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Votantes fantasma: Sobre la vergüenza, las conversaciones pendientes y por qué (casi) nadie reconoce haber votado por Kast

El Ciudadano

Por Verónica Aravena Vega

Kast ganó con millones de votos. Pero si uno recorre Chile preguntando, casi nadie lo votó. Los compañeros de trabajo no. Los vecinos tampoco. La familia, depende del primo, y al primo mejor no preguntarle directamente. Los votos están —los contó el Servel— pero los votantes se han vuelto invisibles. Caminan entre nosotros y no se dejan ver.

Algo le pasó a la conversación política en Chile. Después de una elección como esta, lo razonable habría sido más discusión. Más argumentos cruzados. Más necesidad de defender la posición propia. Pasó lo contrario. Se habla menos. Y se habla menos justo cuando más hace falta.

Dos silencios trabajando a la vez. El de quien votó y no quiere reconocerlo. El de quien no votó y ya no quiere escuchar. Entre ambos, un país que no consigue decir lo que le está pasando. Y mientras tanto, el Gobierno opera.

Wendy Brown lo viene diciendo hace años. El neoliberalismo no solo desmantela lo público: produce un sujeto que ya no se piensa como ciudadano sino como consumidor. El voto, en esa lógica, deja de ser un acto del que se rinde cuenta. Es una compra. Si la compra salió mal, no se discute con los vecinos. Se guarda el ticket, se cambia de marca la próxima vez, y se evita el tema. No es cinismo. Es lo que queda cuando la esfera donde el voto se argumentaba se desmanteló hace décadas, mucho antes de que llegara Kast. Ciudadanos privatizados que ya no saben rendirse cuenta entre sí.

Si fuera solo eso, no habría incomodidad. Habría orgullo. Defensa. Repetición de consignas. Lo que aparece, en cambio, es vergüenza. Sara Ahmed la define con precisión: la vergüenza es lo que sientes cuando lo que hiciste te separa del nosotros con el que querías seguir identificándote. El votante de Kast que calla no calla porque le dé igual. Calla porque algo en él registra que lo que defendió ya no encaja con la imagen de sí mismo que prefería mantener. La vergüenza, en principio, podría abrir una conversación. Una revisión. Un repensarse en voz alta. No lo hace. Se traduce en repliegue. En cambio de tema. En revisar el celular justo cuando alguien pregunta qué le parece el ministro de turno.

¿Por qué no se abre esa conversación? Aquí está el segundo silencio, y es el más incómodo de nombrar. «Disfruten lo votado» es comprensible. Quien la dice está agotada. Lleva semanas viendo cómo se desarma lo que costó conseguir. Le parece injusto que se le pida ahora hacer pedagogía. Tiene razón. El cansancio es real. Pero la frase, dicha en la mesa, en el grupo, en el pasillo del trabajo, hace algo concreto: administra vergüenza. Le indica al otro que no hay espacio para hablar, solo para soportar el juicio. Y el otro, previsiblemente, se calla. Hay una satisfacción tibia en rematar a alguien con esa frase. Una satisfacción muy parecida a la que sentía la beata del barrio cuando señalaba a la soltera embarazada. Una se siente del lado correcto de la moral. La otra se queda sola. El Gobierno gana en las dos.

Hablar de Kast con quienes votaron por Kast. No para ganarles un debate. Para que ese voto deje de ser un asunto privado y vuelva a ser, como debería haber sido siempre, un asunto del que se rinde cuenta.

El resultado de esos dos movimientos combinados es un país que no está discutiendo lo que le está pasando. No es una pérdida sentimental. Es una condición material que beneficia al Gobierno. Mientras los votantes de Kast no hablen de Kast, Kast queda blindado por la base que lo eligió. Hay una crítica que un gobierno autoritario teme más que cualquier otra. No es la de sus opositores —esa la espera, la usa, la convierte en combustible. La que teme es la de quienes lo votaron y empiezan a decir, en voz alta, que esto no era lo que les habían prometido. Esa voz, en Chile, hoy no existe. Y no existe en parte porque nadie quiere darle espacio para que aparezca.

bell hooks lo escribió con claridad: la vergüenza es una de las herramientas más eficaces del capitalismo para mantenernos quietos. No como emoción íntima. Como dispositivo. Algo que se administra socialmente para paralizar, aislar, impedir que los sujetos se reconozcan como parte de una comunidad política capaz de revisarse a sí misma. La vergüenza no transforma. Inmoviliza. Y una sociedad inmovilizada es lo que necesita un gobierno autoritario para operar sin contrapeso. Hay una versión de izquierda de esta administración de la vergüenza. Es la satisfacción moral de tener razón, de haber advertido, de poder decir «te lo dije». Una satisfacción real. Y completamente inútil. Cada conversación clausurada con un «disfruten lo votado» es una conversación que el Gobierno agradece.

Pero hay otra vergüenza posible, y Frédéric Gros la nombra bien. La llama vergüenza revolucionaria: la que no humilla sino que implica. La que aparece cuando uno se reconoce parte de un colectivo que está haciendo o tolerando algo que repudia. No es la vergüenza del que es señalado desde afuera. Es la del que se reconoce concernido por lo que pasa. Esa vergüenza no paraliza: pone en movimiento. Es la diferencia entre «qué vergüenza haber votado eso» dicho como condena ajena, y «qué vergüenza lo que está pasando» dicho como punto de partida. La primera clausura. La segunda abre.

Hacerse cargo no es pedir perdón. No es aceptar el rol de ignorante. No es entrar al confesionario de la izquierda con el sombrero en la mano. Hacerse cargo, políticamente, es algo más sobrio: poder decir en voz alta lo que se votó, lo que se esperaba de eso, y lo que está pasando ahora. Sin penitencia. Sin pesadez moral. Sin tener que entregar credenciales de buena conciencia a nadie. Solo nombrar. Y para que eso sea posible, hace falta lo que hooks llamaba comunidad. No acuerdo ni cariño: la disposición a no reducir al otro a su peor decisión. Hablar de Kast con quienes votaron por Kast. No para ganarles un debate. Para que ese voto deje de ser un asunto privado y vuelva a ser, como debería haber sido siempre, un asunto del que se rinde cuenta.

La pregunta no es por qué no hablan ellos. Es por qué hemos aceptado, todos, que de esto no se hable. Y si alguien va a romper ese silencio, va a tener que hacerlo sin el dedo levantado. Pero también sin pretender que no hay nada de qué avergonzarse.

Por Verónica Aravena Vega


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Junio 2, 2026 • 1 hora atrás por: ElCiudadano.cl 36 visitas 2166886

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