Columna de Cristián Valenzuela: Allende, sacúdete en tu cripta
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Columna de Cristián Valenzuela: Allende, sacúdete en tu cripta

“No se humilla al partido de Allende”, decía Elizalde, luego de que el Frente Amplio dejara al Partido Socialista fuera de la primaria presidencial. Fue una frase dolida, casi una súplica de respeto frente a una nueva y joven izquierda que ya los consideraba desechables. Ese acto —una jugada política quirúrgica— terminó por catapultar a Boric a La Moneda y relegar al PS a la irrelevancia simbólica. Pero lo que no sabían entonces es que la humillación apenas comenzaba.
Cuatro años después, el mismo Frente Amplio que se sentó sobre los hombros de la historia socialista, que se apropió del mito de Allende como un legado expropiado, los vuelve a humillar. Esta vez, sin anestesia. Mientras Isabel, la hija de Allende, era oficialmente destituida del Senado por violar las reglas más básicas de probidad constitucional, la dirigencia del Frente Amplio ungía con fuegos de artificio a su nuevo candidato presidencial.
La historia se repite, y esta vez con una sincronía que solo puede calificarse como poética o macabra.
La humillación fue completa. Y, lo más importante, autoinducida. Nadie humilló al partido de Allende. Se humillaron ellos solos, convertidos en un geriátrico de la izquierda, un museo viviente de glorias oxidadas, donde el único activo sigue siendo la marca registrada: Salvador Allende. Un nombre que ha dejado de ser historia para transformarse en merchandising. Una figura que ya no inspira respeto, sino sospecha.
Porque todos saben que la herencia del presidente mártir no es moral ni democrática: es meramente comercial.
Durante décadas, su figura fue blindada por una épica cuidadosamente construida. Un mártir. Un símbolo universal de la lucha democrática. Calles, plazas, museos, canciones, estatuas. Allende en París, en Oslo, en Berlín, en La Habana. Allende convertido en mito global, en logotipo revolucionario, en santo laico para turistas de izquierda.
Pero el verdadero Salvador Allende fue otra cosa. Fue el presidente que dejó a Chile al borde del colapso. El gobernante que, cegado por su ideología, permitió la erosión sistemática de la democracia.
Que toleró, promovió y justificó la violencia política. Que intervino tribunales, persiguió medios, apañó milicias y destrozó la economía. Un personaje caótico, ególatra, más enamorado del poder que del pueblo, más comprometido con el experimento marxista que con la libertad de los chilenos.
La historia oficial, sin embargo, lo convirtió en mártir. En víctima. En profeta. Y ese relato fue convenientemente explotado por el Partido Socialista y la familia Allende durante medio siglo.
Diputaciones, embajadas, fundaciones, senadurías y directorios. Salvador Allende S.A.: una marca registrada que ha recibido miles de millones de pesos del Estado a través de museos y proyectos asociados a su nombre. Todo un ecosistema de culto pagado con los impuestos de los mismos chilenos que sufrieron su mandato. Un símbolo que dejó de ser simbólico para convertirse en negocio.
Y hoy ese negocio empieza a derrumbarse.
La caída de Isabel Allende no es solo una derrota personal ni un traspié parlamentario. Es el síntoma de algo más profundo: el colapso ético de una generación que vivió a costa de una memoria manipulada. Es la metáfora viva de un mito que ya no resiste el peso de la verdad.
Y el Presidente, arrinconado por las circunstancias, insiste en mitificarlo: Allende fue un demócrata ejemplar, un mártir que murió “en defensa de la democracia”. No, señor Presidente. Allende no murió en defensa de la democracia, murió después de destrozarla. Se suicidó cuando su proyecto fracasó y cuando la violencia, el caos, el hambre y la ilegalidad eran parte de la vida cotidiana de los chilenos.
Porque la verdad —aunque la hayan querido borrar con poesía, canciones y murales— está impresa en la memoria de los chilenos que sufrieron la Unidad Popular. En los que hicieron filas interminables por un pan. En los que vivieron con miedo mientras se armaban comandos revolucionarios con apoyo del propio gobierno. En los que entendieron, demasiado tarde, que el sueño socialista era una pesadilla autoritaria con pretensiones épicas.
Porque Allende no fue víctima, fue responsable. No fue mártir, sino autor del caos. Fue un presidente fracasado, que su familia y su partido convirtieron en un cajero automático ideológico. En una vaca sagrada de la izquierda, alimentada por la culpa histórica y ordeñada sin vergüenza.
¿Cuánto más vamos a aguantar este teatro? ¿Cuánto más vamos a permitir que la política chilena se arrodille ante un relato falsificado? ¿Cuánto más vamos a seguir llamando “legado” a un desastre? ¿Cuánto más vamos a pagarle sueldo emocional y político a una familia que solo nos dejó deudas?
Sacúdete, Allende. Porque el negocio se acabó. Y la verdadera historia, finalmente, empieza a cobrar la cuenta.
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