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La ilusión de control en las escuelas

El Ciudadano

Por Miguel Ángel Rojas Pizarro

En Chile, hablar del celular en la sala de clases se volvió casi inevitable. Está en las reuniones, en los pasillos, en la sala de profesores. Y no es para menos: Para muchos docentes, el teléfono dejó de ser una herramienta y pasó a sentirse como un obstáculo constante.

La Ley N° 21.801 establece la regulación del uso de teléfonos celulares y dispositivos móviles en establecimientos educacionales, exigiendo a las comunidades escolares actualizar sus reglamentos internos antes del 30 de junio de 2026 para su implementación efectiva.

Esta Ley vino a poner cierto orden. A decir, en simple, “esto se regula”. Y eso, en principio, parece razonable. Pero si somos honestos, hay algo en esta discusión que no termina de convencernos del todo. Porque uno puede quitar el celular de la mesa, pero eso no significa que el problema desaparezca.

Como profesor, esa sensación es conocida: Estás explicando algo, miras al curso y sabes que no todos están ahí. Algunos están en la pantalla, otros simplemente desconectados. Y claro, el celular ayuda a que eso se note más. Pero la pregunta incómoda sigue ahí: ¿el problema es realmente el celular?

O, dicho de otra forma: si mañana desaparecieran todos los teléfonos de la sala, ¿Tendríamos automáticamente estudiantes atentos, motivados y comprometidos? Y ahí es donde la conversación se vuelve más interesante y también más difícil, porque el celular empieza a verse como lo que realmente es: un síntoma.

Vivimos en una época donde todo compite por nuestra atención. No solo los estudiantes: También los adultos, basta mirar cualquier reunión, cualquier comida familiar, incluso espacios laborales. Nos cuesta sostener la atención, escuchar sin interrupciones, estar realmente presentes.

…más que preguntarnos si el celular se prohíbe o no, quizás la pregunta debería ser otra: ¿Qué tipo de personas queremos formar? Porque esto no es solo un tema de escuela. Es un tema de sociedad.

Tal como advierte Nicholas Carr (2011), no es solo que usemos más tecnología: Es que la tecnología está cambiando la forma en que pensamos. Y, desde otra vereda, Sherry Turkle (2017) plantea algo igual de inquietante: Estamos perdiendo la capacidad de conversar en profundidad y sentir.

¿Puede la escuela hacerse cargo sola de algo que como sociedad todavía no sabemos manejar? La ley 21.801 regula, y eso está bien. Pone límites, define excepciones, entrega un marco. Pero regular no es lo mismo que educar. Educar es otra cosa, educar implica formar criterio, enseñar a decidir, empatizar con el otro, y eso no se logra solo prohibiendo.

Porque, en el fondo, el celular viene a tensionar algo más grande: La forma en que seguimos haciendo clases. Todavía trabajamos, muchas veces, con un formato que viene de otra época. Estudiantes sentados, escuchando, mientras un profesor/a conduce desde adelante.

Ese modelo funcionó en otro contexto. Pero hoy se encuentra con estudiantes que viven en un mundo completamente distinto. Un mundo rápido, inmediato, lleno de estímulos. Y claro, en ese escenario, el celular no solo distrae. También pone en evidencia una pregunta que incomoda: ¿Lo que ocurre en la sala de clases logra realmente hacer sentido?

No se trata de convertir la clase en un espectáculo. Se trata de algo más simple y más profundo: Generar interés genuino “Un aprendizaje profundo”. Eso ocurre cuando hay desafío, cuando hay vínculo, cuando el estudiante se siente parte, el celular deja de ser protagonista. No porque se prohíba. Sino porque deja de ser lo más importante.

Desde la psicología educacional sabemos que la autorregulación no se impone. Se aprende. Como plantea Daniel Goleman (2014), la capacidad de poner atención, de controlar impulsos, de sostener el foco, es algo que se desarrolla en el tiempo. Y ahí hay algo que no podemos dejar de mirar: Los estudiantes observan mucho más de lo que creemos.

Si los adultos no logramos soltar el celular en una conversación, en una reunión o en la casa, ¿Qué estamos enseñando realmente? Por eso, más que preguntarnos si el celular se prohíbe o no, quizás la pregunta debería ser otra: ¿Qué tipo de personas queremos formar? Porque esto no es solo un tema de escuela. Es un tema de sociedad.

Porque el problema nunca fue el celular. El problema es que seguimos intentando educar para un mundo que ya cambió. Y mientras no nos hagamos cargo de eso, vamos a seguir llegando tarde como Estado.

Y aquí aparece algo que incomoda todavía más en la implementación de esta ley: ¿Por qué esta preocupación por el celular se instala con tanta fuerza en las escuelas, pero no en otros espacios? ¿Por qué no vemos el mismo debate en oficinas públicas, en hospitales o incluso en espacios políticos (Congreso)?

Da la sensación de que, una vez más, la escuela termina siendo el lugar donde intentamos ordenar lo que afuera no logramos organizar. Y dentro de la escuela, a los profesores se les pide mucho. Tal vez demasiado. Enseñar, contener, motivar, adaptarse… y ahora también regular la relación de los estudiantes con la tecnología. Todo esto en un sistema que, en lo estructural, ha cambiado bastante poco. Por eso, pensar que la solución está solo en prohibir el celular es, en el fondo, quedarnos tranquilos con una respuesta rápida.

Podemos llenar reglamentos de Convivencia Escolar, quitar teléfonos, aplicar sanciones y aun así seguir teniendo estudiantes que no escuchan, que no conectan, que no encuentran sentido en lo que aprenden. Porque el problema nunca fue el celular. El problema es que seguimos intentando educar para un mundo que ya cambió. Y mientras no nos hagamos cargo de eso, vamos a seguir llegando tarde como Estado.

Porque la historia y también la literatura nos han advertido una y otra vez sobre esto:  En el poema Ozymandias de Percy Bysshe Shelley, un viajero describe las ruinas de una estatua en medio del desierto. Quedan solo fragmentos, restos de lo que alguna vez fue un gran poder. En la base aún se lee una frase desafiante: “Mirad mis obras, poderosos, y desesperad”.

Pero no queda nada más. Solo arena. Ese rey, que creyó que su poder era eterno, no entendió algo esencial: Lo que no se adapta, desaparece. Y tal vez esa es la advertencia que hoy la escuela no puede seguir ignorando. Porque podemos seguir regulando, prohibiendo, ajustando normas, pero si no transformamos la forma en que enseñamos y las políticas públicas, si no conectamos con el mundo en que viven nuestros estudiantes, si no somos capaces de adaptarnos, la escuela corre el riesgo de convertirse en eso mismo: Una estructura que alguna vez tuvo sentido, pero que quedó mirando el pasado mientras el mundo seguía avanzando.

Y cuando eso ocurre, ya no se trata de disciplina, ni de celulares, ni de normas. Se trata de relevancia y en educación, perder la relevancia no es un detalle. Es el comienzo de la desaparición.

Por Miguel Ángel Rojas Pizarro

Psicólogo Educacional – Profesor de Historia – Psicopedagogo Psmiguel.rojas@hotmail.com

Referencias (APA)

  • Ministerio de Educación de Chile. (2023). Orientaciones para la regulación del uso de dispositivos móviles en establecimientos educacionales. Santiago, Chile.
  • Ley N° 21.801. (2026). Modifica la Ley General de Educación para regular el uso de dispositivos móviles en establecimientos educacionales. Diario Oficial de la República de Chile.
  • Nicholas Carr. (2011). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Madrid: Taurus.
  • Daniel Goleman. (2014). Focus: Desarrollar la atención para alcanzar la excelencia. Barcelona: Kairós.
  • Sherry Turkle. (2017). En defensa de la conversación. Barcelona: Ático de los Libros.
  • OCDE. (2018). El futuro de la educación y las habilidades: Educación 2030. París: OECD Publishing.
  • Tyack, D., & Cuban, L. (1995). Tikering toward utopia. Harvard University Press.

Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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Abril 26, 2026 • 1 hora atrás por: ElCiudadano.cl 30 visitas 2032544

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