su presentación publicada en Y Combinator, los fundadores atribuyen esas cifras a un modelo de pérdidas por nubosidad desarrollado por el equipo.
El coste es otra baza. El planteamiento no busca únicamente recuperar parte de la radiación perdida, sino hacerlo con una plataforma mucho más barata que un avión convencional. Meteoric compara los 30-60 dólares por hora que atribuye a sus drones eléctricos con más de 2.000 dólares por hora para aeronaves convencionales. Queda por conocer cómo se traducirá esa diferencia cuando opere un enjambre completo, ya que la empresa todavía no publica cuántos aparatos serían necesarios para tratar una planta determinada ni durante cuánto tiempo tendrían que hacerlo.
Luego está poder volarlos. Llevar el concepto al mundo real también obliga a resolver una cuestión aeronáutica importante en Estados Unidos. La Part 107 de la FAA regula buena parte de las operaciones comerciales con pequeños drones de menos de 55 libras, unos 25 kilos, y establece límites sobre altura, vuelo en línea de visión, proximidad a las nubes y número de aeronaves que puede controlar simultáneamente un piloto. Si los aparatos de Meteoric operan bajo ese régimen, la compañía tendría que encajar su propuesta en esas reglas o recurrir a las exenciones que la propia agencia contempla para varias de esas restricciones.
Y después vienen los huracanes. Meteoric no quiere detenerse en las plantas solares: su objetivo declarado a largo plazo es reducir la intensidad de tormentas severas y huracanes. El precedente invita a ser prudentes. Entre 1962 y 1983, el programa estadounidense Project STORMFURY intentó modificar ciclones tropicales mediante siembra de nubes, pero investigaciones posteriores pusieron en duda que las reducciones de viento observadas fueran consecuencia de la intervención y no de la evolución natural de los propios huracanes. La WMO mantiene hoy que no existe evidencia generalmente aceptada de que estos ciclones puedan modificarse.
Imágenes | Meteoric
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La noticia
Una startup quiere despejar nubes con enjambres de drones: promete hasta un 30% más de generación solar
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Xataka
por
Javier Marquez
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