Rostyslav Averchuk
Kovel (Ucrania), 3 ago (EFE).- Unas capas antidrones fabricadas por voluntarias salvan vidas de soldados ucranianos al volverlos invisibles para los drones rusos, equipados con cámaras térmicas que flotan de forma constante sobre la "zona de la muerte", que ahora se extiende a lo largo de kilómetros a ambos lados del frente.
"Solíamos fabricar diferentes tipos de objetos necesarios para nuestros soldados, pero ahora nos centramos en estas capas. Es una guerra de drones", dijo a EFE Natalia Tjorzevska, una profesora de instituto de lengua y literatura ucraniana de 54 años que lidera el grupo de voluntarios Diyemo Vze (Actuamos ahora).
Una decena de mujeres trabajan en una pequeña habitación para atender los últimos pedidos del frente, donde los combates prosiguen sin interrupción. Algunas extienden capas de material sintético de camuflaje y material de aislamiento térmico, mientras que otras las cosen dando forma a grandes ponchos espaciosos, con largas mangas, capucha y una lámina transparente al nivel del rostro.
Su objetivo es impedir que escape la mayor parte del calor que emite el cuerpo humano para que los drones enemigos equipados con cámaras térmicas no puedan detectar fácilmente a quienes los llevan.
Las cámaras térmicas, empleadas junto con cámaras de vídeo ordinarias, permiten a los operadores de los aparatos no tripulados detectar y atacar a soldados que a menudo se ven obligados a caminar kilómetros, durante horas o incluso días, para alcanzar posiciones sin ser detectados.
"No pueden ir conduciendo para llegar a las posiciones que están en el mismo borde de la línea de contacto porque cualquier vehículo es destruido. Tienen que ir caminando. Y es ahí donde está el mayor riesgo", explica Tjorzevska.
El peligro es mayor de noche, ya que el contraste de temperatura es más pronunciado y los soldados pueden aparecer en las pantallas como manchas rojas recortadas contra un fondo más frío.
Sin embargo, estas capas hacen que para los drones, que vuelan a altitudes de entre 50 y 100 metros, los soldados no sean más que otro arbusto o árbol, explicó Olena Rizko, otra mujer del equipo, de 53 años.
Rizko se coloca la capa, que pesa menos de un kilo, en cuestión de segundos para mostrar cómo su diseño permite a los soldados reaccionar casi instantáneamente cuando escuchan un dron. También pueden acuclillarse fácilmente para reducir aún más su visibilidad.
Esos ponchos también funcionan de día. Los voluntarios adaptan los estampados de color al terreno y a la estación, para que los efectivos puedan camuflarse y ocultarse también de las cámaras normales.
Ver a mujeres civiles ordinarias en un pequeño taller cosiendo capas de protección contra drones de tecnología punta puede parecer surrealista, admite Tjorzevska.
Algunas son fabricadas por empresas privadas, pero la producción es insuficiente y los diseños son con frecuencia inadecuados, por lo que el ejército recurre a voluntarios, que responden con más rapidez al 'feedback' de los soldados después del uso del material en combate real, a pesar de que, por otro lado, dependen de las campañas de micromecenazgo para financiarse.
Ninguna capa ofrece una protección total y cada diseño tiene ventajas y desventajas. Pero la creciente demanda del frente demuestra su valor, dice Tjorzevska. El pequeño equipo produce un centenar a la semana y ha hecho ya más de 2.000.
A veces se emplean para tapar a heridos que esperan a ser evacuados. Para soldados que a veces pasan meses en fortificaciones cavadas en el suelo, también ofrecen la posibilidad de salir y caminar unos pasos.
"Los drones vuelan por encima en enjambres y las posibilidades de sobrevivir son muy bajas si sales afuera sin protección. Nuestros chicos usan estas capas cuando necesitan salir, aunque sea un momento, porque no pueden estar bajo tierra todo el tiempo", dice Tjorzevska.
Según afirma, en una misión reciente 30 soldados salieron ilesos y consiguieron evacuar a algunos de sus compañeros heridos gracias a los ponchos. Estas historias ayudan a mantener la motivación de las voluntarias, la mayoría de las cuales tienen a familiares en el ejército.
"Mi marido lleva cuatro años luchando. Están todos cansados y necesitan urgentemente equipamiento", dijo Oleksandra Samoja, una contable de 40 años que huyó con sus dos hijos de su hogar en Zaporiyia (sur) debido a los constantes ataques rusos y que ahora viene casi cada día al taller.
"Es nuestro deber hacer todo lo que podamos para ayudarles", agrega. EFE
(foto) (vídeo)
completa toda los campos para contáctarnos