Estas experiencias no solo afectan a las personas adultas. Los niños y niñas están expuestos, directa o indirectamente, a estas mismas formas de violencia, muchas veces sin contar con herramientas para comprenderlas o elaborarlas. Así, van internalizando tensiones, frustraciones y heridas que pueden, con el tiempo, transformarse en nuevas expresiones de violencia.
Paulina Hunt Precht. “Agencia Pressenza”. 2/4/2026. Estas reflexiones surgen a partir de los acontecimientos mundiales y locales que hoy evidencian un preocupante recrudecimiento de la violencia, particularmente en niños y niñas, interpelando la forma en que comprendemos su origen y desafiándonos a hacernos preguntas profundas, así como a generar respuestas y acciones que no continúen reproduciéndola.
Que el planeta, hoy ensordecido por gritos de horror y guerra, no termine por clausurar el destino humano. Más bien, se vuelve urgente abrir el futuro y resguardarlo, especialmente cuando se piensa en los niños y niñas, quienes no solo habitan el presente, sino que encarnan toda posibilidad de lo que vendrá. Cuidar el futuro implica, necesariamente, preguntarse por las condiciones emocionales, sociales y culturales en las que niños y niñas están creciendo.
La violencia no es únicamente un fenómeno externo ni un hecho aislado que ocurre en determinados contextos. Es, ante todo, una experiencia que habita en el interior del ser humano y que luego se expresa en actos concretos. Aquello que se vive internamente encuentra resonancia en el mundo exterior: imágenes, discursos y acontecimientos pueden amplificar o activar lo que ya existe dentro. Por eso, cuando en el interior hay paz, comprensión o equilibrio, disminuye significativamente la posibilidad de que estímulos externos se traduzcan en actos de violencia hacia otros.
En este sentido, surge una pregunta fundamental: ¿por qué existe violencia en el interior del ser humano? Y más aún, ¿por qué esta comienza a manifestarse desde tan temprano en niños y niñas? Plantear esta pregunta no es un ejercicio teórico, sino una necesidad urgente si se busca transformar el rumbo de las relaciones humanas.
Durante mucho tiempo ha predominado la creencia de que la violencia es inherente al ser humano, como si formara parte inevitable de su naturaleza. Esta idea ha contribuido, en parte, a normalizarla o a percibirla como un fenómeno imposible de erradicar. Sin embargo, esta concepción comienza a cuestionarse con mayor fuerza cuando la Organización Mundial de la Salud, en su informe del año 2002, plantea que la violencia no es inherente al ser humano, sino que es prevenible. Este planteamiento marca un cambio significativo: si la violencia no es una condición natural inmutable, entonces puede ser comprendida, abordada y transformada. Se abre así un horizonte de responsabilidad y también de posibilidad, especialmente relevante cuando se piensa en la formación y el cuidado de niños y niñas.
Responder qué genera la violencia implica adentrarse en una complejidad profunda. Sin embargo, hay un primer paso necesario: descartar explicaciones simplistas que, aunque ampliamente difundidas, no abordan el problema de fondo. La violencia no se origina en las películas violentas ni en las caricaturas animadas. Atribuir a estos elementos la causa principal es, en muchos casos, una forma de evitar mirar las raíces más incómodas y estructurales del fenómeno.
Al observar la experiencia humana, se puede reconocer que gran parte de la violencia interna está vinculada a distintas formas de violencia ejercidas desde el entorno. Estas pueden adoptar múltiples expresiones: violencia religiosa, cuando una persona es desvalorizada o condenada por sus creencias; violencia social, cuando las diferencias en el estilo de vida se convierten en motivo de exclusión o burla; violencia simbólica, cuando la apariencia define el valor de una opinión; violencia económica, cuando las condiciones materiales obligan a vivir bajo presión constante; y violencia psicológica, cuando no se validan las emociones, ideas o decisiones personales.
Estas experiencias no solo afectan a las personas adultas. Los niños y niñas están expuestos, directa o indirectamente, a estas mismas formas de violencia, muchas veces sin contar con herramientas para comprenderlas o elaborarlas. Así, van internalizando tensiones, frustraciones y heridas que pueden, con el tiempo, transformarse en nuevas expresiones de violencia.
Lo anterior permite comprender la violencia como una cadena: aquello que se recibe tiende a reproducirse. La violencia experimentada, si no es reconocida ni transformada, puede proyectarse hacia otros, perpetuando un ciclo difícil de interrumpir. De allí surge una de las preguntas más relevantes: ¿cómo se rompe esta cadena, especialmente pensando en los niños y niñas?
Al profundizar en el origen de la violencia interna, aparece la frustración como un elemento central, especialmente vinculada a la experiencia de deseos no alcanzados y a la progresiva pérdida de sentido. Las expectativas no cumplidas y la presión por ajustarse a modelos idealizados van generando una distancia entre lo que se anhela y lo que efectivamente se vive, instalando una sensación persistente de insatisfacción. En ese proceso, la persona puede comenzar a percibirse como insuficiente, dando paso a una íntima sensación de no valía. Cuando a ello se suma la falta de sentido y la pérdida de la esperanza, se configura un vacío interno que puede derivar en violencia, tanto hacia uno mismo como hacia los demás. En niños y niñas, estas vivencias pueden surgir tempranamente, al enfrentarse a exigencias que no siempre corresponden a sus procesos o realidades, debilitando progresivamente su vínculo consigo mismos, con los otros y con el futuro.
Esta violencia no solo se dirige hacia el exterior, sino que también instala un conflicto interno. Se configura una especie de “guerra” silenciosa: contra otros, contra modelos impuestos y, de manera especialmente dolorosa, contra uno mismo. En cualquier caso, la violencia produce sufrimiento, tanto cuando se recibe como cuando se ejerce.
Desde ese lugar de tensión, muchas respuestas adoptan formas como la revancha, la venganza o el desquite, perpetuando la misma lógica que se intenta superar. Por otro lado, las respuestas pasivas —aquellas que implican negar, evitar o silenciar los propios sentimientos— tampoco ofrecen una salida real, ya que solo postergan el conflicto sin transformarlo.
Comprender la raíz de la violencia y elaborar una respuesta no violenta es, por tanto, un desafío complejo. Implica construir una forma de respuesta verdaderamente nueva, que no alimente la cadena existente, sino que redirija la energía hacia otras posibilidades.
En esa búsqueda aparece una tensión inevitable: la intuición de que ese camino es necesario, junto con la duda sobre su viabilidad. ¿Es realmente posible una respuesta distinta? ¿No resulta, acaso, una aspiración demasiado idealista?
Esa tensión revela la importancia de una dimensión fundamental: la fe interna, entendida no necesariamente en un sentido religioso, sino como la capacidad de sostener la posibilidad de un cambio. Sin esa fe, se vuelve difícil imaginar, y aún más sostener, caminos diferentes.
Por ello, uno de los desafíos centrales consiste en fortalecer esa fe interna, tanto en las personas adultas como en los niños y niñas. Solo desde ahí parece posible comenzar a desarticular la cadena de la violencia y abrir caminos que permitan una convivencia más consciente, más justa y más humana.
La entrada El origen silencioso de la violencia en niños y niñas: una pregunta urgente se publicó primero en El Siglo.
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