Duda. ¿Tendré que hacerme ver? ¿Soy yo el que está mal o medio mundo anda con la brújula extraviada? Es la duda que me planteo cuando leo que muchos críticos ponen Valor sentimental entre los grandes estrenos del último tiempo. Qué finura y qué inteligencia la de este director, el noruego Joachim Trier. ¿Finura, inteligencia? A mí no solo me pareció poca cosa, me pareció un imperdonable cúmulo de lugares comunes e idioteces. No le creí absolutamente nada. Ni el trauma de la hija actriz que no puede actuar porque papi se fue de casa sin avisar cuando ella era niña (¡pobrecita ella!), ni que ese señor sea un gran cineasta que está preparando su gran rentrée después de 15 años de silencio, para sanar las heridas que dejó en su casa, ni tampoco esa hermanita amorosa, tan servicial ella, que está siempre lista para contener las crisis familiares. Pedestre en su puesta en escena, chanta en sus explicaciones “psicológicas”, previsible en sus líneas de desarrollo, la experiencia llega a niveles patéticos cuando el realizador no encuentra nada mejor que superponer, a título de escopeta, los rostros del padre y sus dos hijas, del mismo modo en que -con otros alcances, con otro espesor y en un sentido muy distinto- lo hizo soberbiamente Ingmar Bergman en Persona, cuando fundía en uno solo los rostros de Bibi Andersson y Liv Ullmann. Ese fue un gran momento del cine de Bergman y del cine de los años 60. Esto otro, premio del jurado en Cannes, lo cual a estas alturas puede significar cualquier cosa, es un recurso de utilería que da vergüenza ajena.
Genio y figura. Puede estar fuera de dudas que Thomas Mann, el autor de Los Buddenbrook y La montaña mágica, fue un gran escritor. Por lo mismo, es enteramente explicable que los 150 años del nacimiento se hayan conmemorado el 2025 con respeto y entusiasmo. Javier Marías, sin embargo, pensaba que como escritor Mann se tomaba demasiado en serio a sí mismo. El hombre era experto en darse importancia y con frecuencia se sobregiraba. Será venial, pero es un rasgo que molesta. Por ejemplo, no se explica que al morir haya dispuesto un embargo de 20 años sobre sus cartas y diarios. Marías dice que, cuando por fin pudieron abrirse, resultaron en muchos pasajes desilusionantes y anodinos. ¿Era necesario haber tenido que esperar 20 años para saber que padecía estreñimiento o que siempre vivió con desórdenes intestinales? Marías cita el momento en que un lector norteamericano lo llenó de incienso y alabanzas luego de haber leído su novela Muerte en Venecia. Mann -dice el novelista español- no halló nada mejor que salir del paso diciendo que sí, que se trataba de un libro excepcional, pero que no exagerara: “Después de todo, yo era todavía un principiante cuando la escribí. Un principiante de genio, pero un principiante al fin y al cabo”. Así como este, cita otros episodios. Tras la muerte de un compañero de curso, no tuvo empacho de consolar a su entorno diciendo que él “lo había inmortalizado” como uno de los personajes menores de La montaña mágica. Y que se dio el trabajo de consignar en una de las entradas de su diario de 1935, seis años después de recibir el Nobel, que había recibido una carta en francés de un escritor chileno informándole de la influencia que él ejercía sobre la joven literatura chilena. ¿Qué puede haber sido la joven literatura chilena para Mann? ¿Un pelo de la cola, poco más? ¿Quién habrá sido, por otra parte, el chileno que le escribió?
Amor y patología. Mátate, amor, película que ahora se puede ver en Mubi, bien puede ser de esas realizaciones que triunfan en algunos momentos (pocos), pero que fracasan como un todo. La verdad es que era un riesgo adaptar al cine la novela de la escritora argentina Ariana Harwicz, construida a partir de un monólogo interior desbordado y torrentoso. Aquí ese monólogo cede ante imágenes líricas, antes situaciones límites que siempre se salen de control y ante el personaje de una mujer autodestructiva donde la pongan, madre primeriza, que parece estar siempre en celo y en abierta pugna con el mundo, con las convenciones, con su suegra, con su hijo, con su marido y, desde luego, también consigo misma. Está claro que su problema va mucho más allá de una depresión posparto. Aunque Jennifer Lawrence sea preciosa, no es una película fácil de seguir. De partida, porque es muy poco empática, y si bien hay constantes intentos por entender al personaje, lo cierto es que su patología no tiene explicación. Además, porque el relato abusa tanto del descontrol autodestructivo de su protagonista como del efectismo visual de su realizadora. Por último, porque el tema de fondo, el desencuentro radical y ontológico de la protagonista con la vida, a la directora le queda grande. El resultado es el mismo de siempre en las películas de Lynne Ramsay (Tenemos que hablar de Kevin, You where never really here): mucha cáscara, poca sustancia.
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