Agosto suele ser un mes estratégico. La canícula propicia guerras y revoluciones, como si una extraña ley de la termodinámica geopolítica asociara el calor con las convulsiones en el orden mundial. Así ha sucedido en Oriente Próximo este verano, hasta el punto de que bien pudiera servir como hito para una nueva era en la que el poder ha pasado de manos de la superpotencia americana a las de las potencias regionales: las dos radicalmente enfrentadas que son Israel e Irán, y las que pugnan por pesar en el futuro, como son Pakistán, Turquía y Arabia Saudí.



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