Viviana García
Londres, 12 may (EFE).- El primer ministro británico, el laborista Keir Starmer, está este martes ante su peor pesadilla: repetir el caos y las divisiones que plagaron los anteriores Gobiernos conservadores y que él mismo prometió eliminar antes de asumir el poder en 2024.
"No somos como ellos", repitió Starmer como un mantra durante la campaña electoral que permitió el retorno de los laboristas al Gobierno después de catorce años en la oposición, pero la política británica no perdona cuando el electorado le pasa factura al Gobierno de turno.
Starmer está hoy en la cuerda floja por el creciente número de diputados laboristas -hasta 80 de los 81 necesarios para desafiar su liderazgo, según la BBC- que piden su inmediata dimisión o que establezca un calendario para su partida del Ejecutivo.
Las desastrosas pérdidas sufridas por su formación en los comicios locales ingleses y regionales en Escocia y Gales del pasado jueves, en los que avanzó el populista de derecha Reform UK y también, aunque en menor medida, los Verdes del izquierdista Zack Polanski, han sido el detonante de la actual crisis de Gobierno del Reino Unido.
Starmer juró en su día que bajo su mandato el Reino Unido dejaría atrás la era de la volatilidad, las puñaladas por la espalda y el baile de líderes que caracterizaron los años de los "tories" - que en seis años tuvieron cinco jefes del Gobierno -David Cameron, Theresa May, Liz Truss, Boris Johnson y Rishi Sunak, algunos con solo un mes en el cargo, como Liz Truss.
Las presiones que afrontan los líderes británicos suelen repetirse cuando un primer ministro no consigue resultados o se ve envuelto en escándalos, como fue el caso de Boris Johnson, que se vio obligado a dimitir por la polémica sobre las fiestas en Downing Street durante la pandemia.
Antes de renunciar en 2022 a raíz de las dimisiones en masa de los miembros de su Gobierno, Johnson resumió en una frase cómo funciona la política en Westminster, el centro del poder del Reino Unido.
"En Westminster el instinto gregario es poderoso, y cuando la manada se mueve, se mueve con fuerza", dijo Johnson.
Hoy, la secretaria británica de Estado de Vivienda, Comunidades y Gobierno Local, Miatta Fahnbulleh, presentó su dimisión en desacuerdo con la gestión del primer ministro, la primera renuncia significativa del Gobierno tras los comicios del jueves.
Las presiones con las que Starmer debe lidiar le vienen de la izquierda y la derecha del laborismo, después de que el partido perdiera nada menos que 1.068 concejales, muchos de los cuales fueron a parar al partido Reform UK o los verdes.
En Escocia el laborismo se quedó con 17 miembros al Parlamento de Edimburgo, frente a los 21 que contaban antes, pero más estrepitosa fue su derrota en Gales, donde perdieron el control del legislativo al quedarse con 9 de los 44 que tenían antes.
Desde el ala izquierdista, la exviceprimera ministra Angela Rayner criticó ayer a Starmer por incumplir las promesas de los laboristas y por haber bloqueado la candidatura del popular alcalde de Mánchester, Andy Burnham, para ser elegido por una circunscripción inglesa. De haber ganado, Burnham hubiera entrado en el Parlamento central, lo que le hubiera permitido desafiar el liderazgo del líder laborista.
Y desde la derecha del laborismo, el ministro de Sanidad, Wes Streeting, antiguo aliado de Peter Mandelson, el polémico exministro y antiguo embajador en EE.UU., no ha ocultado sus aspiraciones al liderazgo y ha criticado a Starmer por no ofrecer un proyecto político inspirador.
Es decir, la presión sobre Starmer llega desde varios frentes, pero no están unidos, lo que tal vez consiga 'comprarle' un tiempo de descuento.
A pesar de la insistencia de muchos de sus correligionarios, Starmer asume la responsabilidad por el varapalo electoral, pero se aferra al poder y avisa que no quiere volver a las divisiones intestinas que plagaron los gobiernos conservadores. EFE
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