“Valor incómodo de la honestidad tardía”, dijo el diputado Carlos Cuadrado al apoyar a la exministra Adriana Delpiano en su declaración de que no volvería a votar Apruebo. Agradezco el contenido y forma de sus palabras y por cierto a la exministra. Soy de esos “no tardíos” que llamamos a votar Rechazo, habitualmente tratados en la izquierda de “vendidos a la derecha”, “conversos”, cuando no de “traidores”.
Esta “honestidad tardía” importa más allá de aquel acto plebiscitario. Quienes votamos Rechazo vivimos una paradoja: fuimos menos “conversos” que quienes votaron Apruebo. Defendimos la obra de la Concertación y fuimos denostados por esas izquierdas que se deslizaron hacia posiciones más radicales, de Bachelet II en adelante. Su cambio no fue de matices. La política de la Concertación, aquella de la renovación socialista, cuestionó a fondo lo programado y hecho por la izquierda durante la UP: buscó aliarse y gobernar con mayorías junto a la DC, denostado adversario de antes; concluyó que para sacar a millones de la pobreza necesitábamos una economía de mercado, empresa privada y políticas públicas impecables; rechazó la violencia y apostó a elecciones libres; hizo asunto de principios una democracia liberal y de acuerdos; se hizo socialdemócrata y repudió regímenes socialistas revolucionarios. Allende es una figura respetada y admirada sobre todo por la consecuencia democrática de su muerte heroica; pero todos esos sellos concertacionistas son de una izquierda discrepante absolutamente de las políticas gobernantes durante la UP. En cambio, desde la Nueva Mayoría, las izquierdas oficiales renegaron de la Concertación y del expresidente Lagos: fueron “conversos” del pensamiento concertacionista y así llegaron al Apruebo.
Valores incómodos siguen hasta hoy presentes. Durante 12 años, las izquierdas oficiales se han mostrado incapaces de traer prosperidad, seguridad y protección social a su pueblo. Los números son indesmentibles. Cargan con una incomodidad cultural que les dificulta dar buena respuesta a los anhelos populares. No pueden tener estrategias de crecimiento y empleo si no asumen que eso supone luchar por mejorar el capitalismo y no por intentar sustituirlo con variantes de socialismo estatista. No pueden tener políticas coherentes de seguridad si no asumen la permanencia de una democracia liberal, renunciando a “tomar todo el poder” y a la violencia como forma de acción política. Carecen de políticas públicas solventes para dar satisfacción a demandas de protección social en empleo, salud, educación u otros. Así, mayorías sociales de identidad cultural histórica cercana a la izquierda, terminaron empujadas a votar por la derecha y Kast.
¡No saben cómo valoro esta incomodidad de la honestidad tardía! Chile necesita una buena izquierda, distinta a la de estos últimos años. Eso le exige incomodarse consigo misma.
Por Óscar Guillermo Garretón, economista.
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