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Columna de Mauricio Bravo: Adolescencia: educar en tiempos de desconexión

Columna de Mauricio Bravo: Adolescencia: educar en tiempos de desconexión

En una de las primeras escenas del segundo capítulo de Adolescencia (Netflix, 2025), una profesora pide a un alumno que se arregle la camisa. Él, sin levantar la vista, murmura: “¿Cuál es su maldito problema?”. La escena, aparentemente trivial, anticipa todo lo que vendrá: una cadena de desconexiones, de silencios, de gestos hostiles o indiferentes que retratan con precisión la relación que, en algunos contextos escolares, ha quedado fracturada.

El capítulo avanza entre interrogatorios policiales por el asesinato de una estudiante y un ambiente escolar que, lejos de reaccionar con conmoción, responde con desafección. Cuando el detective entra a la sala, algunos se ríen. El profesor del curso, acorralado por la tensión, opta por continuar viendo una película. Los estudiantes no protestan. Simplemente ven la película para evitar el problema que los aqueja.

Los adultos, cuando intervienen, parecen más bien extraviados. Se suceden gritos, amenazas. En una de las escenas, un docente reconoce, con resignación: “Solo soy un tutor, un profesor de historia. Yo no lo veía. Estos niños son imposibles”. Hay algo revelador en esa afirmación, se trata de una sensación compartida de no saber cómo actuar cuando los códigos comunes han dejado de funcionar. Cuando dejamos de mirar y entender una nueva adolescencia cada vez más precoz y sobreexpuesta al mundo digital.

Veo con atención estos retratos —no porque toda escuela se parezca a la de la serie, sino porque la serie ha sabido capturar con crudeza una forma de descomposición silenciosa, la que ocurre cuando la escuela deja de ser una comunidad y se convierte en una suma de individuos que solo comparten espacio.

Esta es una de mis preocupaciones más persistentes: la pérdida del lenguaje común. Cuando un estudiante, interrogado por la policía, interrumpe la conversación para preguntarle si fue popular con las chicas en su juventud, está diciendo más de lo que parece. Está diciendo que el reconocimiento, incluso el más superficial, le importa más que la verdad que buscan comprender los adultos.

Pero el problema no es solo escolar. Es social. No hay que olvidar que el capítulo inicia con un diálogo que funciona como diagnóstico: “¿Su escuela es segura? Esto ni siquiera sucedió en nuestras instalaciones. Ahora tendremos que disponer de guardias y detectores de metales”. La frase revela una lógica instalada: ante el temor, más control; ante el dolor, más protocolos. La escuela ya no como espacio reflexivo y formativo, sino como zona de contención frente a un entorno que desborda.

En este contexto, no existen fórmulas mágicas. Primero se requiere una formación docente que permita leer estas escenas no como anomalías, sino como síntomas. Nuestras escuelas necesitan docentes capaces de sostener el vínculo cuando todo parece navegar sin rumbo. Adicionalmente, se necesita producir más evidencia, no meramente como ejercicio académico, sino como herramienta para quienes toman decisiones en el aula y en las políticas.

Porque, a pesar del deterioro visible —manifestado en estudiantes que naturalizan la violencia, en docentes cuya voz ha perdido gravitación, o en prácticas pedagógicas que no dialogan con las desafíos actuales del aprendizaje—, existen escuelas que consiguen interrumpir esa inercia. Son espacios que, desde una comprensión profunda de la tarea educativa, logran reinstalar condiciones mínimas de reconocimiento mutuo, articulando prácticas que no descansan en la lógica del control, sino en la legitimidad construida colectivamente. Lejos de reproducir mecánicamente el contenido, estas comunidades se involucran para devolverle al aprendizaje su sentido, y al vínculo educativo, su confianza.

En definitiva, la pregunta no es si la escuela puede cambiar la sociedad. La pregunta es si puede, al menos, interrumpir la reproducción de algunos de sus peores males. Y, a partir de esa respuesta, identificar acciones que permitan abordar estos fenómenos desde las propias comunidades escolares para ser verdaderos agentes de cambio.

Por Mauricio Bravo, vicedecano de Facultad de Educación, Universidad del Desarrollo

Fuente

LaTercera.com

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