Fernanda Trías: “Lo más desafiante siempre es el trabajo con el lenguaje, la lucha cuerpo a cuerpo con cada oración”
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Fernanda Trías: “Lo más desafiante siempre es el trabajo con el lenguaje, la lucha cuerpo a cuerpo con cada oración”

Fue durante el encierro producto del Covid-19, en 2020, cuando un interés comenzó a rondarle a la escritora uruguaya Fernanda Trías. Desde su domicilio en Bogotá -donde reside hace 10 años- tenía una visión de los cerros orientales de la capital de Colombia, y eso le bastó para comenzar a pensar en la protagonista de una novela en ciernes. Una mujer que vivía sola en una montaña.
“Cuando se declaró la cuarentena en 2020, yo quedé encerrada en mi apartamento que tenía solo dos ventanas -comenta Trías a Culto-. Ambas miraban hacia la montaña, y así pasaron meses, solo observándolas, construyendo mi propia afectividad con ellas. De alguna manera, dado que yo vivía en el límite más oriental y más alto de la ciudad, justo donde se terminaban las edificaciones, yo me convertí en esa mujer que vivía sola, no en la montaña, sino con la montaña, y así es como el personaje fue naciendo”.

La historia de esa mujer que vive con la montaña terminó convertida en una novela, se llama El monte de las furias (Random House), el séptimo libro de la trayectoria de Trías (48). La oriunda de Montevideo es una de las destacadas escritoras latinoamericanas de su generación, amén de sus novelas y libros de relatos. Pero fue su cuarta novela Mugre rosa (2020), la que le dio un puesto relevante en el mundo editorial ya que gracias a este libro obtuvo el prestigioso Premio Sor Juana Inés de la Cruz en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, el mismo que han ganado autoras como Margo Glantz, Gioconda Belli, Cristina Rivera Garza o Lina Meruane.
En El monte de las furias leemos un relato contado por dos narradoras: la mujer -quien cuida los linderos y debe avisar al celador de cualquier problema- y la montaña. Un buen día, comienzan a aparecer cuerpos en el jardín de la mujer, y luego se suman más. Al mismo tiempo, la mujer repasa el complicado vínculo con su madre además de otros temas como la violencia.
“El libro surge a partir de mi relación con las montañas de Bogotá, desde el primer día encontré la presencia de las montañas muy misteriosa. ¿Cómo se relacionan los habitantes con el paisaje? ¿De qué manera el paisaje influye en la construcción de tu identidad? Viniendo del mar y la planicie, nunca había pensado en las montañas y lo que significa esta geografía para su gente. Las montañas están ahí, una presencia constante y silenciosa. Te parece que te observan y se sienten más como un animal que como una roca, porque dan la impresión de respirar, de latir”.

El paisaje del monte es un personaje más. ¿Cómo influyó el entorno en la construcción de la trama y los personajes?
Hay dos protagonistas aquí, una mujer y una montaña. Ambas narran. Ambas sienten, viven, observan y también les pasan cosas. Me preguntaba si una mujer y una montaña podían entenderse, acercarse y hasta comunicarse cuando las separa algo tan determinante como la manera de estar en el tiempo. Son dos corporalidades muy diferentes, y sin embargo pude ir encontrando puntos de contacto. La mujer escribe en sus cuadernos, la montaña escribe en sus capas geológicas, cuenta la historia de la transformación del mundo y del clima. La montaña también tuvo un origen, un nacimiento, y también está sometida a distintas violencias. Fui construyendo ambos personajes en relación con el otro, desde las similitudes y las diferencias, pero también realicé mucha investigación sobre el ecosistema del bosque de niebla, de los cerros orientales, las presiones antrópicas a las que están sometidos; hice salidas de campo y construí un archivo de imágenes que me servía para recordar más claramente ciertos detalles, ciertas flores, ciertas figuras que dibujaba el liquen en el tronco, etcétera. Por otro lado, a la mujer también la construí a partir de la montaña misma. Así como dicen que los perros se parecen a sus dueños (o a la inversa), imaginé que la mujer se iba pareciendo cada vez más a la montaña.
¿Qué fue lo más difícil del proceso de escritura?
En general todo me resulta desafiante. Nunca encuentro fácil la escritura. Tal vez porque no me gusta repetirme y siempre me lanzo a una novela muy distinta de la anterior, lo que vuelve difícil la tarea porque estoy asumiendo desafíos nuevos: el trabajo con las imágenes, por ejemplo, el punto de vista de un narrador no humano, los elementos sobrenaturales de la trama, entre otros. A menudo me preguntan si lo más difícil fue imaginar la voz de la montaña, pero en mi recuerdo no creo que haya sido más difícil que otros aspectos de la novela. Pienso que lo más desafiante siempre es el trabajo con el lenguaje, la lucha cuerpo a cuerpo con cada oración, con cada párrafo, cuánto contar y cuánto dejar en lo no dicho para no explicitar demasiado. Ese tipo de decisiones.
Un aspecto es la difícil relación que la protagonista tiene con su madre, ¿te interesaba repensar el vínculo madre-hija?
Desde Mugre rosa e incluso antes, en algunos cuentos de No soñarás flores (Montacerdos, 2016), aparecen vínculos conflictivos entre las protagonistas y sus madres. Cuanto más íntima es la relación, más se presta a conflictos, pero el conflicto con la madre me resulta muy interesante porque es el conflicto con el origen. No puede haber conflicto con la madre sin un dolor enorme, así como el nacimiento implica siempre (sin excepción) cortar brutalmente el cordón umbilical. A nadie se le da la opción de no cortarlo, y desde ese momento comienza un viaje de construcción de la propia identidad.

La novela explora el tema de la violencia y la explotación natural, ¿por qué te interesa?
La violencia y la explotación del medioambiente no son cosas separadas, tienen una fuerte interconexión. Las mismas violencias que se ejercen sobre el territorio son las que se ejercen sobre los cuerpos más vulnerables. También hay una violencia que viene del desamparo estatal. La protagonista creció en un pueblo que podría ser cualquier pueblo de América Latina, marcado por el desempleo, la precariedad y el abandonado de la mano del Estado, lo que provoca que otros poderes paralelos como el narco o grandes corporaciones asuman el control y tengan a su absoluta merced a una población. Estas personas comienzan a trabajar para la cantera porque tampoco tienen otra opción para sobrevivir. Y es muy difícil negarse a la destrucción de un lugar cuando esa misma destrucción es tu único sustento.
Hay dos voces, la de la mujer protagonista, y la de la montaña, que es más breve e incluso más poética. ¿Por dónde pasó la decisión de escribir a dos voces?
Casi desde el comienzo supe que iba a haber dos narradoras y que la montaña sería una de esas voces. El desafío era dar con el tono adecuado. Pero sí quería que la montaña tuviera un punto de vista porque si no nuevamente caería en una visión centrada en la subjetividad humana. En la novela narran dos subalternas, una mujer y una montaña. Si solo existiera la mirada de la mujer, la montaña “sería narrada” por ella, y yo quería que fuera protagonista, en pie de igualdad con la voz humana. Si bien por supuesto que se trata de un artificio, la intención era romper la jerarquía vertical y permitir que eso a lo que llamamos “naturaleza” dejara de ser un mero paisaje, un telón de fondo.
¿Cómo fue el proceso de creación de la protagonista? ¿En qué te inspiraste para construir su personalidad y su historia?
Lisa y llanamente: imaginación.

La figura del celador es ambigua y misteriosa. ¿Qué buscabas representar con él?
No pienso en términos simbólicos. Cuando construyo un personaje no veo en un personaje una posibilidad para representar o simbolizar algo. Lo que veo es otro ser humano, con sus propias taras, con su propia historia, y cómo interactúan entre sí. Creo que es interesante ese tipo de vínculo que se establece cuando no tienes a nadie más alrededor. Es casi una fatalidad. El Celador y la mujer viven solos allá arriba, son los únicos trabajadores rurales de la zona, y por lo tanto se necesitan mutuamente. ¿Es una amistad? ¿Es una transacción? ¿Qué tipo de vínculo puede fraguarse ahí, en medio de tal soledad, donde nadie los ve, nadie los juzga más que ellos mismos? ¿Confían el uno en el otro? La respuesta, como en toda relación humana, es compleja y está llena de matices.
Con Mugre rosa lograste un reconocimiento como escritora, aunque la temática es diferente, ¿ves algún vínculo entre estas dos novelas? ¿Te parece que se relacionan en poner sobre la mesa la crisis de la naturaleza en manos de la explotación ?
Esta novela es una continuación natural de varios intereses que empecé a trabajar en Mugre rosa. Tal vez dos son centrales: nuestra relación con la “naturaleza” (palabra que me incomoda usar, como si nosotros no fuéramos naturaleza) y las maternidades. Luego, por supuesto, hay muchas otras cosas en común, como el trabajo entre el adentro y el afuera (y cuáles son esos límites); la casa como lugar seguro; el trabajo con el cuerpo y con las relaciones afectivas, etc. Hay muchos puntos en común, aunque el ángulo desde el que se abordan sea distinto. Pero en lo que respecta a los dos asuntos centrales creo que hay algo que se observa claramente en ambas novelas y son las relaciones de interdependencia con el medioambiente (porque nuestra existencia depende de ello) y con los afectos, particularmente las relaciones maternofiliales.
En tus novelas se nota la construcción de un lenguaje, de una voz. Como escritora, ¿crees que lo más importante en una novela es la historia o el lenguaje?
No me gusta pensar en términos de historia versus lenguaje, porque no creo que estas cosas puedan separarse. Entiendo que fondo y forma son las dos caras de una misma moneda. A mí me interesan las dos cosas. Me interesa mucho lo que estoy contando: la historia de esta mujer, la historia de su madre y la historia de su abuela; me interesa la historia del pueblo y su transformación; me interesa la historia del Celador y del otro hombre de la montaña con el que ella se relaciona; y me interesa la historia que tiene la montaña para contarnos, todas las cosas que ha vivido y ha visto. Eso no quita que mi preocupación principal sea cómo contar esta historia y cómo trabajar el lenguaje, con todo lo que ello implica, porque el lenguaje no es solo una serie de palabras con sentidos, sino que también es música, es ritmo, es sonido. Con todo eso trabaja un escritor. Cuando alguien dice que tal o cual novela no tiene trama, no entiendo a qué se refiere. ¿La vida misma no te parece trama suficiente? El otro día terminé de leer la última novela de la premio Nobel Han Kang, Imposible decir adiós, y me imaginé a los de siempre diciendo que no tenía trama, porque básicamente lo que pasa es que una mujer hace un viaje en bus a la casa de una amiga para alimentar a su pájaro. Todo lo que ocurre es interior y es memoria. Y de este mismo modo puedo hacerte una lista larga de grandes obras de la literatura universal que podrían ser leídas así. Quienes dicen que estas obras no tienen historia, en realidad solo están hablando desde su manera reduccionista de entender el concepto de trama.

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