Columna de Ascanio Cavallo: En la tormenta
- 19 Horas, 27 Minutos
- LaTercera.com
- Noticias
Columna de Ascanio Cavallo: En la tormenta

La secuela inmediata del Liberation Day proclamado por Donald Trump el miércoles pasado ha sido una tempestad de imágenes apocalípticas acerca del porvenir del mundo. The Economist lo rebautizó como Ruination Day, y no se refería sólo a Estados Unidos, sino al planeta. Es un hecho cierto que, en poco más de dos meses en la Casa Blanca, Trump ha alterado los equilibrios del globo y su nuevo repertorio de aranceles mortifica como nunca antes al comercio internacional.
Pero ¿se puede llamar “equilibrio” a la situación anterior? Dudosamente: desde la década pasada se libra una guerra en territorio europeo; el Medio Oriente atraviesa por una turbulencia sangrienta; en el centro de África campean las atrocidades, y en Asia las cosas parecen a punto de estallar hace ya rato. Para demasiada gente, todos esos fenómenos parecían minucias, incidentes muy lejanos. No lo son.
Hasta el siglo XVIII, el mercantilismo fue la estrategia empleada por las monarquías europeas para asegurar su desarrollo, con una combinación de fuerte intervención del Estado, aranceles altos para proteger sus industrias y balanzas comerciales favorables. Buena parte del siglo XX estuvo dedicada a combatir y derrotar estas políticas depredatorias.
Hasta que el Covid-19 hizo renacer el mercantilismo con algunos rasgos nuevos, el neomercantilismo: tanta interconexión e interdependencia estaba bien para los soñadores, pero no para las economías nacionales. Desde hace más de un año, una de las grandes discusiones de la Unión Europea era cómo desarrollar estrategias de de-risking (reducción del riesgo), que en algunos casos podían ser de decoupling (desacoplamiento completo), frente a las agresivas políticas comerciales de China y otros países asiáticos. Trump no ha puesto fin a esos debates, sólo los giró de continente.
Es una ironía ver a China convertida ahora en una campeona del libre comercio (no hay que descartar que, tras sus recientes convocatorias al mundo privado, los jefes chinos terminen acercándose hacia un régimen menos tiránico). Algo parecido se puede decir de los líderes radicales, que ahora reaparecen como adalides de los tratados liberales. En algún sentido, Trump es también el resultado reactivo de esos discursos incendiarios contra el capitalismo, como lo es también de los excesos de la cultura woke diseminada desde los campus estadounidenses.
Nada de esto exonera la responsabilidad de Trump sobre la nueva ola de inestabilidad mundial. Únicamente es un recuerdo de que las semillas fueron plantadas antes, en distintas latitudes y con distintos dirigentes. Trump no es tan listo (nadie lo es) como para imaginar el rumbo de un mundo nuevo; sólo es lo suficientemente poderoso como para provocar una disrupción brutal del que existe.
¿No fue también una disrupción monumental la veloz expansión de la red digital, saludada en su momento como un salto hacia la “democratización” de las comunicaciones, sin que ninguno de sus apologetas se diera cuenta de que bajo sus narices se estaba desarrollando la plutocracia que hoy circunda y sostiene a Trump? ¿Y la pandemia?
El mundo que se ha venido configurando en los últimos 10 años está más cerca de la guerra; se empieza a parecer ominosamente al del período de entreguerras, cuando la hiperinflación, la recesión, el armamentismo y el ultranacionalismo proporcionaron el alimento para la conflagración más grande de la historia.
Sólo que Trump no piensa en la guerra, sino en un regateo de feria. El objetivo declarado de los aranceles anunciados el miércoles es “reducir a cero” los déficits comerciales que Estados Unidos tiene con el resto de los países, implicando que el comercio internacional podría volver a aranceles cercanos a cero una vez que sean despejados de “abusos y distorsiones”.
Fuera del circuito cercano a Trump, no se encuentran economistas que piensen que esta fórmula pueda funcionar, porque el comercio es mucho más complejo que el mero equilibrio de las balanzas. Todos coinciden, en cambio, en que los primeros afectados serán los ciudadanos estadounidenses, a quienes se trasladarán las sobretasas de todo lo que su país no alcanza a producir. Como la economía no es una ciencia exacta, algunos prevén inflación; otros, recesión; unos terceros, las dos cosas.
Como siempre que las cosas empeoran a esta escala, la tarea más pesada le cabe a la diplomacia. Ser paciente, no exagerar ni minusvalorar, medir, deliberar, no ofender, aguantar, desdramatizar. Después del mazazo del miércoles, cada país se ha puesto a estudiar cuántos serán sus perjuicios, cómo convertirlos en oportunidades y, de ser posible, cómo negociar (lo que, increíblemente, ha sabido hacer mejor que nadie la Presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, porque es ella, y no Lula, quien puede recibir más daño de la vecindad radiactiva de Trump).
Nadie necesita definirse a partir de Trump. Es demasiado raro para eso.
También pasó la hora de los excesos retóricos. A menudo Trump ni los entiende.
0 Comentarios