“Yo no era el hijo que él esperaba”: la traumática relación de Miguel Bosé y su padre (y la canción que le dedicó)
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“Yo no era el hijo que él esperaba”: la traumática relación de Miguel Bosé y su padre (y la canción que le dedicó)

“Mira, Miguelón...los hombres tienen que hacer cosas de hombres entre hombres...como las mujeres hacen las suyas entre ellas, ¿lo entiendes?... Montar a caballo, ir de cacería, pescar y más adelante otras que ya te iré contando”.
Así le dijo el torero Luis Miguel Dominguín a su hijo Luis Miguel González Bosé. Por entonces, un adolescente cuyo principal pasatiempo era la lectura y todavía no era el cantante Miguel Bosé. Cuando su padre se enteró de eso le pareció mal, no era lo que esperaba de un hijo varón. Tenía que ser rudo, atlético, deportista, no un ratón de biblioteca. “Y de dónde vienen todos esos libros?... De la librería del salón, ¿no?... ¿Sabes que está prohibido entrar en el salón?... ¿Sabes que leer tanto es malo?... ¿No te gusta más montar a caballo?”, le dijo su padre en los recuerdos de su hijo en su autobiografía El hijo del Capitán Trueno (Espasa, 2021).
Es que padre e hijo tenían visiones muy diferentes de la vida. A la sensibilidad y espíritu creativo de Bosé se le contraponía una mirada más bien tradicional del padre, y este no estaba dispuesto a aceptar que su hijo no comulgara con su idea de hombría. La que según él debía ser. “Yo no era el hijo que él esperaba que fuera”, recuerda Bosé en su autobiografía, y añade algo decidor: “El desprecio con el que mi padre me trataba me paralizaba”.

El miedo de “Dominguín” se resumía en una frase: “¡Maricón, Lucía, el niño va a ser maricón! ¡Seguro!”, por lo que se propuso hacer que su hijo fuese lo que él esperaba, a toda costa. Por eso, con el fin de convertir a su hijo “en hombre”, decidió llevarlo a un safari a Mozambique. Miguel Bosé tenía solo 10 años. La madre, la actriz Lucía Bosé, se opuso pero fue en vano.
Sin embargo, el viaje fue un desastre porque el joven Miguel enfermó de malaria, y en su cuerpo comenzó a evidenciar las señales de la enfermedad. En un momento, exhausto, sudoroso y pálido, cayó desplomado al suelo africano ante la impotencia del padre, quien lejos de empatizar con la enfermedad de su hijo, no halló nada mejor que retarlo. “Venga, no seas nenaza, levántate y camina como un hombre y déjate de mareos o te vas a enterar lo que es uno de verdad del tortazo que te voy a meter, y basta ya de tonterías”.

Años después, Bosé hablaba de cómo su padre había influido en su vida, incluso hasta en su carácter. “Tengo lo peor de mi padre que es el mal genio, el mal carácter. Tengo la torería también, que como decía mi abuelo Domingo ser torero no es solo una profesión es una actitud en la vida”.
Su hermana, Paola Dominguín, ha contado también: “Quizás mi padre quería proteger a su hijo y por eso quería hacerle tan macho. Cariño yo creo que ha habido siempre y después tuvieron una relación de adultos”.

“Lo pasado, pasado estaba”
Con los años, Bosé y su progenitor tuvieron una relación diferente, y en base a eso Bosé escribió la canción El hijo del capitán trueno, incluida en su álbum Sereno (2001), cinco años después de la muerte de Dominguín. En el libro Bosé. Historia secreta de mis mejores canciones (Espasa, 2022) reconoce que con el tema logró finalmente hacer las paces con su padre.
“Es una canción dedicada a mi padre, en concreto a la relación que tuvimos, llena de desencuentros y de malo entendidos. Es una canción que llega tarde en su intento, pero que pretendía que, donde él estuviera, tuviese claro que lo pasado, pasado estaba, y que no había resentimiento alguno”.

La letra de la canción dice: “Nunca fue un hijo digno del padre / Salió poeta y no una fuera / hijo de su madre”, en alusión al vínculo entre él y Dominguín, pero también menciona un refugio: el mar. Dice “En el océano me pierdo” y “Le encantaba estar entre ballenas”, pero eso no es porque simplemente suena bien, tiene una explicación y la da el mismo Bosé.
“Desde muy chico mi afición por la biología marina ocupó todo el espacio libre en mi cabeza. Me apasionó hasta tal punto que durante años no busqué otra literatura que no tuviese que ver con los mares y sus habitantes”, con ello tomó una decisión: “Decidí ser oceanógrafo”.
Pero el padre, estaba lejos de comprender la decisión de su vástago: “Mi padre no entendía por qué si tanto me gustaban los peces y tener acuarios con míseras carpas rojas, no me gustase pescar. Él quería trofeos, yo especímenes que investigar”.
Como sea, con esta canción Miguel Bosé terminó por ajustar cuentas con un pasado, con un fantasma paterno que se había quedado en su vida. “Es una fábula escrita con cariño e ironía para quitarle hierro a las tensiones que a lo largo de nuestras vidas nos crearon tanto dolor”.
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