El Ciudadano
Por Gabriel Iturra
Durante años, en Macul, se nos pidió paciencia. Paciencia frente al ruido, frente a los desórdenes, frente a la pérdida progresiva de la tranquilidad que define la vida de barrio. Hoy esa paciencia se agotó, porque cuando el conflicto se vuelve permanente y la autoridad no actúa, el abandono deja de ser circunstancial y pasa a ser estructural.
Las canchas instaladas en el sector de Castillo Urízar no solo alteraron el entorno, alteraron la vida cotidiana de cientos de familias. Lo que debía ser un espacio de convivencia terminó convertido en un foco de gritos, peleas, consumo de alcohol en la vía pública y ruidos que se extienden hasta la madrugada, sin respeto por horarios ni por quienes viven allí.
Con el paso del tiempo, el problema se normalizó. Estacionamientos irregulares, agresiones, fuegos artificiales y conflictos constantes dejaron de ser excepciones para transformarse en rutina. Comercios afectados, adultos mayores sin descanso y familias viviendo con miedo son parte del costo que nadie quiso asumir.
La indignación no nace del conflicto en sí, sino de la indiferencia. Los vecinos han denunciado han advertido y han esperado, mientras la empresa sigue operando y el municipio observa sin ejercer con decisión sus atribuciones. Cuando no hay fiscalización ni control, el mensaje es claro: aquí se puede hacer cualquier cosa.
Hace unos días se ingresó una denuncia formal en la Municipalidad de Macul porque el silencio ya no es opción. Vivir en paz no es un favor que se concede, es un derecho que se garantiza. La pregunta es simple y urgente: ¿cuánto más debe aguantar un barrio para ser escuchado? ¿Cuánto más demorará el alcalde y las autoridades para ejercer sus funciones y garantizar el descanso de los vecinos y vecinas?.
Gabriel Iturra, Vocero de Macul en Movimiento.
La entrada Villa Santa Carolina de Macul: El barrio que nadie quiso escuchar se publicó primero en El Ciudadano.
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