
Hay una ironía en el corazón de la revolución tecnológica del espionaje: cuanto más sofisticadas son las herramientas digitales disponibles para los servicios de inteligencia, menos confiables se vuelven las comunicaciones que esas mismas herramientas producen. Y esa paradoja está rehabilitando métodos que parecían condenados a los museos de la Guerra Fría.
El argumento lo desarrolla Thomas Mulligan, investigador de la corporación RAND con experiencia previa en inteligencia, en un artículo académico reciente que está generando debate en círculos especializados. Su tesis central es provocadora: la inteligencia artificial, lejos de liquidar el espionaje humano tradicional, podría estar dándole una segunda vida.
La razón es técnica pero tiene consecuencias muy concretas. La IA ya permite fabricar videos, voces y mensajes escritos prácticamente indistinguibles de los reales. En ese entorno, cualquier comunicación digital —un mensaje de texto, una videollamada, un correo— carga con una sospecha nueva y permanente. No importa cuán seguro sea el canal: el problema ya no es solo que alguien pueda interceptarlo, sino que lo que llega por ese canal puede ser directamente falso.
Eso cambia el cálculo de fondo. “Si un amigo me dice, cara a cara, que está en problemas y necesita dinero, puedo estar seguro de que es verdad”, escribe Mulligan. El mismo mensaje por vía electrónica, en cambio, se vuelve estadísticamente más sospechoso que genuino.

En ese contexto, técnicas que llevan siglos en el repertorio del espionaje recuperan una ventaja que nadie había pensado que necesitarían recuperar. Los dead drops —escondites físicos donde agentes y fuentes depositan materiales sin necesidad de verse— no solo evitan el contacto directo entre las partes, sino que ofrecen algo que ningún sistema digital puede garantizar hoy: la certeza de que la información proviene de un ser humano real y no de un sistema automatizado de engaño.
Lo mismo vale para los intercambios breves y aparentemente casuales en lugares públicos, donde dos personas se cruzan y transfieren materiales en cuestión de segundos. La ausencia de intermediación digital es, paradójicamente, su mayor fortaleza en la era de la IA.
Esta lógica invierte décadas de supuestos sobre hacia dónde evolucionaría el espionaje. La visión dominante sostenía que la tecnología iría desplazando progresivamente al agente humano en favor de métodos de recolección más escalables y menos riesgosos. Mulligan no descarta ese proceso, pero señala que tiene un límite que la propia tecnología está imponiendo.

Mulligan tampoco plantea un retorno nostálgico al pasado. La IA, sostiene, tiene un rol legítimo y valioso dentro de las operaciones de inteligencia humana, particularmente en una de sus dimensiones más difíciles: la persuasión. “Una parte central del trabajo de un oficial de caso es convencer a alguien de hacer cosas que pueden ser difíciles, peligrosas y estresantes”, dijo en una entrevista con el medio especializado Nextgov/FCW. “Creo que la IA tiene un rol constructivo para mejorar esa capacidad.”
Pero hay una línea que, en su opinión, no conviene cruzar. Delegar demasiado en las máquinas en una relación que es, por definición, profundamente humana conlleva riesgos que van más allá de la eficiencia operativa. “Mi opinión es que la inteligencia humana tendrá que mantener un elemento humano real y esencial en el futuro previsible”, afirmó.
El espionaje nació como un oficio de personas que observaban, persuadían y se ganaban la confianza de otras personas. Sobrevivió a la era industrial, a la nuclear y a la digital. La pregunta que plantea Mulligan es si la inteligencia artificial, en lugar de ser la tecnología que finalmente lo reemplazara, terminará siendo la que lo confirme como irremplazable.
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