Agosto es casi septiembre. Y luego viene la época más feliz en la fértil provincia. Nuestro festival de primavera. Mes de fondas, banderas, empanadas, anticuchos y vino. Mes de la piscola, nuestra bendita maldición. Bendita, porque es un trago maravilloso. Maldita, porque es un zona de comodidad demasiado cómoda. Tanto, que nos aleja del pisco.
Pregúntese en qué regiones de Chile se produce pisco y en qué valles. Respuestas: Atacama y Coquimbo, valles de Copiapó, Huasco, Elqui, Limarí y Choapa. Dos regiones, cinco ríos y sus respectivos ecosistemas. Es decir, un universo de sabores, colores y olores distintos. Pero no tenemos un mapa pisquero en nuestras cabezas, porque la piscola no aguanta mucha sutileza. Golpea donde sabe, con la fuerza de mil soles. Esto no significa que no haya mejores piscos piscoleros (mi favorito ya no existe: Mono Rockero, pisco Chañaral de Carén, Elqui, doble destilado por Quintal). El punto es que el pisco es mucho más que la piscola.
Para entenderlo basta un sorbo de Maria’s, de Bou Barroeta, que casi tiene más premios que grados alcohólicos (40). Directo desde el Fundo El Rosario, cerca de Alto del Carmen, en el Valle del Huasco, Atacama. Pura uva moscatel. Probarlo solo, sin hielo ni combinación, abre inmediatamente los ojos respecto a lo que el pisco puede ser. Un festival de sabores. Un pasaje directo a un paisaje. La comprensión súbita de lo mucho que le debemos al pisco, que debería ser el corazón de una gran industria de turismo gastronómico en todos sus valles, y también de los muchos piscos que nos debemos.
Por Methe Ostos.
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