El Ciudadano
Por Claudio Castro Guzmán

José Antonio Kast usó a Valdivia como ejemplo para cuestionar la Ley de Humedales Urbanos. Dijo, en lo sustancial, que aquí habría terrenos confundidos con humedales, excesos regulatorios y demasiados obstáculos para construir viviendas. Iván Poduje ya venía en la misma línea: la ley como culpable, la burocracia como villana, la pala mecánica como heroína. Es una fórmula conocida. Cuando falta planificación, siempre aparece alguien dispuesto a culpar al pantano.
El argumento suena práctico, incluso razonable, hasta que se lo mira dos minutos. Porque una cosa es la crisis habitacional —real, urgente, dolorosa— y otra muy distinta es usar esa urgencia para vender soluciones malas con tono de sentido común. Confundir urgencia con permiso para improvisar es un error demasiado frecuente. Después se inaugura rápido, se corrige caro y se lamenta tarde.
Quienes crecimos en Valdivia sabemos algo básico, aunque para quienes miran la ciudad desde lejos parezca difícil de entender: el agua ordena la ciudad, define sectores, condiciona calles, limita expansiones y reaparece cada invierno para recordarlo. Los humedales son parte de ese sistema. Absorben exceso hídrico, filtran, regulan temperatura, sostienen biodiversidad. Hacen gratis trabajos que luego el Estado intenta reemplazar con tubos, muros, bombas y presupuestos exorbitantes.
No hace falta teoría. Alcanzan los hechos. En Lampa, un tribunal ordenó demoler construcciones levantadas en humedal tras daños severos. En Hualpén, vecinos conviven con inundaciones y socavones. En Coronel, proyectos fueron frenados por incumplimientos en humedales. En Concepción, nuevas torres sobre Paicaví encendieron alertas por riesgo hídrico. Porque cuando se construye donde no corresponde, después pasan estas cosas. Incluso con agua que, según el actual Presidente, también se “pierde” cuando llega al mar, lo que ya nos advertía un preocupante desconocimiento del ciclo hídrico.
…el dilema entre casas o humedales era bastante más falso de lo que sonaba. Hay alternativas. Solo que requieren planificación, una tarea poco popular entre quienes prefieren tomar un atajo.
Valdivia también conoce esa historia. Vecinos de la población San Pedro pasaron años denunciando fallas estructurales en viviendas levantadas donde nunca debieron ser edificadas. Bases deterioradas, pilotes debilitados, humedad permanente, y así podría seguir enumerando problemas que en algunos casos quizá ya sean irreparables. Pero, aunque esas fallas sean evidentes, siempre aparece alguien dispuesto a culpar el comportamiento natural del suelo como si ese fuera el verdadero problema. La escena se completó cuando el ministro Poduje calificó de “locura” la Ley de Humedales, una conclusión bastante apresurada para alguien que parecía mirar más el obstáculo que la evidencia. Parece que culpar a la naturaleza es más fácil que revisar los planos.
La alcaldesa de Valdivia, Carla Amtmann, respondió algo bastante sensato: construir sobre humedales sería una catástrofe ambiental y económica, y además existen hectáreas disponibles dentro del radio urbano para vivienda. Es decir, el dilema entre casas o humedales era bastante más falso de lo que sonaba. Hay alternativas. Solo que requieren planificación, una tarea poco popular entre quienes prefieren tomar un atajo.
Kast habló de “sentido común”. Conviene desconfiar de esa expresión cuando se usa para reemplazar evidencia. El sentido común también dice que, si un terreno se inunda seguido, quizá conviene escucharlo. Que, si una ciudad lluviosa elimina sus esponjas naturales, después no debería sorprenderse por los anegamientos. Y que llamar exceso regulatorio a cualquier límite técnico es como retar al termómetro porque marca fiebre.
Aquí además opera una trampa conocida: presentar el debate como una elección entre casas o humedales. Como si proteger ecosistemas impidiera construir y como si construir bien fuera imposible. Falso. El problema de Chile no son los humedales. Son décadas de planificación débil, expansión desordenada y autoridades que descubren la palabra ciudad solo en campaña.
…primero se destruye una solución natural que funcionaba gratis; después se gasta dinero público intentando imitarla mal.
Luego vienen los costos. Rellenos eternos, drenajes de emergencia, defensas hidráulicas, subsidios de reparación, litigios, barrios dañados. Es decir: primero se destruye una solución natural que funcionaba gratis; después se gasta dinero público intentando imitarla mal. Decisiones que a la larga no solo resultan más caras, sino también más dañinas para nuestro vapuleado entorno.
También llama la atención el método. Un ministro lanza una idea, el Presidente la respalda, después la relativizan y finalmente la corrigen. Se instala ruido, no claridad. Se promete eficiencia, se entrega confusión. Y mientras tanto, el humedal sigue ahí, cumpliendo su función con bastante más disciplina que buena parte del gabinete, mientras las familias siguen esperando respuestas.
Llevo casi cuarenta años viendo Valdivia y sigo pensando lo mismo: los humedales no frenan el desarrollo; frenan la torpeza. Taparlos no resuelve la crisis habitacional, apenas la traslada y la agrava. Valdivia no necesita cubrir con cemento donde respira el agua. Necesita autoridades capaces de distinguir entre construir ciudad y simplemente venderla por partes.
Por Claudio Castro Guzmán
Periodista
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