Cada cierto tiempo nos descubrimos preguntándonos por el futuro. ¿Cómo será el mundo en cien años más? ¿Qué será de nosotros dentro de cuarenta o cincuenta? Lo cierto es que ese horizonte se ha ido comprimiendo rápidamente. Hoy esas mismas preguntas no apuntan a siglos ni décadas, sino a los próximos cinco años o a la siguiente actualización.
En una reciente entrevista a The Economist, Elon Musk el empresario con la mayor fortuna del mundo, dueño de SpaceX y X, puso números a esa ansiedad colectiva: afirmó que dentro de cinco años la inteligencia artificial superará a la humana, y calificó como “bastante improbable” que en diez años más los humanos sigamos “en control”. Pocos días después, cerca de 1.300 empleados de las principales empresas de IA, incluido el CEO de Anthropic y varios científicos jefes de OpenAI, Google DeepMind y Meta, firmaron una carta pública pidiéndole al gobierno de Estados Unidos que ayude a desacelerar, deliberadamente, el ritmo de esta carrera.
La imagen resulta casi paradójica. Es como si Max Verstappen, multicampeón de la Fórmula 1, junto al resto de los pilotos le pidieran a la FIA –ente regulador de la competencia– que los obligue a instalar un freno de emergencia en sus autos, porque ninguno quiere ser el primero en levantar el pie del acelerador. Todos reconocen el riesgo, pero nadie quiere perder la carrera.
La Iglesia tampoco se ha quedado al margen. La reciente encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV advierte que la IA “no puede considerarse moralmente neutra” y alerta sobre el riesgo de que el progreso tecnológico avance más rápido que nuestro desarrollo ético y social. Quizás por eso muchas de estas mismas empresas han empezado a incorporar filósofos y humanistas a equipos que hasta hace poco eran exclusivamente de ingenieros. Una señal de que hasta quienes lideran esta revolución reconocen que los desafíos que se avecinan ya no son solo de programación, sino de criterio y valores.
Sin embargo, cada vez más personas reconocen haber incorporado a la IA en su día a día, reemplazando conversaciones cotidianas con familiares o amigos. Desde datos para ir a comer o comprar, hasta consejos financieros, decisiones personales o incluso apoyo psicológico, cediéndole a la IA buena parte del criterio sobre nuestras propias vidas.
Algo similar ocurre con el aprendizaje. Incorporar algunas ideas complejas exige tiempo y dejar decantar el contenido, pero hoy la respuesta instantánea se impone sobre esa reflexión. Incluso, en universidades como Harvard o UCLA, algunos profesores han acortado las lecturas exigidas, porque notan que los estudiantes leen menos y sostienen la atención por menos tiempo. La Facultad de Derecho de la Universidad de Chicago fue más allá: desde este semestre prohíbe teléfonos y computadores en primer año para que los estudiantes tomen apuntes en lápiz y papel para formar el pensamiento crítico antes de usar la IA. ¿Qué será de los estudiantes que no logren desarrollar su pensamiento crítico? Si, como advierte el Nobel de Economía Daron Acemoglu, una parte importante de ellos no logra encontrar trabajo, el problema deja de ser sólo un problema económico y se vuelve una crisis de sentido que puede ahondar en un profundo descontento y amenazar la cohesión social. Incluso en los escenarios más optimistas, donde las necesidades básicas están cubiertas y no existe una gran demanda por trabajo, la interrogante respecto a nuestro rol o propósito como personas queda aún pendiente por resolver.
La carta de la comunidad de IA es una buena señal, pero aún insuficiente. El desafío es no confiar nuestro destino en la buena voluntad de unos pocos, con su propia visión del mundo, sino sentarnos a conversar de manera honesta sobre el futuro que queremos construir y decidir qué espacios de nuestras vidas queremos llenar nosotros y cuáles dejamos a la IA. De lo contrario, corremos el riesgo de convertirnos en el hombre artificial que vive en un mundo artificial y lamentar, cuando ya sea tarde, todo lo que la IA se llevó.
Por Pedro Maiz Hohlberg, Director Social Fundación P!ensa
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