Prevenir también es cuidar

El Ciudadano

Por Erika Tejerina Donoso

Durante años hemos hablado de salud mental cuando el problema ya está instalado. Cuando un niño dejó de ir al colegio, cuando un adolescente se aisló, cuando apareció una conducta de riesgo, cuando la angustia se volvió inmanejable o cuando una familia llegó al límite de sus posibilidades. Entonces buscamos especialistas, programas, diagnósticos y respuestas.

Pero quizás estamos comenzando demasiado tarde.

Prevenir en salud mental infantojuvenil significa estar antes. Antes de la crisis, antes del abandono, antes de que el sufrimiento encuentre formas más dolorosas de expresarse.

Como psicóloga clínica sistémica, hay algo que considero fundamental: un niño o adolescente nunca puede comprenderse separado de su contexto. Detrás de cada conducta existe una historia y alrededor de cada niño existe —o debiera existir— una red.

Familia, escuela, amigos, barrio, condiciones económicas, experiencias de violencia o protección, oportunidades y también ausencias. Todo ello participa en la construcción de su salud mental.

Por eso me preocupa cuando reducimos la prevención exclusivamente al acceso a psicólogos o psiquiatras. Son indispensables, por supuesto, pero la salud mental comienza mucho antes de llegar a una consulta.

Comienza en los vínculos.

Comienza cuando un adulto pregunta «¿cómo estás?» y realmente espera la respuesta. Cuando una familia nota que algo cambió. Cuando un profesor reconoce que detrás de una baja en el rendimiento puede existir sufrimiento. Cuando una comunidad genera espacios donde niños y adolescentes pueden participar, encontrarse, equivocarse y sentirse parte de algo.

Y comienza, especialmente, estando presentes.

Estar también es cuidar

Vivimos apurados. Trabajamos, resolvemos problemas, pagamos cuentas, contestamos mensajes y tratamos de cumplir con múltiples responsabilidades. Podemos compartir una casa y, sin embargo, pasar días sin saber realmente qué está viviendo quien duerme en la habitación de al lado.

La presencia no significa controlar.

Prevenir no es vigilar. Es estar disponible.

Es conocer a nuestros hijos. Saber quiénes son sus amigos, qué les preocupa, qué los entusiasma, qué ocurre en el colegio, qué hacen en internet y, sobre todo, reconocer cuándo dejaron de ser como habitualmente eran.

Porque los niños y adolescentes no siempre dicen «necesito ayuda».

A veces lo dicen aislándose.

Lo dicen con irritabilidad, con problemas para dormir, con una caída repentina del rendimiento escolar, dejando actividades que antes disfrutaban, reaccionando agresivamente o encerrándose cada vez más.

Muchas conductas que los adultos calificamos rápidamente como «problemáticas» pueden ser una forma de comunicar algo que un niño todavía no sabe explicar con palabras.

Y ahí nuestra respuesta importa.

Antes de castigar necesitamos comprender. Antes de etiquetar necesitamos preguntar. Antes de concluir que «es la edad» necesitamos observar.

Eso no significa eliminar límites. Los niños y adolescentes necesitan adultos capaces de ponerlos. Pero un límite efectivo puede convivir perfectamente con el afecto, la escucha y la comprensión.

Cuidar también es desarrollar sociedad

La prevención en salud mental no es solamente un problema sanitario. Es también educación, protección social, seguridad, desarrollo humano y construcción de comunidad.

Un niño que desarrolla herramientas para reconocer sus emociones, pedir ayuda, tolerar frustraciones y resolver conflictos tendrá mejores condiciones para aprender, relacionarse y desenvolverse durante la adultez.

Cuando fortalecemos esas capacidades no estamos beneficiando solamente a ese niño.

Estamos formando al adulto que mañana será trabajador, vecino, madre, padre, profesional, dirigente o ciudadano.

Por eso invertir en infancia no puede seguir considerándose un gasto que compite con otras prioridades públicas.

Es una de las inversiones sociales más importantes que podemos realizar.

Cada intervención preventiva que logra mantener a un adolescente vinculado a su escuela, fortalecer una familia, detectar tempranamente una situación de violencia o acompañar oportunamente un problema emocional puede evitar años posteriores de sufrimiento y respuestas institucionales mucho más complejas.

Lo que una sociedad no acompaña durante la infancia muchas veces intenta repararlo durante la adultez.

Y reparar siempre será más difícil.

No todas las familias pueden solas

También debemos abandonar una idea injusta: que todo depende de los padres.

Las familias tienen una responsabilidad fundamental, pero no todas cuentan con las mismas herramientas, tiempo, recursos o redes de apoyo.

Hay madres y padres criando mientras trabajan jornadas extensas. Familias enfrentando desempleo, enfermedad, violencia o precariedad habitacional. Mujeres que sostienen simultáneamente la crianza de sus hijos y el cuidado de personas mayores.

Por eso hablar de salud mental infantil también obliga a hablar de cuidados.

Una sociedad que sobrecarga permanentemente a quienes cuidan termina debilitando su propia capacidad de cuidar.

Necesitamos familias presentes, pero también escuelas presentes, barrios presentes, atención primaria presente y un Estado presente.

La prevención es una responsabilidad compartida.

No podemos exigir que una familia detecte y resuelva por sí sola problemas que muchas veces tienen componentes sociales, económicos, educativos y comunitarios.

Llegar antes

Chile necesita fortalecer la atención especializada en salud mental infantojuvenil. Pero aumentar las prestaciones clínicas sin fortalecer simultáneamente la prevención significaría continuar esperando que los niños enfermen para recién entonces intervenir.

Necesitamos educación socioemocional, acompañamiento a la parentalidad, detección temprana en establecimientos educacionales, espacios deportivos y culturales, fortalecimiento comunitario y acceso oportuno a atención primaria.

Necesitamos también escuchar más a los propios niños y adolescentes.

Preguntarles qué necesitan.

Porque muchas veces diseñamos políticas para ellos sin construirlas con ellos.

Y necesitamos recuperar algo todavía más sencillo: tiempo para mirarnos.

El cuidado posee un valor económico enorme, pero su mayor valor sigue siendo profundamente humano. Cuidar significa sostener a otro mientras desarrolla las herramientas necesarias para sostenerse a sí mismo.

Eso hacemos cuando criamos.

Eso debería hacer también una sociedad con su infancia.

El verdadero valor de la prevención no está solamente en disminuir futuros costos sanitarios o sociales. Está en evitar sufrimiento que podía ser evitado.

Quizás nunca podamos prevenir todas las crisis. Tampoco podemos proteger a nuestros hijos de cada experiencia dolorosa, y probablemente no sería saludable hacerlo.

Pero sí podemos procurar que cuando llegue una dificultad no tengan que enfrentarla completamente solos.

Ahí está, para mí, una de las claves de la salud mental.

Estar antes.

Antes de que el silencio se convierta en aislamiento. Antes de que la tristeza se transforme en desesperanza. Antes de que una conducta termine definiendo a un niño.

Estar para escuchar. Para observar. Para poner límites. Para pedir ayuda cuando nosotros tampoco sabemos qué hacer.

Porque prevenir también es cuidar.

Y quizás cuidar comienza precisamente ahí: en hacerle saber a un niño que, pase lo que pase, hay alguien que está presente.

Por Erika Tejerina Donoso

Psicóloga Clínica Sistémica. Neuropsicología. Perito en educación, clínica, familia, infancia y adolescencia.


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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Agosto 12, 2026 • 1 hora atrás por: ElCiudadano.cl 41 visitas 2375216

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