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«Y si era tan buena, ¿por qué se murió?»: Los mitos, funas y poemas que Teresa Wilms Montt nunca escribió pero creemos suyos

El Ciudadano

Por Osvaldo Carvajal M., académico de la Licenciatura en Letras y del Doctorado en Humanidades Aplicadas de la U. Andrés Bello

¿Qué pasaría si les digo que el famoso poema “Soy Teresa Wilms Montt y no soy apta para señoritas” no lo escribió ella, sino que es un fanfic que se volvió canon?

Yo también caí en la estafa, pero ese no es el verdadero chisme de hoy. Acompáñenme al archivo para seguirle la pista a un mito construido y alimentado durante más de un siglo por la industria editorial, el cine y hasta las tiendas de poleras del Drugstore.

Antes de que me funen: me encantan las poleras de escritoras. Comparto la idea de Javiera Manzi de que hay algo profundamente democrático en que una artista se vuelva moda en el sentido literal. El tema no es que Teresa Wilms Montt (1893-1921) se haya convertido en sticker, chapita o polera, sino que, existiendo tantas Teresas en el archivo, siempre elijamos la misma: la que posa para la cámara, sostiene la mirada y encarna a la perfección el mito de la poeta maldita. La misma Teresa que la crítica literaria patriarcal convirtió en personaje para ocultar a la escritora.

En un lúcido artículo, Norberto Flores hizo el ejercicio de recopilar la manera en que escritores famosos la recordaban más por su belleza que por su escritura: Huidobro decía que era “Perfecta de cara, perfecta de cuerpo, perfecta de elegancia”; Fernando Santiván aludía a ella como “exquisita y endemoniada niña”; pero el que se pasó varios pueblos fue Gómez Carrillo: “¡Si hubiera nacido hija de una portera se podría hacer de ella una vedette internacional”. Sin comentarios…

Para que alguien hablara de su rol de escritora más que de su belleza habría que esperar hasta 1993, cuando Ruth González Vergara publicara su monumental biografía, en la que lleva a cabo un trabajo de archivo encomiable, y reuniera sus obras completas. Ahora bien, ¿cuándo nació esta costumbre de poner a la autora por sobre su obra? Tengo una teoría.

En mayo de 1922, Carlos George Nascimento publicó Lo que no se ha dicho, el primer libro de Wilms editado en Chile. El “editor de los chilenos”, como lo llama Felipe Reyes, estaba levantando la industria editorial chilena y, sin duda, actuó con las mejores intenciones. Sin embargo, tomó dos decisiones que marcarían para siempre la recepción de la autora: poner en la portada la fotografía —hoy inseparable de su nombre— en que aparece recostada sobre sus brazos, mirando a la cámara, y reemplazar sus seudónimos (Thérèse Wilms Montt o Teresa de la Ɨ) por su nombre legal.

Era la primera vez que su obra y su persona se fundían. Y entonces vino la funa.

Pero no por la portada. En enero de 1923, Ignacio Serrano publicó en La Nación recuerdos de su amistad con Wilms que terminaron convirtiéndose en un ataque público contra Nascimento. Lo acusó de lucrar con el nombre de la escritora, de reciclar textos ya publicados e incluso de inventar parte del volumen: “Ha llegado el momento de decirle y emplazo al señor ése a que muestre uno solo de los originales escritos, según él, por Teresa de la Cruz, para ese libro”. ¿Tenía razón Serrano? A medias.

Efectivamente, Nascimento armó el volumen reuniendo páginas del diario publicadas en Nosotros, los poemarios Los tres cantos y En la quietud del mármol, y el poema inédito “Con las manos juntas”, conservado por otro amigo de Wilms. Por lo mismo, estaba lejos de ser apócrifo y, al día siguiente, en una carta a La Nación, se encargó de aclararlo. Pero aquí surge otro detalle interesante porque también explicó que el título Lo que no se ha dicho aparecía anunciado en libros anteriores de la autora. Y era cierto, pero…

En una entrevista concedida a la revista argentina Fray Mocho, la propia autora dice: “Mi libro ‘Inquietudes sentimentales’ que he publicado aquí y cuya edición ya está agotada, habla de la sociedad chilena, y mi próximo libro ‘Lo que no se ha dicho’ versará sobre el mismo tema como una ampliación del anterior”. Quizás el error de Don Carlos fue utilizar el título de un libro que la autora nunca alcanzó a escribir.

Para cerrar este catálogo de equívocos, falta mi propia confesión. Mientras preparaba un curso de Literatura Chilena, recurrí a una reedición contemporánea de Lo que no se ha dicho. Allí se nombraba el poema “Autodefinición”, en que la autora, cual protagonista de Outlander, decía “Nací cien años antes que tú/ sin embargo te veo igual a mí/ Soy Teresa Wilms Montt/ y no soy apta para señoritas”. Sin revisar el archivo, hice un video con IA en que una fotografía coloreada de la autora recitaba esos versos y lo compartí en redes sociales.

El primer comentario me desarmó: “¿De qué libro tomó el texto?”. La persona que me cuestionaba me explicó que ese poema había nacido como un ejercicio en un taller de escritura creativa y que, de alguna manera, internet le atribuyó su autoría a Wilms.

Ahí entendí que el poema falso y las poleras no son el problema. Son apenas el último capítulo de una historia mucho más antigua: la de una autora sobre la que llevamos más de un siglo proyectando nuestras propias fantasías. Tal vez ya sea hora de dejar de inventar a Thérèse Wilms Montt y empezar, de una vez por todas, a leerla.

Osvaldo Carvajal M.

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Junio 23, 2026 • 1 hora atrás por: ElCiudadano.cl 32 visitas 2227423

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