Tras jubilarse de la Policía Bonaerense y atravesar la muerte de su hijo Nahuel, Pablo dejó atrás El Palomar, vendió casi todas sus pertenencias y se instaló en Traslasierra. Allí levantó una casa de barro, madera reciclada y materiales recuperados, convencido de que una serie de señales lo guiaron hasta el lugar donde pudo reconstruir su vida
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