Quienes retuvieron, persiguieron, insultaron, mojaron y golpearon a la ministra de Ciencias, Ximena Lincolao, en la Universidad Austral de Valdivia, no son estudiantes, sino delincuentes. Deben ser identificados, expulsados de la institución y puestos a disposición de la justicia. Constituyen el mejor ejemplo para defender que los violentistas queden excluidos de la gratuidad universitaria. Esta gente es incompatible con la convivencia académica, basada supuestamente en el diálogo y los argumentos, y no en la fuerza. Asimismo, es importante tomar nota de quienes defiendan a estos delincuentes, los justifiquen o intenten relativizar la gravedad de sus actos. También fiscalizar el procedimiento interno de la Austral. El rector Egon Montecinos es un político de izquierda que no ofrece garantía alguna. El violentismo escolar y universitario no sólo se sostiene en los atacantes, sino en redes de protección que deben escrutarse.
No estamos frente a un hecho aislado. Demasiadas universidades están profundamente enfermas. Nacidas en la Edad Media como un espacio orientado a buscar caminos de encuentro entre fe y razón, algo que todavía resuena en las palabras de Andrés Bello al instalar la Universidad de Chile en 1843, son espacios que, primero, expulsaron la fe y ahora están agrediendo la razón. Hoy las ideas son vistas, en demasiadas facultades, como armas, y el diálogo entre posturas opuestas se encuentra proscrito. Decenas de claustros, en particular en Ciencias Sociales y Humanidades, se han ido volviendo espacios cerrados, sectarios y dogmáticos, donde la formación tiene tufo a adoctrinamiento, y donde no se permiten voces discordantes. Este tema lo he tratado en repetidas ocasiones, y cada vez he recibido correspondencia de académicos, incluyendo de la Universidad de Chile y de la Universidad Católica, relatando situaciones insólitas de aislamiento, acoso o persecución de las ideas en sus facultades.
Hagamos memoria. José Antonio Kast recibió una golpiza en la Universidad Arturo Prat de Iquique en 2018, y en esa oportunidad las acciones fueron justificadas tanto por el Frente Amplio, que subió una declaración y luego la borró, como por “funcionarios académicos” de la universidad, que calificaron la visita del ahora presidente como una “provocación” con efectos previsibles. Visto en perspectiva, lo ocurrido era un anticipo de la barbarie que vendría.
En el Campus Juan Gómez Millas, de la Universidad de Chile, el año 2006, encapuchados hicieron barricadas con 1.200 libros que incluían tomos de las colecciones de Mario Góngora, Eugenio Pereira y Mariano Latorre. En 2012 rociaron con bencina y golpearon a profesores que se manifestaron en su contra. Cuando Víctor Chanfreau lideró en 2020 una funa a la PSU que dejó a miles de estudiantes sin rendirla, fue un director de carrera de la Austral, donde trabajaba también el papá del angelito, el que le ofreció ingreso directo como premio. La lista completa de eventos de este tipo no cabría ni en cinco columnas más.
El Partido Comunista de Chile y sus Juventudes, que ya salieron a alegar que perseguir a los violentistas de la Austral “criminaliza al movimiento”, son dados a estas prácticas. Dos ejemplos: en 2011 fueron miembros de ese partido los que funaron al comandante de la revolución cubana Huber Matos en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, impidiéndole exponer, dado que presentaría opiniones contrarias a la dictadura castrista. En 2023, la historia se repitió con Sergio Micco, funado por miembros de las JJ.CC. y de Fuerza Social. Micco, por cierto, perseveró y se quedó. Podríamos agregar, como tercer ejemplo, la defensa que muchos comunistas hacen hoy de Galvarino Apablaza, asesino de un profesor universitario (y senador de la República) al que balearon justamente frente a un campus.
Estamos en tiempos de elección o instalación de rectorías, pero nadie parece saber muy bien cómo enfrentar la enfermedad autoinmune que afecta a tantas instituciones. Mientras tanto, el mal crece. Y, tal como dijo alguna vez Mario Góngora, cuyos libros ardieron hace 20 años frente a la facultad que lo cobijó, las universidades son el alma de un país. Cuando sólo les quede el nombre, lo mismo valdrá para el conjunto.
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